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19 may 2012


La hora de la verdad

Epigmenio Ibarra


No hay plazo que no se cumpla. Finalmente Josefina Vázquez Mota, los panistas que la siguen y quienes, hasta ahora y sin partido, están decididos a votar por ella tendrán que tomar una decisión.

Es evidente que su candidatura no da para más. Su franco declive habrá de hacerse aún más pronunciado en los próximos días. No es ella quien cerrará el paso a Enrique Peña Nieto. Al contrario.

Si, pese a la evidencia, Josefina persiste en la carrera, además de irse a un vergonzoso tercer lugar será el escalón sobre el que se monten el PRI y Peña Nieto para la restauración del régimen autoritario.

Triste y trágico será para los panistas honestos y patriotas que sus votos solo sirvan para que regresen a la Presidencia aquellos a los que, en 2000, prometió Fox sacar a patadas de Los Pinos.

Toda una historia de lucha por la democracia se verá entonces traicionada. Inútil habrá sido el empeño de panistas ilustres, luchadores por la democracia, como Manuel Clouthier.

Puede Josefina, con un acto de honestidad y valentía, recuperar los principios de su partido. Principios que Diego Fernández de Cevallos, Vicente Fox y Felipe Calderón atropellaron.

Vergonzoso sería que, a cambio de impunidad para los gobernantes actuales, Vázquez Mota, cuyas posibilidades de ganar son nulas, terminara como alfil de la campaña de Peña Nieto. Refrendar la complicidad con los priistas es, a estas alturas, una traición que el PAN puede pagar con su propia existencia.

Difícil será que sobreviva como alternativa democrática viable si termina haciendo el trabajo sucio para Peña Nieto.

En esa dirección se mueven, precisamente, los integrantes del equipo de campaña de Vázquez Mota. En la línea de Los Pinos, y sabiendo que su candidata no es competitiva, han decidido meter las manos al fango y enderezar sus estrategias de guerra sucia contra López Obrador.

Los ataques contra Peña Nieto demostraron ser tan ineficientes como superficiales. Esa era una contienda puramente escenográfica.

La realidad es que el candidato de Felipe Calderón no era Ernesto Cordero, sino Enrique Peña Nieto.
Debe Josefina Vázquez Mota decidir ahora —y mandar una franca señal a sus simpatizantes— si permite que se la utilice otra vez o si, por el contrario, se presta y presta a México un servicio histórico.

Debe, pues, Josefina Vázquez Mota sumarse a la tarea patriótica de detener el regreso al pasado de este México herido.

Nada obtendrá Josefina, más allá de la vergüenza de haber contribuido a que México se hunda en el autoritarismo, si continúa en la contienda.

Dos proyectos se enfrentan en las urnas y ella debe decidir si está a favor de la transformación profunda que México necesita o si, por el contrario, se pronuncia por aquellos que, por décadas nos han saqueado.

Llamar a sus seguidores a votar por Andrés Manuel López Obrador. Sumar fuerzas con los que pretenden salvar a México de ese vergonzoso e incomprensible retorno al pasado es un acto de patriotismo y racionalidad.

No importa lo que digan las encuestas, ella, frente al espejo, sabe que sus posibilidades se reducen dramáticamente.

No se trata de un problema de competencia personal, sino del legado de ineficiencia criminal y guerra que, muy a su pesar estoy seguro, ella terminó encarnando.

Nada le dice al votante su discurso. Menos le dicen sus múltiples errores. Va cuesta abajo y no hace falta que nadie se lo diga. Ella lo sabe.
Va cuesta abajo, además, porque, como en el dominó juega contra dos enemigos y un traidor. Felipe Calderón y antes Vicente Fox han pasado 12 años fortaleciendo al PRI, preparando su regreso.

Ninguna posibilidad hubieran tenido esos que hundieron al país en la miseria, la impunidad y la corrupción si esos dos mandatarios panistas, traicionando el mandato recibido en las urnas, no les hubieran tendido la mano.

Dinero, influencia, espacio político; una verdadera plataforma para recuperar la Presidencia de la República construyeron Fox y Calderón para los priistas.

No se trata solo de los errores cometidos, que son muchos y pesan. Se trata fundamentalmente de una franca y sucia complicidad, establecida, desde la Presidencia de la República con aquellos a los que era su deber someter ante la justicia.

Porque de eso, precisamente, es de lo que hablamos; de que un partido que ha cometido incontables delitos vuelva, impune y legitimado, por sus fueros.

¿Quiere eso sobre su conciencia Josefina Vázquez Mota? ¿Quieren eso los que, al votar por ella, harán un servicio a Peña Nieto? No lo sé.

Lo cierto es que estamos ante la hora de la verdad. Honestidad, valentía y patriotismo se necesitan para detener a la maquinaria del revolucionario institucional.

Si Josefina da un paso al frente eso será posible. Si a ella la acompañan los que por el PAN quieren votar no llegará a Los Pinos Enrique Peña Nieto.

Es el momento de sumar fuerzas. No hay derrota que pese cuando se salva, con un gesto valiente, a un país entero de caer de nuevo en el pasado.

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11 may 2012


La nueva cara del PRI

Epigmenio Ibarra



Si nos atenemos a lo que dicen, hasta ahora al menos, las encuestas, muchos mexicanos han perdido la memoria o, peor todavía, se han dejado hipnotizar por la publicidad.
Expuestos al bombardeo de spots se han creído la leyenda de que Enrique Peña Nieto, el hombre que con su boda con una estrella de tv inició una historia de telenovela, representa la nueva cara del PRI.

Lo cierto es que si no sucede algo dramático, los mismos que saquearon y oprimieron a México durante décadas volverán a entrar, legitimados por los votos, a la residencia oficial de Los Pinos.

Ciertamente nunca salieron de ahí. Dejaron la silla presidencial al PAN, pero, detrás de la misma, siguieron operando áreas claves como las de la seguridad y las finanzas públicas.

Garrote y plata quedaron, como siempre, en manos de los priistas.
En una más de sus traiciones, Vicente Fox, quien prometió echarlos a patadas del poder y gracias a esa promesa llegó a la Presidencia, no hizo sino co-gobernar con ellos.

Cuando, con el Pemexgate y con la ley en la mano, pudo Fox dar un golpe al PRI debajo de la línea de flotación y, en los hechos, pulverizarlo, decidió, en cambio, tenderle la mano.

