22 oct 2008


Luis Linares Zapata

Contracorriente



El liderazgo del país, desde hace más de medio siglo, se empeña en conducir los asuntos públicos a contracorriente de los sentimientos y necesidades de la sociedad. Desde finales de la década de los 70, optó por situar los intereses y las visiones de una rala cúpula de privilegiados muy por encima de los más vastos populares. El predominio del conservadurismo estadunidense, sobre todo en su reducto financiero, les aportó los cimientos ideológicos que requerían para imponer sus designios. El modelo de gobierno resultante, con fuertes infusiones de neoliberalismo dominando el panorama, se impuso desde el poder establecido. Después de cuatro sexenios presidenciales, y a juzgar por los dos años transcurridos del señor Calderón, todavía se pretende continuar en el mismo sentido y con parecidos actores. Poco han importado los claros signos de deterioro en casi todos los órdenes de la vida organizada.

En ese mismo lapso temporal, la mediocridad, el dispendio y la pérdida de oportunidades para el crecimiento ha sido la divisa calificadora de tal liderazgo. Mucho se discurre acerca de la capacidad de la presente administración, dirigida por un grupúsculo de pequeños amigos de confianza, para sacar adelante sus proyectos. Las reformas pretendidas se les atoran y sus reacciones ante los problemas que enfrentan son tardías, fuera de foco y de timorata escala. La actual crisis global los tomó por sorpresa, y después la ningunearon en sus repercusiones locales. Una especie de torpe vanagloria hizo al oficialismo descuidar el frente interno. Ya después nada ha sido igual. Los tropezones se suceden uno tras otro y el desconcierto cunde por doquier en espera de los males por venir.

En el fondo no se quiere reconocer lo errado de la ruta. El modelo, seguido con fiereza, ha llevado al país a una indefensión por su sembrada desarticulación productiva. La soberanía y la independencia se extraviaron en medio de irresponsable corrupción. Ahora se sufren las consecuencias de la serie, casi infinita, de errores de cálculo e incapacidad para la toma de decisiones eficaces, justicieras y patrióticas. Simplemente no se tienen en el país, hoy día, implantados los mecanismos adecuados, las salvaguardas que pudieran auxiliar en las respuestas necesarias ante la adversidad. La maquinaria exportadora, pretendido motor del crecimiento, no tiene los alcances requeridos para la buscada integración de cadenas y la creación de empleos que una sociedad con grandes bolsones de marginalidad y pobreza solicita. La Fábrica Nacional no puede compensar, con exportaciones, lo que a su vez demanda importar para el consumo y la producción. Los agregados macro-financiaros (balanza comercial y cuenta corriente) no sólo son negativos, sino crecientemente deficitarios, imposibles de sostenerse en el futuro.

Ahora, ante la emergencia de la profunda y ramificada crisis en proceso, se van develando las enormes carencias que se tienen instaladas. Pero quizá la mayor imposibilidad devenga del mismo espíritu con que se debe afrontar el reto que se avizora.

La cúpula empresarial se bate en retirada ante las mermas del capital de sus negocios debidas a las fuertes caídas del mercado accionario, el estrangulamiento del crédito y la retracción del consumo por los duros golpes inflacionarios. El socorrido apalancamiento de las épocas de bonanza los tiene atenazados y les amenaza en su viabilidad. Los grandes grupos, otrora tan soberbios y sobrados, no podrán encontrar, en una hacienda pública empobrecida y dispendiosa para con su burocracia, los resortes de apoyo que les inyecten la liquidez ansiada.

El liderazgo político languidece y se achica con los días y las turbulencias. No atina a poner el índice en la dirección correcta y nubla su guía. Escaso de legitimidad se dispersa en una serie interminable de distintas acciones concurrentes. Lo mismo inaugura una feria que pasea a príncipes imberbes, se aferra a una maestra depredadora como socia impresentable o formula discursos sin mayor sentido. El liderazgo se ha extraviado en su propio laberinto de intereses cruzados, amasados por décadas de un trasiego feroz y en el que, los partidos políticos son, en gran parte, logotipos de sus negocios particulares.

Las muy acariciadas reformas económicas han salido, al final de las negociaciones entre la coalición conservadora del Prian, tan achicadas y hasta dañinas para el pueblo (o los derechohabientes) que será necesario retocarlas en poco tiempo.

La petrolera, corona de las ambiciones de los traficantes de influencia, empresas trasnacionales y los contratistas desaforados, chocó de frente con una ciudadanía que rechaza, de manera abrumadora, su pretendida entrega y privatización. La constante, cerrada oposición de un nutrido conjunto social, decidido a la defensa de lo propio, le salió al paso. Después de muchos ninguneos desde las cúpulas decisorias para con la base del apoyo opositor, han tenido que rendir parte sustantiva de la plaza. Esto no quiere decir que los negocios entrevistos por los negociantes quedarán a la deriva, pues serán protegidos de varias y torvas maneras. Pero sus rasgos de grotesca entrega fueron derrotados con inteligencia y, en especial, por la enjundia de un movimiento masivo que se levantó en defensa de la industria petrolera para conservarla como patrimonio de los mexicanos.

Pero, y en mucho ajena a este trasteo interno, la crisis global avanza indetenible. Sus ramificaciones en México serán sumamente onerosas para el bienestar de las mayorías. El futuro no es halagador y está solicitando, a gritos, un pacto nacional para enfrentarla con posibilidades de éxito. Para ello habrá que aceptar cambios drásticos en el modelo de conducción de los asuntos públicos. Las propuestas se oyen ya, pero las cúpulas siguen sordas a tales llamados. Se está perdiendo tiempo valioso. Las recetas de media tinta, enfocadas para apoyar a los privilegiados de siempre, tendrán un costo enorme para el liderazgo actual.





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