9 feb 2010


Nos detesta



Pedro Miguel

Habitantes de la capital: a juzgar por los hechos, Felipe Calderón nos detesta. Porque no votamos por él, o porque los votos a su favor no le fueron suficientes para ganar con limpieza, o porque tenemos un espíritu libre y tolerante, o por nuestra alma insumisa, o porque sabemos que la defensa de nuestros derechos y libertades pasa por la defensa de los derechos y libertades de los demás, o porque creemos en la separación entre la Iglesia y el Estado, o porque poseemos (son nuestras; nosotros las conformamos y pagamos) instituciones de gobierno representativas y legítimas, o porque hemos logrado, pese a todo, y sin desconocer lo muchísimo que falta, imponer mecanismos de justicia social y de distribución de la riqueza, o porque se siente incómodo ante los reclamos, mayoritarios y bien ganados, de quienes poblamos la sede de los poderes federales. O por todas esas razones juntas. O por algunas de ellas.

A estas alturas, otro tanto podrá decir la mayoría de los habitantes del país, pero el Distrito Federal ocupa un sitio preponderante en los rencores de este hombre. No es el desdén ordinario que experimenta hacia la vida humana, su desinterés por la angustiosa situación económica que atraviesan casi todos los millones de mexicanos, su insensibilidad procaz ante los cadáveres de muchachos juarenses (“de seguro andaban metidos en algo turbio”, insinúa para tapar su monumental torpeza), su vocación de entrega de la soberanía nacional. Con base en los elementos de juicio disponibles, hacia el DF, el sentimiento de Calderón es más intenso: es odio.

Por eso, su aparato de gobierno se vuelca a impedir la aprobación de presupuestos para el Distrito Federal. Por eso consignó a la Comisión Nacional del Agua para que actúe con toda mala fe hacia la capital, le corte el abasto hídrico en los días de máximo calor, se abstenga de realizar las obras de desagüe programadas (subejercicio durante 2009: 80 por ciento de lo presupuestado), omita los avisos de emergencia e impida, de esa forma, que la autoridad local pueda tomar las medidas de previsión necesarias ante un fenómeno meteorológico inusual. Por eso, en medio de la más violenta y mortífera escalada delictiva en la historia del país, giró instrucciones a la Procuraduría General de la República para que deje de lado sus obligaciones legales más obvias y se vuelva gestora de las fobias clericales en contra de las mujeres y de las minorías sexuales. Por eso acabó de un plumazo con la entidad pública que operaba la red de distribución eléctrica en el centro del país y mandó al desempleo, de golpe, a sus cuarenta y tantos mil trabajadores. Por eso limita sus paseos de aires neronianos a los escenarios mexiquenses del desastre –el rostro real de Peña Nieto, ese cuento de hadas fabricado por Televisa con miras al incierto 2012–, pero se cuida de poner un pie en las delegaciones defeñas igualmente afectadas por sus decisiones criminales.

En tanto le sea posible, seguirá hostigándonos. Seguirá conspirando con Luege para que nos corte el agua; con Lozano y Elías Ayub para que nos dejen a oscuras; con Chávez Chávez para negarnos el derecho a decidir sobre nuestros amores, nuestros cuerpos y nuestras vidas; con Cordero y Nava para que se nos nieguen recursos económicos que se otorgan rutinariamente a las otras entidades federativas.

Sin electricidad no funcionan las bombas que surten de agua a hogares y negocios ni las que deben ronronear para achicar inundaciones, ni las compuertas del drenaje profundo; sin electricidad se apagan los semáforos, las antenas de telefonía celular entran en hibernación, los carros del Metro se quedan parados, los pacientes obligados a diálisis se mueren. Ninguna organización terrorista habría tenido tanto éxito en desastrar a la ciudad como el que tuvo Calderón al liquidar a Luz y Fuerza del Centro y remplazarla por una paraestatal corrupta y chambona que no parece tener capacidad para algo más que para emitir recibos inflados y engordar a un puñado de contratistas que no tienen la menor idea.

La seguridad y la viabilidad de la ciudad de México no deben seguir sujetas a los humores de Calderón. El Gobierno del Distrito Federal –ese por el que sí votamos– tiene ante sí el deber de garantizar el abasto eléctrico para la urbe e impedir que el calderonato construya nuevas profecías apocalípticas autocumplidas. Que las autoridades locales nos doten de una entidad capaz de garantizar con una mínima eficiencia esa condición indispensable para la economía y para la vida, y que eliminen ese talón de Aquiles de la urbe. Que revisen el marco legal a fondo y encuentren en él los resquicios para devolvernos la normalidad. Y que no se nos olvide: a juzgar por sus actos en los últimos tres años, Calderón nos detesta.

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