Por no haber demolido hasta sus cimientos al viejo régimen autoritario deberá responder Vicente Fox. Toca al PAN responder ante la nación por haber abierto de nuevo las puertas del poder al PRI.

Lo cierto es que necesitaba Fox al tricolor para librar la batalla del desafuero. Para intentar dar un golpe de Estado al gobierno soberano del Distrito Federal encabezado por López Obrador.

Conspiraron entonces Carlos Salinas y Diego Fernández de Cevallos para montar una operación de desprestigio contra el gobierno perredista.

Les facilitó la tarea Rosario Robles, quien abrió las puertas a Carlos Ahumada para que corrompiera y pusiera en evidencia
a algunos personajes de la izquierda electoral.

Nada hubiera significado ese golpe sin el concurso de la tv, que se encargó de amplificar la onda expansiva. A un lado echaron periodistas de ambas televisoras todo resquicio de ética prestándose para la maniobra.

A un lado siguen echando los principios esos periodistas que se burlan del “complot” habiendo, como hay, tantas evidencias de su existencia.

Aliados PAN y PRI trabajaron para colocar en la Presidencia a Felipe Calderón Hinojosa, quien pagó el favor ampliando la complicidad.

Al PRI debemos, más allá de la instauración de la corrupción y la impunidad como fórmulas esenciales de funcionamiento del sistema político mexicano, una de las gestiones más trágicas de la historia reciente.

Es el PRI co-responsable de la guerra de Felipe Calderón.
Fueron sus mandos políticos y de seguridad los que orquestaron esta fallida y trágica estrategia que ha costado al país más de 60 mil muertos.

Fue durante el priato que nació y se consolidó el narco. Viejos miembros del PRI, ex comandantes de la Federal de Seguridad y caciques regionales fundaron y operan los cárteles de la droga.

Cárteles que hoy, sobre todo en los estados gobernados por el PRI, han incrementado sus actividades y han desatado una ola incontenible de violencia.

Es el PRI corresponsable del desempleo y la pobreza. Fue el mismo modelo económico de Carlos Salinas, orquestado por priistas, el que siguió Calderón, añadiendo a la corrupción atávica del PRI su criminal ineficiencia.

Es esta ineficiencia la que ha hecho voltear a muchos mexicanos a mirar al PRI. Eso y, claro, la tv, que ha decidido usarlo para cerrar el paso a AMLO y garantizar así un presidente que defienda sus intereses por sobre los de la nación.

De pronto muchos han dejado de ver detrás de Peña Nieto la sombra de Salinas, de Hank, de Montiel, de Moreira, de Marín, de Ulises Ruiz.

De pronto se han olvidado de la opresión y la falta de libertades de los tiempos del PRI. De la corrupción y la impunidad convertidas en la única moneda de cambio.

Allá ellos los desmemoriados, o peor todavía los que han perdido la decencia y, quizás esperando parte del botín, quieren votar por los que tanto han robado a la nación.

Allá ellos, digo, porque somos muchos los que tenemos memoria y voluntad de construir un México más justo, más digno, más democrático.

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4 may 2012

 

Gobierno e IFE arrodillados

Epigmenio Ibarra

Falta muy poco para que las mexicanas y los mexicanos decidan, en las urnas, el destino del país. Carece sin embargo la inmensa mayoría de los elementos de juicio suficientes.

El 1 de julio en la soledad de la casilla electoral, al cruzar la boleta, millones de ciudadanas y ciudadanos harán algo más que un trámite, cumplirán algo más que una obligación cívica.

Lo que decidan habrá de afectar profundamente su vida, la de su familia, la del país.

No es pues trivial la decisión y hay que tomarla en libertad y con la información suficiente.

No bastan los spots y los carteles que saturan las calles y la programación de radio y tv, pues no se está comprando un producto de consumo.

Es preciso conocer las ideas, la capacidad de argumentar y contraargumentar de la mujer y los hombres que aspiran a gobernar este país.

De ahí la importancia del debate —a pesar de las limitaciones del formato— que habrá de celebrarse este domingo entre los cuatro aspirantes a la Presidencia.

De ahí también la importancia de que el mismo pueda ser visto hasta el último rincón del país.

A eso tienen derecho todas las mexicanas y todos los mexicanos y este derecho les está siendo negado.

Esa, garantizar el acceso a la información sobre los candidatos y sus ideas, era la obligación del IFE.

Esa es también la tarea del gobierno en tanto regulador de las concesiones de tv.

Ambos fallaron. El primero se contentó con limosnas, el segundo pecó por omisión.

Ambos han demostrado que están arrodillados ante los grandes concesionarios.

Intolerable debería ser para la autoridad electoral el reto lanzado por Ricardo Salinas Pliego.

Más allá de la grosera altanería del concesionario que programa un partido de futbol a la hora del debate, está el hecho de que, simple y llanamente, se niega, en un momento crucial para la vida democrática, a poner su cadena al servicio de la sociedad.

Se olvida Salinas que solo opera una concesión. Que la tv es un bien público.

Olvida también, más allá de lo legal, la responsabilidad cívica, democrática, patriótica de quien ha sido beneficiado con una concesión.

Ciertamente nada lo obliga aunque la ley faculta al IFE y al gobierno a hacerlo tratándose de un asunto de interés público.

Él no solo se niega a contribuir en la consolidación de la democracia en México, sino que se comporta como si el país fuera su hacienda y los ciudadanos peones acasillados.

Duro debería haber sido el IFE en su respuesta al concesionario. Duro, preciso y soberano. No lo fue. Al contrario, reaccionó con tibieza y traicionó así el mandato que la Constitución le marca.

El desplante autoritario de Salinas, ante el cual los consejeros del IFE bajaron la testa, es solo el síntoma de la descomposición del sistema político mexicano.

Por años la tv sirvió al PRI y al gobierno como instrumento de soporte y reproducción de la ideología del Estado. Ocultó cuando se le pidió la información sobre lo que realmente sucedía y puso sus recursos al servicio del presidente en turno.

De Los Pinos salían las facturas que los concesionarios se veían obligados a pagar al aire. De Los Pinos salían también las concesiones, prebendas y permisos para pagar esos favores.

Todo eso cambio cuando el PRI se vino abajo.

Oliendo los vientos del cambio la tv cambió de camiseta.

