17 jun 2008

El derecho a disentir

“Sucede a veces que se discute
porque no se llega a comprender
lo que pretende demostrar nuestro
interlocutor”.-León Tolstoi


(Extraordinario escritor de origen ruso y quien fuera, también, un profundo pensador social y moral. Junto a Fiódor Dostoyevski, Tolstoi fue uno de los gigantes de laliteratura rusa del siglo XIX).



Mi gran pecado es que leo todo lo que cae en mis manos, inclusive lectura chatarra. Me encanta leer desde catálogos que publicitan y promueven novedades editoriales hasta novelas del corazón ilustradas, pasando por columnistas que deberían aprovechar mejor su tiempo y dedicarse a editar historietas cómicas.


Andando en esos menesteres, leí por ahí un lamentable comentario respecto a que el movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador no es más que un pretexto para permanecer vivo en política, y quienes acuden a sus manifestaciones son los que no hacen nada y al manifestarse continúan sin hacer nada. Peor aún, me parece recordar que el sujeto también comentaba que a López Obrador no habría que tomarle en cuenta al momento de hacer cambios en el país.


Pocas veces he leído cosas tan tristes y nunca me he sentido así, sólo hasta después de haber observado las “obras de arte” que engalanan y embellecen, entre huacales de madera estéticamente estibados y un sinnúmero más de adefesios, nuestro siempre querido y añorado Paseo de Montejo.


Si usted sigue leyendo estas líneas, amable y estimado lector, a pesar de causarle urticaria Andrés Manuel porque se lo dijo así su jefe o su confesor, tenemos a continuación el gusto de explicarle el porqué de esta opinión.


Ideologías aparte, durante la fraudulenta elección del 2 de julio de 2006, por López Obrador votaron millones de mexicanos. Y lo cierto es que, independientemente de los números y no obstante la censura, Andrés Manuel dice cosas que una cantidad considerable de mexicanos piensan. Mexicanos que no aparecen dando sus puntos de vista en la televisión, que no son diputados, que no escriben en medios impresos, ni tienen manera de expresar masivamente su frustración, quejas, criterios, sentires, pensares, etcétera, etcétera.


Negar la existencia de tales personas es ser miope, ciego o estar mal de la cabeza. López Obrador, pues, da voz a quienes piensan como él y, sin ellos, el movimiento del político tabasqueño habría ya desaparecido.


En países poco desarrollados democráticamente, como es el caso de México, los líderes sociales que se oponen al poder establecido (público y privado) juegan un papel crucial en el avance democrático del país. Lo que López Obrador hace se llama “disentir”, y toda nación que se precie de ser civilizada admite, respeta, da voz y alienta a aquellos que disienten. Como lo hiciera en décadas pasadas un Ministro de la Iglesia Bautista, Martin Luther King, Jr., en los Estados Unidos. ¿Quiénes eran los que decían “el Reverendo quiere sólo notoriedad, y no hay que hacerle caso para decidir la conducción de este país”? Pues los que deseaban mantener sojuzgados a los afro-americanos y demás minorías.


Hoy, a esas personas que miraron hacia abajo a Martin Luther King, Jr., las catalogamos como personas deleznables, retrógadas y racistas. Y si un latino, un homosexual, o un afro-americano pueden hoy estudiar en Estados Unidos o encontrar un trabajo digno es, en gran medida, a que en la década de los 50 y 60 un afro-americano tuvo “sed de notoriedad” y tuvo el valor de decir “no estoy de acuerdo”.


Ese es el tremendo valor de Andrés Manuel en el México actual: disiente, se opone, critica, cuestiona, y al hacerlo da voz a millones de mexicanos, en busca de influir en la toma de decisiones. Y es que, ¿no es acaso la política el proceso por medio del cual grupos de personas deciden su vida en comunidad?


Si hay quienes simpatizan con López Obrador es porque se sienten más representados por él en su sentir y pensar que por un diputado o cualquier otro personaje. Entonces, quienes dicen que el originario de Macuspana no debe ser tomado en cuenta en la toma de decisiones en el ámbito nacional, está escupiendo en la cara de los muchos mexicanos que piensan como Andrés Manuel.


¡Qué democrático, civilizado y tolerante!, ¡qué gran sapiencia sobre política!, ¡qué amor por México y los mexicanos! Ah, ¿pero todo bien si los empresarios, Elba Esther Gordillo Morales, Carlos Romero Deschamps, Napoleón Gómez Urrutia, o cualquiera otro opina, no?


Pues no, que nos perdonen quienes piensan así, porque no existe mayor ignorancia. Quienes critican y disienten son los que enriquecen el debate nacional y crean contrapesos. ¿Que alguien se opone a la privatización de Pemex y a los contratos para Halliburton?, ¿que alguien piensa que el hecho de que Pemex produjo 38 mil millones de dólares en 2007 es prueba suficiente de que la empresa está bien y lo único que necesita es que el Gobierno la deje de ordeñar?, ¿que alguien opina que violar la Constitución para poner a un amigo como Secretario de Gobernación está mal?, ¿que alguien quiere debatir? ¡Pues bienvenido! Si eso no es necesario para que México se encamine por fin a ser una verdadera democracia representativa, entonces no sabemos nosotros qué sea.


Nos congratulamos, pues, de haber leído el artículo titulado Tampoco Voté por López Obrador, escrito por el periodista Jacobo Zabludovsky en su columna Bucareli del 17 de diciembre de 2007, cuando el destacado comunicador escribió:


“Cuando el PRI y el PAN ya son la misma cosa, se mueven por los mismos impulsos y corren juntos hacia la misma meta, una voz de la oposición es indispensable en México si se quiere llegar a la maduración democrática a la que aspiramos y aún está lejana”.


Adelante, pues, Andrés Manuel: ¡NO te rindas!

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