10 dic 2009




Un horizonte para la izquierda



Luis Linares Zapata

El presente año termina en medio de hondas y muchas veces fútiles divisiones en la actividad de los partidos políticos. Ninguna de las organizaciones del espectro social se salva de las discordias, el extravío de ruta y las pugnas de clanes y personalidades que las conforman y describen. Tampoco han podido evitar que sus acciones, más que el discurso, los vaya situando en el nicho donde se sienten más a gusto. Los intereses que defienden también decantan el perfil ideológico y dan contenido a su intencionalidad programática. Sin embargo, en medio de tan consternado escenario algunas agrupaciones han podido auscultar el horizonte que espera a los mexicanos un tanto más allá del decaimiento generalizado que las envuelve. Ello les agrega, a quienes han tenido una actitud atenta y la capacidad de oír, ver e imaginar ideales, una ventaja con miras a la competencia de 2012.

Saben partidos y movimientos populares que el año venidero, ya en puerta, exigirá definiciones tajantes tras las cuales tendrán que enderezar su imaginería y redoblar el esfuerzo organizativo. Los que no atiendan la importancia diseñadora de misiones claras y asequibles quedarán rezagados en la contienda que se visualiza, por la violencia de los tiempos recientes, de gran polarización. No será posible escurrir el bulto, mantenerse en lo oscurito, flotar tras bambalinas para evitar la crítica y las discordias derivadas. Las circunstancias de penas, cerrazón de oportunidades e injusticias reinantes por doquier, obligan a discriminar entre alternativas, hablar con valentía, enfrentar con decisión problemas y depurar las ofertas para atraer a la ciudadanía.

Las derechas mexicanas, con una base pretendidamente mayoritaria, han depurado los muchos anhelos económicos de sus grupos, los principios ético-religiosos que emplean tan a menudo y los arreglos políticos que han celebrado entre ellas. Van en pos de la continuidad. El cambio pregonado en sus propuestas se encuadra, con cruda certeza, en profundizar el actual modelo de gobierno. Ahí caben, ahí encuentran seguridades y apoyos los prospectos de adalides que ya han escogido. Ahí recalan, con presumida destreza, sus cuerpos de dirección y consejo. Han buscado, con cierto ahínco, compactar su espíritu de cuerpo, mantienen vigentes los muchos temores colectivos, con astucia y celo defienden sus masivos intereses, lo que no descarta sus titubeos y alocados escobazos discursivos que les ha distraído en buena parte de la travesía actual.

El dueto del PRIAN, amasado por la confluencia de las derechas, se enfila, en lo que resta del presente año y los inicios del siguiente, a sacar las reformas pendientes del modelo. Esas escrituras, casi sagradas, los hermanan con lazos contantes y sonantes. Son efectivas ataduras para constatar su estirpe consanguínea. Afirman así sus arraigados hábitos de atender la línea de arriba y compartir negocios. Asegura, tan activo y feliz binomio, que tales reformas darán el respiro, la salida a la decadencia y les abrirá el paraíso de su reproducción en el poder. El PRIAN cumplirá con el cometido que les ha sido marcado por sus mentores, pues esperan confiados que algún sobrante les quedará enredado en sus talegas. Ya sus intelectuales se afanan por alumbrarles un tanto el camino. Plantean un señuelo a modo para la travesía: la integración total con la América del Norte. La presentan como la conveniencia probada, la asimilación ya en marcha con el polo global de poder que todo lo santificará. Pero la ruta marcada aparece como deshilvanada propuesta. En apariencia estratégica, el pretendido catalizador a largo plazo padece serias limitantes y variados errores de cálculo que surgen al pensar, tal integración, como un proceso que será decidido por los intereses y creencias de los celosos vecinos. La integración planteada, según la piensan, podría ser el pivote sobre el cual todos las demás asuntos de la visión derechosa habrán de cristalizar. Una aventura que se inclina, sin ambages, sobre la perpetua (tiempo humano) subordinación del débil y necesitado a la actual potencia. Se sugiere, además, renunciar a los dictados del corazón, olvidarse de las identidades culturales sureñas porque carecen de efectivos asideros.

La izquierda, en cambio, tiene por delante su redención, a pesar de los muchos avatares internos. Las derrotas en las urnas apenas sufridas y sus perennes pugnas son innegables. De tales infortunios hay urgencia de desprender las enseñanzas respectivas. Más que la unión, la organización o los programas, lo que importa es aceptar, con energía y pasión, el horizonte que ya ha sido definido: la transformación de México. No una transformación situada en el mundo de lo inasible y paralizador, sino esa que mueve a la acción y da sentido a los medios adecuados para lograrla. Es, en última instancia, el imperioso llamado a la emancipación respecto de los causantes de la decadencia como punto de partida, como fuerza de empuje para perseguir esa soberanía que se ata con la justicia distributiva. Desde luego, el relleno conceptual, valorativo y programático de esta transformación se va asentando con el paso de los días trabajados con ardor. El año que entra empezará a ponerse a prueba como foco de atracción, como insignia de los inconformes, de los que aspiran a vivir en un país independiente y justo. La misión propuesta contiene, en sus meras entrañas, la creatividad que se le ha ido impregnando con el empuje del pueblo desesperado, de la ciudadanía afectada por la crisis (la actual y la histórica) que los ofende. También recibirá los aportes que ya despuntan en la entrega incondicional de la juventud mexicana y los del México profundo que describe López Obrador en estas mismas páginas. Ya se siente la respuesta beligerante, razonada, de las mujeres cuya dignidad pisoteada se rebela contra quienes les niegan y manosean sus derechos y libertades. En fin, un conglomerado de izquierda que irá rescatando el sentir y las ambiciones de un pueblo que no cabe ya en la continuidad del modelo actual.




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