Se encontró con un hombre, Vicente Fox, al que la cámara enloquecía y que hacía de la cámara su único instrumento, primero de combate electoral y luego de gobierno.

Entre las grandes traiciones de Vicente Fox habría que señalar también su abdicación frente a la tv.

Mirarse en el espejo, eso era para él la pantalla, se volvió su obsesión y tanto que se olvidó del mandato recibido en las urnas.

Pronto se dieron cuenta los concesionarios del cambio de reglas y comenzaron ahora a mandar las facturas del canal a Los

Pinos y a establecer una relación distinta con el gobierno.

Paulatinamente dejaron de hacerle favores y comenzaron a exigírselos. Paulatinamente el poder se desplazó de la casa presidencial a los corporativos.

En 2006 la situación se hizo aun más grave. Sin la tv jamás se hubiera sentado Felipe Calderón en la silla. Caro hemos debido pagar los mexicanos ese apoyo.

Rotas están las reglas de convivencia entre el poder político y los poderes facticos. Tan rotas que ahora la tv puede aspirar, incluso, a poner en Los Pinos a su hombre.

Deben los concesionarios abstenerse de intervenir. Sería la suya una equivocación trágica. Triste sería el destino del país si se vuelve la nuestra una “democracia” que sirve a la pantalla.
Triste y peligroso. Ahí esta el ejemplo del Brasil de Color de Melo; de ese desastre.

Nada tienen que perder los grandes concesionarios si se echan un paso hacia atrás y proporcionan a las mexicanas y los mexicanos información objetiva y suficiente para que se vote libremente.

No aguanta más este país la simulación y el engaño. Tampoco la corrupción y la impunidad. Se necesita un cambio profundo.
Pueden los grandes concesionarios contribuir, haciéndose a un lado, a esa transformación.

Si meten las manos, si insisten en que la pantalla opere como gran elector, le fallarán al país; se fallarán a sí mismos. Con el cambio ganamos todos.

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20 abr 2012



Frente al poder del dinero

Epigmenio Ibarra

Acentos


Tengo 60 años. Viví gran parte de ellos soportando, como millones de mexicanos, el peso de un régimen autoritario. A pesar de que mi candidato perdió en las elecciones presidenciales de 2000, celebré al creerme liberado de ese peso.

Muy pronto me supe traicionado. La alternancia no fue más que una ilusión óptica. Vicente Fox, ayudado por quienes promovieron el voto útil, solo llegó a Los Pinos para cogobernar con aquellos que durante décadas habían sometido y saqueado a México.

Las libertades de las que hoy gozamos, y que deben ser defendidas y sobre todo ampliadas, están en peligro. El regreso del PRI al poder; la restauración del antiguo régimen parece, si nos atenemos a lo que las encuestas dicen, una realidad inminente.

Trágico sería que, cuando en todo el continente se respiran aires de libertad y de progreso, nosotros volviéramos al pasado y refrendáramos, con nuestros votos, un modelo político económico que ha mantenido a nuestro país hundido en la miseria.

Porque miserable es un país que lleva más de 20 años sin crecer y miserable es un país con tantas decenas de millones de habitantes sobreviviendo apenas en medio de la más espantosa pobreza.

La democracia, como la razón y parafraseando a Goya, también engendra monstruos. Más si los medios, en especial la tv, contribuyen tan activamente en la tarea. Solo eso explica que tantos crean que lo mejor para México es retornar al pasado.

Ante la ineficiencia criminal del gobierno de Felipe Calderón. Luego de las traiciones sucesivas de Vicente Fox hay mucha gente que con sinceridad brutal confiesa: “prefiero a los corruptos que a los pendejos”.

Creen, muchos de esos ciudadanos que hoy se pronuncian por Peña Nieto y el PRI, que éste sí tiene capacidad para manejar el caos que los panistas dejan.

Están convencidos, por otro lado, de que, conociendo a los capos del crimen organizado, que bajo su sombra crecieron, pueden los priistas traer la paz a México.

Se equivocan en ambos casos. El caos en que vivimos solo puede superarse emprendiendo la tarea de transformación profunda de México. El país no aguanta más el mismo modelo económico; la misma manera de gobernar.

Tampoco a la paz se llega por la vía de la corrupción y la impunidad. Al contrario. Gracias al imperio de estos dos males estructurales, componentes esenciales del régimen autoritario, es que el crimen organizado creció y llegó a hacerse de una parte importante del país.

No puede Peña Nieto ofrecer, en materia económica y en asuntos de seguridad, más que lo mismo que hasta ahora hemos sufrido. Podrán los priistas mostrar nueva cara, pero siguen teniendo las mismas mañas.

El progreso y la paz con justicia no llegarán de la mano de aquellos que tantos años han hecho del gobierno solo un negocio más y han traspasado los límites entre política y delito.

Paradójico resulta que esos que tantas veces burlaron la voluntad ciudadana, los operadores de tantos fraudes electorales, regresen hoy al poder legitimados además por el voto “libre” de millones de mexicanos.

Lo cierto, sin embargo, es que se están burlando, de nuevo y gracias al poder del dinero, de esa libertad en la que el ciudadano de una democracia que se respete ha de emitir su voto.

Está en marcha una operación gigantesca de manipulación del electorado: inundar el país de propaganda, como lo han hecho, solo es posible rebasando, con creces, los límites legales de gasto de campaña.

Contra el poder del dinero, la indiferencia de la autoridad electoral y la capacidad de manipulación de los priistas parece, a un poco más de dos meses de la elección, que hay poco por hacer.

La escandalosa omnipresencia mediática de un candidato, Enrique Peña Nieto, cuyo poder de convencimiento descansa fundamentalmente en su apariencia, lleva a muchos mexicanos a creer que su victoria es ya un hecho y las elecciones serán un mero trámite.

Lo cierto es que esa omnipresencia constituye una muestra de lo que habrá de ser nuestro futuro y el de la ya de por sí maltrecha democracia en la que vivimos.

El presidencialismo, la figura del tlatoani todopoderoso, se adivina ya en la propaganda electoral priista. Será de nuevo, si lo permitimos, la “voluntad” del “señor presidente” la única que pese en este país, sobre todo después de haber vivido 12 años de gobiernos de pantalla.

