28/02/2012


La campaña de Felipe Calderón


Magdalena Gómez


La presentación de una encuesta apócrifa con sus vaticinios electorales es el más reciente de los elementos para sostener de manera fundada que Felipe Calderón está lejos de respetar los más elementales principios de la democracia constitucional que formalmente rige en nuestro país. Las posteriores aclaraciones no pedidas se suman al preocupante ambiente generado por quien parece dispuesto a retener para su partido la Presidencia de la República bajo la lógica que hizo pública en 2006: haiga sido como haiga sido”. Ciertamente preocupa, antes que tranquilizar, que el ocupante de Los Pinos declare que en las elecciones del 1º de julio próximo actuará como “demócrata”, “respetará” el resultado de los comicios y al vencedor, y evitará expresiones o acciones que provoquen “recelo” entre los actores políticos. Y cual cereza del pastel su candidata Josefina Vázquez Mota señaló que no habrá una “elección de Estado” en su favor operada desde la casa presidencial.

Este episodio es un pálido reflejo frente al significado del discurso del secretario de la Defensa Nacional, general Guillermo Galván, pronunciado no el día del Ejército, sino el día en que se conmemoraba un aniversario más de la gesta que culminó con el asesinato del auténtico demócrata Francisco I. Madero. Ese día se confirmó la transmutación del Ejército que ha participado, ¿siguiendo instrucciones?, en la llamada “guerra” contra la delincuencia organizada, cuyo saldo de más de 50 mil víctimas tiene tal peso que deberá someterse a un riguroso escrutinio jurídico dentro y fuera del país. No se puede asumir que el general habló sin consultar previamente con Felipe Calderón. ¿Cuál es la intencionalidad de intimidar a la ciudadanía en tiempos electorales con el “parte de guerra”, señalando que el problema de la delincuencia organizada ya no es un asunto de seguridad pública?; en algunas “latitudes del territorio nacional el espacio de la seguridad pública está totalmente rebasado. Es menester reconocer que es la seguridad interior la que hoy se encuentra severamente amenazada”. Y agregó que en algunas regiones del país “la delincuencia organizada se apropió de las instituciones del Estado”. Con tal diagnóstico pasó a justificar la intervención del Ejército en la lucha contra el crimen organizado, anotando de manera trivial que esta institución respeta los derechos humanos; “que ha habido errores”, y concluyó con la tesis clásica sobre casos que llamó tendenciosos para desprestigiarlos y favorecer a “los delincuentes”. Todo ello en la lógica de apego a “la lealtad” ¿a quién?, preguntamos.

Si a raíz de su intervención directa en la masacre estudiantil de 1968 habían planteado que no aceptarían más este tipo de responsabilidades, hoy han sellado su unión a toda costa con quien los sacó de los cuarteles.

¿Estamos ante el estado que guarda la nación?, ¿ante la confesión de que la “guerra” ha fracasado por su origen de “tantos” años? Salta a la vista que la misma ha cubierto de opacidad “las otras guerras” que expresan los resultados de la política económica, la falta de empleos, de acceso a la educación y al conjunto de derechos sociales, la enajenación de la cuarta parte del territorio nacional mediante concesiones mineras, la criminalización practicada contra los movimientos sociales.

Felipe Calderón sí es un peligro para México. No sabemos de qué puede ser capaz los próximos meses quien igual se viste de militar, graba comerciales turísticos, habla en Davos de las bazukas y cortafuegos para la economía, que se monta en un caballo rodeado de cadetes pretendiendo encarnar al demócrata Francisco I. Madero. Sin veda alguna, se dispone a participar en la contienda electoral, con el poder y aliados de que dispone, para impedir a toda costa que su partido entregue la Presidencia y menos aún a quien propone modificar el rumbo del país.

No parece promisorio el entorno nacional para garantizar una contienda democrática y equitativa, si consideramos que de nueva cuenta está en curso la campaña contra el favorito de los enconos del PRIAN. López Obrador enfrenta la guerra sucia para excluirlo de manera anticipada; lo más reciente es lo que el propio Andrés Manuel llamó “el desafuero médico”, con los medios masivos del duopolio en contra a pesar de su estrategia de contraste con el discurso de 2006. Mientras, los partidos políticos en el Congreso se consumen en “puntos de acuerdo”, y todos dan mayor prioridad al pleito por sus empleos próximos antes que contribuir a sanear el clima democrático necesario para que el Instituto Federal Electoral haga su tarea. No sabemos si la ciudadanía logrará emitir un voto que abra la posibilidad de cambio o se irá por la lógica de más de lo mismo que con matices representa el PRIAN. Así que, con mínimos y casi simbólicos contrapesos, la estela del calderonismo aparece más densa aún de la que ejemplifica el monumento a la corrupción.





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