22/02/2012


El drama panista


Luis Linares Zapata


El señor Calderón se ha topado, en sus afanes de facilitar la continuidad a su grupúsculo político, con obstáculos que, a pesar de encuestas publicadas, parecen insalvables. Un sendero lo lleva a confrontar su confusa estrategia contra la violencia desatada por todo el país. Los muertos, desaparecidos (junto con las susodichas victimas colaterales), contados por decenas de miles, siguen insepultos y buscan redención. Otro, por demás angustiante para la sobrevivencia cotidiana, revela el desastre económico de su administración: 1.7 por ciento de crecimiento anual promedio del PIB y los millones adicionales de miserables que pululan por ciudades y cerros del país. Complemento de lo anterior, y a contrapelo de lo afirmado en su abrumadora publicidad, se descubre, con cifras innegables, el desatado endeudamiento federal, tanto en lo interno como con el exterior. Pero quizá el más ominoso problema para los panistas sea el de la drástica merma que los mexicanos padecen en sus niveles de bienestar. La precariedad creciente de los salarios formales, el aumento de la informalidad, el fracaso en calidad y oferta educativas, los 5 millones de viviendas abandonadas y la indomable desigualdad son algunos aspectos de la tragedia andante.

No obstante, el ocupante irregular de Los Pinos está empeñado en una tarea que, según sus esperanzas, lo conducirá a dos prometedoras estaciones de llegada. La primera, según sus sueños, alumbrará su imagen personal con tintes sensitivos de líder cabal, visionario y eficaz ejecutivo preocupado por el pueblo. Todo ello lo intenta pulir mediante un inmenso despliegue propagandístico. Para sustentar dicha presunción se embarca en un trajinar sin recato, coherencia o límites. Aparece a bordo de lanchas, barcos, helicópteros, caballos, aviones de combate o tanques. Va a la frontera y destapa anuncios inocuos contra el tráfico de armas. Toma tribunas al por mayor y también las del menudeo. Habla, con fingida vehemencia, de decisiones económicas enérgicas ante ministros del G-20 o lee cuentos imbéciles a niños cautivos de su destemplada vehemencia. La segunda, intenta, por medios por demás cuestionables, empujar la candidatura de su partido, y su pequeño círculo de subordinados, hacia el triunfo. Los recursos invertidos en medios llegarán, sin duda, a miles de millones de pesos. Y, los acompasa con alardes de logros inexistentes: la cobertura universal de salud es la cantaleta machacona. Afirmación desmentida por la precaria realidad de las infraestructuras médicas nacionales.

El proceso difusivo en marcha, similar al experimentado en 2006, que generó tan profundas heridas, lleva un destino también parecido. Las rupturas al orden establecido electoral de ese entonces, lejos de cicatrizar, están todavía hoy abiertas. El cuerpo de la nación continúa convaleciente y no surgen, en estos tiempos decisivos en la lucha por el poder, los remedios que ayuden a serenar ánimos. Por el contrario, los barruntos que emanan, casi todos ellos, desde las cúspides decisorias federales apuntan hacia la prolongación del encono. Los nuevos enfrentamientos entre las distintas fracciones que compiten a brazo partido por sus parcelas no escatiman medios y recursos para adelantar al contrincante. Y, a lo que parece, no habrá ni se dará cuartel, tanto en este periodo de silencios fingidos y vedas por demás elásticas como en los meses finales de campaña que aún faltan.

La iniciativa golpeadora en marcha la inició la dupla PAN-gobierno federal. Ahora el PRI empieza a responder sacando el vasto arsenal que inesperados aliados le proporcionan (entre otros la misma Auditoría Superior de la Federación y sus choqueantes hallazgos). Los medios de comunicación electrónicos, por su parte, llevan a cabo una labor de zapa contra la ley electoral hasta imponer, desde ahora, una versión harto distorsionada de la misma que mucho creen les conviene. No perdonan la pérdida no sólo de ingresos sino de influencia, ambas impuestas desde el Congreso por sus documentados desmanes en que incurrieron. El ambiente, de esta manera, se torna ríspido y se transita por una peligrosa senda que bien puede llegar a ser cruenta para la salud de la Nación.

La campaña desatada por el señor Calderón, y seguida por los numerosos agentes subordinados incrustados en el inmenso aparato de gobierno, ha tenido como punto focal al priísmo. Por esta última categoría partidista se supone una estructura heterogénea (que no es tal) y un real accionar chicloso (éste sí cierto) que se esparce y rellena casi por todos los intersticios de la vida pública actual. La intención, en este caso, de la enjundia oficial es convencer a ciertos grupos y centros neurálgicos de decisión (EU en concreto) de la arraigada corrupción del irredento priísmo. Y no paran en mientes, sino que los presentan como los cómplices orgánicos del mal mismo. Forman, dicen, un entramado perverso que quiere retornar a Los Pinos para prolongar su labor de zapa destructiva. La labor la complementan opiniones, interesadas y no tanto, de un grupo de analistas y críticos que machacan para describir un priísmo retardatario, sin cambios, autoritario y corruptor. Los priístas cupulares han decidido salir en su defensa y enfrentar, usando métodos harto conocidos (espías, filtraciones y demás), tal campaña. Han entrado en liza asestando un duro golpe a la cabeza (la Cocoa por medio) para ver si de esta tosca manera aplacan rivales.

Y así continuará el proceso hasta inocular, una vez más, las semillas de la discordia. Situación que ha llevado a la economía del país a retroceder frente a sus pares latinoamericanos, a descarrilar la vida democrática, y nublar el horizonte de alternativas a los desconcertados ci
udadanos.

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