El problema para los concesionarios de la tv privada es que aún no se dan cuenta de que el esquema de servidumbre al que el PRI los tuvo sujetos volverá de nuevo.

Atrás quedarán los tiempos dorados en los que el Ejecutivo abdicaba de su poder frente a la tv. El PRI no conoce otra manera de gobernar que sometiendo.

Ya padecimos seis años de un gobierno, marcado de origen por la ilegitimidad, incapaz de construir consensos y que no dudó en embarcar al país en una sangrienta cruzada por así convenir a sus intereses facciosos.

¿Permitiremos ahora que el viejo régimen, con una manita de maquillaje, se instale de nuevo? ¿Seducirá a millones de mexicanos el bombardeo propagandístico? ¿Podrá más el poder del dinero que el ansia de libertad, bienestar y justicia de un pueblo entero?

Faltan muy pocos días para saberlo; muy pocos días para, con imaginación, argumentos, creatividad y audacia, impedirlo.


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13 abr 2012



Porque "#YovoyxAMLO"

Epigmenio Ibarra

Acentos

Ya no hay tiempo. La cuenta regresiva está corriendo y el riesgo de que este nuestro México herido vuelva al pasado autoritario sigue creciendo.

La ineficiencia criminal del gobierno de Felipe Calderón; el miedo que campea en la población han hecho su parte. Golpeado por la guerra el votante parece inclinarse —según las encuestas— por los mismos que, a punta de impunidad y corrupción, generaron las condiciones para que después Calderón desatara su guerra insensata.

La aplanadora priista, a la caza de incautos, ha tapizado el país de propaganda. La memoria de 70 años de agravios del viejo régimen parece borrarse en muchos ciudadanos como resultado del embate publicitario.

Un nuevo agravio contra la democracia se gesta desde el PRI. No se necesita una auditoría de medios y piezas publicitarias para darse cuenta que ese escandaloso despliegue rebasa, con creces, los límites de gastos de campaña establecidos por la ley.

Los desplazamientos en aviones privados, los espectáculos previos a los mítines de Peña Nieto, la producción de spots de tv a lo largo y ancho del país, dan testimonio adicional de ese exceso del que somos testigos todos los mexicanos y que las autoridades electorales se niegan a ver y sobre todo a sancionar.

La debacle anunciada de Josefina puede producir una migración masiva de voto panista hacia Peña Nieto y puede ocasionar que Felipe Calderón y los poderes fácticos decidan un cambio de estrategia y busquen una alianza con el PRI para hacerse de un manto de impunidad y cancelar las posibilidades de crecimiento de López Obrador.

Se desatará, desde la cúpula del poder político, religioso y económico, una ofensiva similar a la que vivimos en 2006. Finiquitada la contienda escenográfica entre el PAN y el PRI comenzara el despliegue de todo un arsenal de recursos de guerra sucia contra el que se posiciona, otra vez, como “un peligro”, no para México, sino para la derecha.

Es el momento de pronunciarse. A ese enorme poder solo nos queda enfrentar el poder de una voluntad ciudadana que no teme asumir un compromiso franco y abierto por un hombre y un proyecto que, estoy convencido, pueden traer la paz con justicia a este país.

No hay tarea más urgente, más digna, más amorosa que trabajar para que los jóvenes en México dejen de ser carne de cañón. No hay tarea mas importante que acabar con la guerra sin pactar con el crimen organizado; sin rendirse ante él o, peor todavía, y como sucedió por décadas, mimetizarse con él.

Josefina Vázquez Mota representa la continuidad —así lo ha declarado— de la guerra de Felipe Calderón. Por eso sus posibilidades de victoria se diluyen aceleradamente. Eventos dramáticos tendrían que ocurrir, sucesos violentos de extraordinaria gravedad, para que la gente apostara por su promesa de mano dura.

Enrique Peña Nieto propone solo cambios cosméticos en la estrategia de guerra, la permanencia del Ejército en la calle y el uso del garrote. Subliminalmente se beneficia de la convicción popular de que el PRI sabe como pactar con criminales y de que eso “pacificara” al país.

El voto nulo, por otro lado, es una acción suicida. Quienes con ese gesto quieren castigar a la clase política solo terminaran beneficiando con su acción a lo peor de la misma. En 2000 el voto útil ayudó a llevar a un farsante a la presidencia. Hoy el voto nulo puede conducirnos de regreso al pasado autoritario.

Solo López Obrador habla de combatir al delito combatiendo sus causas. Solo el se atreve a postular la educación, el empleo, el bienestar y la cultura como forma eficiente de reducir la violencia. Solo el se arriesga a no ofrecer la formula tan fácil como peligrosa de mano dura.

No hay paz posible sin justicia y no hay democracia sin libertad. El proyecto autoritario de Peña Nieto o Vázquez Mota no puede asegurar la justicia porque solo respira en la impunidad, no sabe vivir sin burlar las reglas del juego democrático y necesita, para operar, limitar las libertades publicas.

He sido un crítico de la izquierda electoral. Lo sigo siendo. Profesionales de la derrota los he llamado. No es por el aparato burocrático, ése que ha hecho suyos usos y costumbres del antiguo régimen, por el que voto, sino por un hombre y un proyecto.

Voto también por esas mujeres y hombres que lo acompañan y que aún conservan —y son legión afortunadamente— ese impulso ético primordial, esa pasión por la transformación profunda de México.

Mujeres y hombres herederos y continuadores de la lucha, de ésos que muchas veces pagando con sus vidas, conquistaron las libertades de las que hoy gozamos y que deben ser defendidas y ampliadas.

No se trata, por otro lado, de extender a López Obrador un cheque en blanco. Ha sido mi tarea y lo seguirá siendo hacer, en los medios, contrapeso al poder.

Ya es hora de que nuestro voto dure más de un día; ya es hora de que valga seis años y sienta su peso el gobierno que a nosotros se debe y solo a nosotros ha de responder.

También por eso, porque ha tenido el valor de proponer la revocación de mandato es que, como lo he escrito en redes sociales, #YovoyxAMLO. Ahora me toca, como un ciudadano más, promover y defender el voto. A eso me pongo.

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19 mar 2012


Carta a Felipe Calderón
Acentos

Epigmenio Ibarra



Se ha lanzado usted, aprovechando la ventaja estratégica que le da su posición como jefe de Estado, a una campaña intensiva para desprestigiar a quienes, haciendo uso de nuestro derecho, por amor a México, por nuestros hijos, con nuestros hijos, criticamos su estrategia de combate al narco.

