24 dic 2009



Juegos de poder en Roma



Adolfo Sánchez Rebolledo

Ayer leímos en estas mismas páginas tres magníficos artículos dedicados a la incursión vaticana del gobernador Enrique Peña Nieto con sus implicaciones sobre el estado del laicismo en México. No es para menos, pues la representación que comenzó en la Vía de la Conciliación, so pretexto de inaugurar la exposición fotográfica Espíritu y arte mexiquense en el Vaticano, fue un acto calculado para fijar una postura de cara al ya no tan lejano 2012, en un lugar inusual y ante un auditorio insospechado. Según las informaciones oficiales, el gobernador estuvo acompañado por “nueve obispos de la entidad, el arzobispo de Tlalnepantla, Carlos Aguiar Retes, (presidente de la Conferencia Episcopal), y de Girolamo Prigione, quien fuera nuncio apostólico de El Vaticano en nuestro país” y, sin duda, el principal promotor de la reforma al artículo 130 constitucional lograda bajo el mandato presidencial de Carlos Salinas de Gortari. Según esas mismas fuentes, Peña Nieto obsequió al Papa “un árbol navideño decorado por artesanos mexiquenses”, un Nacimiento con figuras de barro de tamaño natural, así como de otras piezas de arte popular. Tanto la exposición como las obras de artesanía, precisa la información, fueron patrocinadas por un grupo de empresas entre las cuales están la Administradora Mexiquense del Aeropuerto Internacional de Toluca (AMAIT), el Grupo GEO, dedicado a la vivienda, el Grupo Homex, Humberto Guzmán Ciudad Bicentenario, el Club Deportivo Toluca y, por supuesto, el Consejo Coordinador Empresarial del Estado de México. Durante el encuentro con el Papa, Peña Nieto recibió el calor de sus paisanos que en gran número se hallaban en la plaza, justo para escuchar, en el clímax del evento con olor a telenovela, cuando el gobernador confió al Papa: “Pronto me casaré”.

Me he detenido en repasar estos detalles porque en su aparente simplicidad ilustran plásticamente cómo se anudan los intereses políticos, empresariales, eclesiásticos y mediáticos para crear la ilusión de que la única realidad digna de tomarse en cuenta es la que ellos fabrican, así para ello se pasen por alto las normativas electorales relativas a la propaganda en los medios o se escamotee la rendición de cuentas. Sin embargo, ya se ha señalado, el mayor daño causado está en la erosión deliberada del laicismo entendido un componente sine qua non del Estado nacional mexicano. La novedad de la campaña de Peña Nieto no estriba en que él se declare católico practicante o en el hecho de visitar al Papa, sino en el rechazo a mantener separadas las esferas de lo público y lo privado propiciando su confusión, como ocurre cuando el gobernante deja de distinguir entre el jefe del Estado vaticano y el padre espiritual del catolicismo. Al igual que Vicente Fox en su momento, Peña Nieto actúa en esa relación con la jerarquía católica como si estuviera ante un “error histórico” que debe y puede rectificarse. La remodelación del laicismo figura entre los objetivos de la Iglesia, pero también forma parte del proyecto acariciado durante décadas por amplios sectores del empresariado, asociados al antiguo presidencialismo autoritario. En ese sentido, la presencia de Girolamo Prigione junto a los obispos mexiquenses tiene el valor de un símbolo, pues fue gracias a sus gestiones y, sobre todo, a la actitud de Juan Pablo II hacia México, que la Iglesia católica recuperó buena parte del terreno que había perdido como resultado de la secularización. A partir de entonces, multiplica sus esfuerzos para rescribir la historia oficial, canonizando a los cristeros y fomentando el voto a favor del partido católico por excelencia, el PAN. Tuvo éxito. Sin embargo, no le basta, pues a pesar de los avances logrados, la Iglesia constata, no sin cierto desaliento, que los gobiernos de la derecha, más afines a sus postulados, no han sido capaces de ofrecer una salida coherente a la ya muy grave crisis mexicana ni de hallar “remedio” ante las crecientes expectativas de una población que ya no pasa por el aro de las “tradiciones” ante los dilemas que su propia vida le ofrecen. Y eso los afecta como institución que quiere proyectarse al futuro. Las experiencias de Fox y Calderón demuestran que la apuesta por las figuras políticas de la derecha convencional no sirve si éstas son débiles o carecen de legitimidad o de visión de Estado para lidiar con un complejo de intereses que los desbordan, de tal modo que, no obstante la comunidad doctrinaria, éstas podría resultar inoperantes para dar las batallas que la Iglesia considera decisivas, sobre todo aquellas que tiene que ver con la educación pública y, desde luego, con los valores, es decir, con la esencial conservación de la hegemonía moral que se le escapa entre los dedos. (Iniciativas como la recién aprobada por la Asamblea se consideran declaraciones de guerra.)

En esas condiciones, la derecha asociada a otros poderes fácticos, en particular los mediáticos, han decidido que lo mejor es adoptar una fórmula que en el futuro permita la restauración del principio de autoridad del gobierno, devolviendo al César lo que es del César, pero asegurándose de que en el orden moral la última palabra la dicte la Iglesia católica, que ya ha recorrido un largo trecho para definir la libertad religiosa como un derecho humano que el Estado debe promover. En esa ruta, son posibles y necesarias las alianzas directas entre las fuerzas políticas que se alejen del laicismo convencional, vale decir, constitucional, al que identifican como expresión transnochada del jacobinismo liberal.

En esa gran operación, la relación con el PRI –que también busca restaurar su propio poder (exprimiendo el realismo hasta la claudicación ideológica)– es indispensable. Peña Nieto es para al menos un sector de la jerarquía un aprovechable garbanzo de a libra: formado en la universidad del Opus Dei, heredero de un poderoso grupo del sistema vinculado a los grandes negocios, ofrece la imagen que la mercadotecnia puede modelar a su antojo: la de un político gatopardiano, joven, moderno, dispuesto a ejercer el poder en el estilo y las formas del viejo presidencialismo, pero también a defender una visión de la identidad nacional que mucho le debe a la idea guadalupana de la nación. Habrá que preguntarle a la sociedad qué piensa de éstos juegos de poder.




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