Nos ha tachado de calumniadores. Ha sugerido que somos faltos de entendederas, que obedecemos a propósitos político-electorales inconfesables. Que nos mueven sólo el odio y el resentimiento. Le hace falta, señor Calderón, verse al espejo.

Todo su discurso parte de la tesis de que no hay otro camino para enfrentar al crimen y de que usted ha ido el único que ha tenido el coraje y la decisión de seguirlo.

Se presenta usted ahora diciéndose víctima de las injurias de un pequeño grupo, como el “salvador de la patria”, el cruzado dispuesto, por el bien de la nación, a enfrentarse al sacrificio, al juicio de la historia. Pero usted, señor Calderón, no pone la sangre; los muertos son otros, son de otros.

Gastando miles de millones de pesos del erario, aprovechándose de la reverencia atávica de los medios frente al poder, ha logrado establecer, al menos entre seguidores, gente atenazada por el miedo e incautos, la falsa disyuntiva: o se está de acuerdo con su estrategia o se está contra México y con los criminales.

Lo cierto, señor Calderón, es que ha procedido, por decir lo menos, irresponsablemente.

Lo cierto, señor Calderón, es que, al incitar al linchamiento, ha puesto en peligro la vida de cientos, quizá miles de ciudadanos. Ya jugó a sembrar el encono y la discordia en 2006; ahora, literalmente, juega con fuego.

Lo cierto también es que ha promovido la acción de esos golpeadores que abundan en su gabinete y en su partido y ha puesto a los aparatos de inteligencia operativa en las redes sociales y a los mecanismos de guerra sucia propagandística a actuar con virulencia contra sus opositores.

No hablo, créame, por los firmantes de la petición a la CPI de La Haya para que lo procese por su responsabilidad, en tanto comandante en jefe y artífice de la estrategia de combate contra el narco, por los crímenes de guerra que aquí se han cometido.

Nosotros, los 23 mil, contra los cuales amenaza usted con proceder legalmente, estamos listos para hacerle frente. Ni somos calumniadores ni nos hacemos para atrás. En los tribunales, si usted quiere, nos veremos las caras.

Hablo, señor Calderón, de otros; de los mas valiosos y también los mas vulnerables; de los defensores de derechos humanos, de los activistas por la paz que en las regiones mas peligrosas del país, luchando todos los días, se ven atrapados entre dos fuegos.

Cada vez que usted sale en la televisión —y sale muchas veces— incitando al linchamiento de sus críticos pone una diana en el pecho de uno de estos luchadores sociales.

Cada vez que se atreve usted a sugerir —y también lo hace con mucha frecuencia— que quien se opone a la guerra está por la negociación con los criminales, o de plano trabaja para ellos, firma una sentencia de muerte.

Ya de por sí el crimen organizado anda tras ellos. Ya de por sí usted y su gobierno se han mostrado incapaces de ofrecer protección a quienes, como Nepomuceno Morales, se la solicitaron personalmente.

Sus acusaciones a críticos, defensores de derechos humanos, activistas por la paz, es tomado por funcionarios, soldados y policías agobiados por el combate, marcados por la pérdida de sus compañeros y la amenaza constante contra sus vidas y las de sus familiares como instrucción de hacerse a un lado o, peor aún, como una orden para desbrozar el camino.

Otro tanto sucede con esos a los que la justicia por propia mano les parece la única solución y andan buscando, como los criminales, dar lecciones, con muertes ejemplares, a sus enemigos.

Habla usted mucho de la guerra y la conoce poco. Dudo, que mas allá de su identificación propagandística con las víctimas, sepa usted lo que se siente estar bajo fuego, o lo que la tensión, el peligro y el miedo provocan en cualquier ser humano.

Yo he vivido de cerca el horror de la guerra. He visto también como la opinión de un líder, un juicio a la ligera de un comandante pueden costarle la vida a un ciudadano cualquiera.

He sido testigo de cómo la propaganda, los dogmas de fe del poder autoritario, hacen ver a quienes lo sirven, enemigos a granel y los mueven a considerar como necesaria y urgente la muerte de esos que se consideran un obstáculo.

Lo he visto a usted, señor Calderón, en cuarteles y desfiles; jamás con los soldados en el terreno, con esos que manda a matar y a morir. Tampoco lo he visto, fuera de sus zonas de confort, reunirse, siquiera, con las víctimas.

Desató usted la guerra. Una guerra en la que hay siempre mas muertos y heridos, y que antes que traer paz y seguridad —ahí están los hechos— ha exacerbado la violencia.

Deténgase, se lo exijo, guarde, al menos, frente a esta patria herida, respetuoso silencio.

No siga ya alimentando con sangre inocente, víctima de su retórica incendiaria, de su intolerancia frente a la crítica, de sus ambiciones políticas a la guerra que es, lo dice César Vallejo, un monstruo grande y pisa fuerte.

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17 dic 2011


La guerra; siempre la guerra

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Epigmenio Ibarra

2011-12-16 •


Hace ya 30 años tuve mi primer contacto real con la guerra. No hablo de los primeros combates que cubrí; de los atentados dinamiteros en San Salvador, de las aventuras y peripecias típicas del corresponsal de guerra que a veces vive de todo menos la guerra. Hablo de la muerte sin máscara alguna; desposeída de todo romanticismo. Hablo de la masacre de El Mozote.

Hablo de esos ancianos, de esas mujeres, de esas niñas y niños que entrevisté un domingo luminoso en las montañas de Morazán. Hablo de la pequeña ermita y los pañuelos blancos en la cabeza de casi todas las mujeres del caserío y hablo del pan recién horneado. Hablo de que todo eso fue borrado de la faz de la tierra y de que todos ellos fueron asesinados.

Hablo de cómo los hombres, evangélicos la gran mayoría, se decían a salvo, protegidos por el señor, ajenos a los conflictos de los hombres, lejanos por igual al ejército y a la guerrilla. Hablo de las mujeres con delantales blancos impolutos y de cómo Santiago, de Radio Venceremos, se acercaba a ellas micrófono en ristre y les aconsejaba, luego de entrevistarlas, salir cuanto antes de la zona.

Hablo de la serenidad de esas mujeres cuando ya el país y Morazán se dirigían al abismo. De la seguridad de los hombres, de como te miraban directa y fijamente tratando de descifrar cómo era posible que no comprendieras que a ellos, ahí, no les pasaría nada. “Y si nos pasa —concedió finalmente uno ante nuestra insistencia— será porque Dios así lo quiere”.

Hablo de la tienda del pueblo, de ese pueblo minúsculo de casas de adobe y bajareque, perdido en medio de la montaña, olvidado de la mano de Dios, hasta donde llegó un día, con el propósito de “sacarle el agua al pez” como reza el manual de la contrainsurgencia norteamericana, el batallón de reacción inmediata Atlacatl —formado y entrenado en los EU— y trajo consigo la muerte.

La muerte que no respetó esos pañuelos blancos sobre la cabeza de las mujeres, que no supo ni de ruegos y peticiones de clemencia, ni se abstuvieron frente al que se declaraba ajeno a las partes en conflicto y que tampoco tuvo el pudor de detenerse ante el llanto de las niñas y los niños.

La muerte que arrasó el horno donde los domingos se horneaba el pan, que saqueó la tienda, no dejó una sola casa en pie y destruyó la ermita. La muerte que estuvo ahí celebrando un ritual macabro —de selección, confinamiento y ejecución por grupos— de más de 48 horas; porque matar a tantos toma tiempo, organización y empeño.

Muerte que semanas después de la masacre documentaron Ray Bonner, del NYT, y la fotógrafa Susan Mayselas mientras yo intentaba atravesar clandestinamente la frontera entre Honduras y El Salvador. Y hablo de cómo a Bonner, por presiones del Departamento de Estado, lo degradaron en el NYT y de cómo la noticia de la masacre fue olvidada, borrada, sepultada.

Hablo también de cómo, cinco años después, pude finalmente volver a El Mozote y encontré entre sus ruinas restos humanos y de cómo busqué en esos cráneos blanqueados por el sol el recuerdo de los rostros que filmé antes. Hablo de los helicópteros artillados que sobrevolaban la zona y de cómo había que andarse con mucho tiento y mucha prisa.

Y hablo de cómo, cuatro años más tarde, una antropóloga forense argentina, al pie de los restos de la ermita de El Mozote, me describía, puntual y dolorosamente, el estado en que fueron encontrados los esqueletos de 131 niñas y niños; los juguetitos encontrados en el pantalón de uno; la muñeca encontrada en las manos de otra; las evidencias de que muchos de ellos habían sido ultimados a punta de cuchillo.

Y hablo de Rufina, la única sobreviviente de la masacre de más de mil campesinos en los cantones de El Mozote, Agua Zarca y El Junquillo, contándome cómo había escuchado a sus hijos llamarla justo desde el interior de la misma ermita: “Mamita, mamita, nos están matando”, gritaba, esa noche, el más pequeño de sus hijos.

Y Rufina no pudo hacer nada; nada salvo cavar un pequeño agujero donde enterrar la cara para soltar un llanto sordo y seco que habría de enloquecerla. Dos años vivió en una barranca. “La Ciguanaba” (versión salvadoreña de “La Llorona”) le decían los guerrilleros que por ahí rondaban y que la creían un fantasma, un alma en pena que es lo que era y sigue siendo.

Hablo también del coronel Domingo Monterrosa, el gran estratega del ejército salvadoreño, el que iba siempre al frente de sus tropas en combate, el amigo de la prensa internacional, el hombre consentido por los norteamericanos, el mejor ejecutor de la estrategia de contrainsurgencia, el jefe que ordenó esa masacre, luego la de Copapayo, en Guazapa, y que años después cayó abatido, por su propia soberbia, muy cerca de El Mozote.

Hablo de la guerra que es esto —muerte, sangre, mierda, dolor— y no lo que creen los demagogos y generales de “botas virgas”, que nunca han estado bajo fuego y mandan a los jóvenes a matar y morir. Hablo de la guerra a la que no quiero como destino ni para mi patria ni para mis hijos y hablo de que, ahí, en El Mozote, juré jamás acostumbrarme al horror. Por eso la guerra, siempre la guerra. Por eso para evitarla, para pararla es que no quito, ni quitaré, el mismo dedo del mismo renglón.

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12 dic 2011


Carta a Felipe Calderón

Acentos
Epigmenio Ibarra

2011-12-09 •


Se ha lanzado usted, aprovechando la ventaja estratégica que le da su posición como jefe de Estado, a una campaña intensiva para desprestigiar a quienes, haciendo uso de nuestro derecho, por amor a México, por nuestros hijos, con nuestros hijos, criticamos su estrategia de combate al narco.

Nos ha tachado de calumniadores. Ha sugerido que somos faltos de entendederas, que obedecemos a propósitos político-electorales inconfesables. Que nos mueven sólo el odio y el resentimiento. Le hace falta, señor Calderón, verse al espejo.

Todo su discurso parte de la tesis de que no hay otro camino para enfrentar al crimen y de que usted ha ido el único que ha tenido el coraje y la decisión de seguirlo.

Se presenta usted ahora diciéndose víctima de las injurias de un pequeño grupo, como el “salvador de la patria”, el cruzado dispuesto, por el bien de la nación, a enfrentarse al sacrificio, al juicio de la historia. Pero usted, señor Calderón, no pone la sangre; los muertos son otros, son de otros.

Gastando miles de millones de pesos del erario, aprovechándose de la reverencia atávica de los medios frente al poder, ha logrado establecer, al menos entre seguidores, gente atenazada por el miedo e incautos, la falsa disyuntiva: o se está de acuerdo con su estrategia o se está contra México y con los criminales.

Lo cierto, señor Calderón, es que ha procedido, por decir lo menos, irresponsablemente.

Lo cierto, señor Calderón, es que, al incitar al linchamiento, ha puesto en peligro la vida de cientos, quizá miles de ciudadanos. Ya jugó a sembrar el encono y la discordia en 2006; ahora, literalmente, juega con fuego.

Lo cierto también es que ha promovido la acción de esos golpeadores que abundan en su gabinete y en su partido y ha puesto a los aparatos de inteligencia operativa en las redes sociales y a los mecanismos de guerra sucia propagandística a actuar con virulencia contra sus opositores.

No hablo, créame, por los firmantes de la petición a la CPI de La Haya para que lo procese por su responsabilidad, en tanto comandante en jefe y artífice de la estrategia de combate contra el narco, por los crímenes de guerra que aquí se han cometido.

Nosotros, los 23 mil, contra los cuales amenaza usted con proceder legalmente, estamos listos para hacerle frente. Ni somos calumniadores ni nos hacemos para atrás. En los tribunales, si usted quiere, nos veremos las caras.

Hablo, señor Calderón, de otros; de los mas valiosos y también los mas vulnerables; de los defensores de derechos humanos, de los activistas por la paz que en las regiones mas peligrosas del país, luchando todos los días, se ven atrapados entre dos fuegos.

Cada vez que usted sale en la televisión —y sale muchas veces— incitando al linchamiento de sus críticos pone una diana en el pecho de uno de estos luchadores sociales.

Cada vez que se atreve usted a sugerir —y también lo hace con mucha frecuencia— que quien se opone a la guerra está por la negociación con los criminales, o de plano trabaja para ellos, firma una sentencia de muerte.

Ya de por sí el crimen organizado anda tras ellos. Ya de por sí usted y su gobierno se han mostrado incapaces de ofrecer protección a quienes, como Nepomuceno Morales, se la solicitaron personalmente.

Sus acusaciones a críticos, defensores de derechos humanos, activistas por la paz, es tomado por funcionarios, soldados y policías agobiados por el combate, marcados por la pérdida de sus compañeros y la amenaza constante contra sus vidas y las de sus familiares como instrucción de hacerse a un lado o, peor aún, como una orden para desbrozar el camino.

Otro tanto sucede con esos a los que la justicia por propia mano les parece la única solución y andan buscando, como los criminales, dar lecciones, con muertes ejemplares, a sus enemigos.

Habla usted mucho de la guerra y la conoce poco. Dudo, que mas allá de su identificación propagandística con las víctimas, sepa usted lo que se siente estar bajo fuego, o lo que la tensión, el peligro y el miedo provocan en cualquier ser humano.

Yo he vivido de cerca el horror de la guerra. He visto también como la opinión de un líder, un juicio a la ligera de un comandante pueden costarle la vida a un ciudadano cualquiera.

He sido testigo de cómo la propaganda, los dogmas de fe del poder autoritario, hacen ver a quienes lo sirven, enemigos a granel y los mueven a considerar como necesaria y urgente la muerte de esos que se consideran un obstáculo.

Lo he visto a usted, señor Calderón, en cuarteles y desfiles; jamás con los soldados en el terreno, con esos que manda a matar y a morir. Tampoco lo he visto, fuera de sus zonas de confort, reunirse, siquiera, con las víctimas.

Desató usted la guerra. Una guerra en la que hay siempre mas muertos y heridos, y que antes que traer paz y seguridad —ahí están los hechos— ha exacerbado la violencia.

Deténgase, se lo exijo, guarde, al menos, frente a esta patria herida, respetuoso silencio.

No siga ya alimentando con sangre inocente, víctima de su retórica incendiaria, de su intolerancia frente a la crítica, de sus ambiciones políticas a la guerra que es, lo dice César Vallejo, un monstruo grande y pisa fuerte.

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18 nov 2011


La última oportunidad

AcentosEpigmenio Ibarra

2011-11-18 • Acentos


Bienvenida sea la revolución. Esa señal de vida, de vigor de un
pueblo al borde del sepulcro.
Ricardo Flores Magón

Invadido por el miedo y la zozobra, dividido, roto, ensangrentado y empobrecido, pulverizadas sus instituciones, quebrantada la confianza de sus ciudadanos en el Estado, marcha México, aceleradamente, hacia el pasado.

Fracasada rotundamente la supuesta alternancia —en la que, en su momento, se depositaron tantas esperanzas— parecen los ciudadanos pronunciarse, al menos si creemos en lo que dicen las encuestas, por la restauración del viejo régimen.

Medran los poderes fácticos con la desesperanza. Se aprovechan de la bancarrota democrática y se preparan para el asalto definitivo. De soldados del PRI, de servidores del mismo, pasan a ser hacedores del candidato de ese partido y se disponen a cobrar muy alto la factura.

De pantalla y por la pantalla han sido los gobiernos del PAN. Vicente Fox y Felipe Calderón doblaron la cerviz ante la tv, la Iglesia y los barones del dinero. Abdicaron, a cambio de una fugaz y desastrosa estancia en Los Pinos, ante los poderes fácticos.

Crimen de lesa democracia y lesa patria han cometido ambos.

La impunidad y la corrupción, marca de origen del sistema político mexicano, han escalado, en estos 11 años de cogobierno de PAN y PRI, a nuevos y muy escandalosos niveles, y tanto que la viabilidad misma de la nación está en peligro.

Un proceso agudo de descomposición social, acelerado por la guerra de Felipe Calderón y su rotundo fracaso en materia económica, se comienza a sentir en casi todos los órdenes de la vida pública.

Cincuenta mil muertos en cinco años —y los que faltan— son demasiados muertos. Ningún país resiste tanto decapitado, tanta masacre, tanta simulación sin resquebrajarse.

Hay heridas demasiado profundas en el cuerpo social; un cuerpo marcado, como los de las decenas de miles de víctimas, por la tortura, las mutilaciones, la barbarie y el odio.

Millones de jóvenes, sin otra alternativa, salen expulsados hacia el norte o caen en las manos de los únicos empleadores masivos; los capos del narco.

Como en otros momentos históricos y en otros países es el autoritarismo el que saca ventaja del caos imperante y la precaria e incipiente democracia mexicana incapaz de proveer paz, justicia, bienestar para los ciudadanos se tambalea.

La izquierda electoral ha hecho su parte en la debacle. No resistió, cuando y donde ganó, las tentaciones del poder y se tornó aparato burocrático, oficina de colocaciones, administradora de clientelas, prerrogativas, prebendas y beneficios.

Con una capacidad mimética asombrosa adoptó usos y costumbres del antiguo régimen. No tuvieron los votantes más remedio que echarla a patadas de Zacatecas, Baja California Sur y Michoacán.

Con trabajos y apoyándose en ex integrantes del PRI o estableciendo alianzas que han terminado por confundir al electorado ganó Oaxaca y conservó Guerrero. Perdió, eso sí, en el camino sus principios y el impulso ético primordial que debiera moverla.

Después de haber caído en todas las trampas que Fox, Calderón y los poderes fácticos le tendieron, ilegalmente, en 2006. Después de caer en las trampas que su propia soberbia le tendió no supo dar unida la lucha por la preservación de sus principios y la defensa de la democracia.

Profesionales de la derrota, sus dirigentes, se enfrascaron en pugnas internas, prestándose, consciente o inconscientemente, para hacer el trabajo sucio al gobierno panista y a los poderes fácticos.

Hoy esta misma izquierda, esa que ha dilapidado un enorme capital político que no le pertenecía, tiene ante sí una nueva y ultima oportunidad.

El haber superado, sin quebrarse, el proceso de selección de un candidato único. La lección de congruencia —que ojalá imiten dirigentes y militantes— de Marcelo Ebrard abre la posibilidad de que Andrés Manuel López Obrador encabece un esfuerzo de lucha por la transformación profunda de México.

Escribí en Twitter al conocer la noticia “divididos Ebrard y López Obrador con ninguno; juntos con cualquiera y con todo”. Este país necesita un cambio radical y urgente; un viento de esperanza que lo sacuda.

El PAN y el PRI han demostrado de lo que son capaces. Pagamos todos las consecuencias. Es tiempo de construir una alternativa distinta. Una alternativa que se separe, también, de esa izquierda que dio la espalda a sus principios.

Celebro y apoyo la unidad de una izquierda que tiene con el país, con los que la hemos apoyado, una deuda histórica.

Último valladar ante el autoritarismo celebro igualmente que López Obrador hable de ética en un país donde ese término ha perdido, casi, totalmente el sentido.

Celebro y apoyo su discurso incluyente. La tarea de transformación del país no es sólo de unos cuantos iluminados. Tampoco de aquellos que se dicen poseedores de la verdad, de esos que administran los dogmas ideológicos.

Es la última oportunidad; es tiempo de audacia.

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9 oct 2011



Calderón ante la Corte Internacional
Acentos






Epigmenio Ibarra
2011-10-07 •



No hay crimen más grave que aquel que contra un país entero comete ese que, supuestamente elegido por la mayoría, lo gobierna. No hay crimen más grave que el de aquel que, escudándose en el poder, en el poder que por la vía “democrática” se obtiene, conduce a su patria a la debacle.

Más todavía ha de perseguirse a ese que se ha sentado en la silla, como Felipe Calderón Hinojosa, luego de una elección preñada de irregularidades y que, ya sentado en ella, se toma la libertad de determinar, movido por sus propios intereses políticos y propagandísticos, un sangriento destino para todos.

De ese que, como herramienta electoral, utilizó la guerra sucia y sembró la discordia. Del que, irresponsable pero conscientemente, transformó en cruzada, anticipó de la instalación de la muerte violenta entre nosotros, la elección presidencial.

Una elección, como la de 2006, en la que, de manera ilegal, como lo dejó consignado la máxima autoridad electoral y de la que todos fuimos testigos, metieron las manos el presidente en funciones Vicente Fox Quesada y los poderes fácticos.

Ya dejamos pasar ese crimen. Ya ante eso cerramos, todos: medios, gremios y ciudadanos, los ojos; nos acomodamos. El miedo a la confrontación social. La conformidad. La conveniencia. La inercia. Los temores ideológicos nos hicieron aceptar lo inaceptable. Hoy pagamos las consecuencias.

El próximo martes, un grupo de abogados de la UNAM presentará, apoyado por más de 20 mil ciudadanos mexicanos, una denuncia contra Felipe Calderón Hinojosa en la Corte Internacional de La Haya.

Yo soy uno de esos 20 mil; yo apoyo esa iniciativa.

Lo hago convencido de que, a Calderón, en los últimos 400 días del sexenio que agoniza, ante la posibilidad de que la cifra de muertos y la violencia crezcan exponencialmente, debemos los mexicanos, atarle, de alguna manera, las manos.

El daño que este hombre envanecido, por mirarse todos los días en el espejo de la propaganda, ha causado al país es enorme. Su cerrazón ante los reclamos y las propuestas también.

El daño que le resta por causar, en tanto siga en Los Pinos, es todavía mayor. No podemos, simplemente, “dejarlo hacer”. Lo muertos que faltan, por su obstinación, por sus desaciertos, los cargaremos, sobre nuestras espaldas, si no actuamos.

El miedo cerval a la “figura presidencial”, el “respeto a las instituciones”, la comodidad o la resignación no pueden ni deben servirnos más como coartada.

Instrumento fundamental de la democracia es la revocación de mandato o cuando ésta no existe, como en nuestro caso, la búsqueda de vías jurídicas para impedir que ese, que esta sentado en la silla, en lugar de servirnos se sirva de nosotros.

Tenemos la obligación los ciudadanos, si no queremos perpetuar los abusos de quienes nos gobiernan, de poner, de manera radical y por la vía democrática y legal, coto a los mismos.

Si la legislación nacional, si los recursos tradicionales a nuestro alcance no son suficientes, es necesaria la tarea de encontrar otras vías.

Ya hemos acudido, los ciudadanos, en distintas ocasiones a la Corte Interamericana. Ha sido inútil. Gobernantes anteriores, el gobierno actual nos tomaron la medida. Se burlan de los fallos de esa corte. ¿Harán lo mismo con la de La Haya? Quizá.

Nuestro deber es, antes de que el país explote, intentar todas las vías de transformación pacífica, de contención institucional al poder.

Está en juego nuestro futuro; la viabilidad misma de la nación. Nada más grave, más urgente que impedir que quien hoy nos gobierna abra, impunemente, heridas tan profundas, como las que abren la guerra y las decenas de miles de muertos.

Heridas que generaciones enteras no pueden cerrar.

Muchos habrá que digan que esta iniciativa, la de poner a Calderón en el banquillo de los acusados, en ese mismo el que antes se han sentado a Milosevic y otros genocidas, es un exceso. Yo no lo creo así.

He vivido la guerra. Sé de esa dialéctica imparable que la muerte violenta establece. Sé la forma brutal en que cobra a los pueblos sus facturas terribles y no puedo seguir quedándome con los brazos cruzados.

No me mueven ni el odio ni la antipatía. El odio, más bien, es cosa de Calderón y los suyos, de los heraldos del fascismo que, en las redes sociales, salen en su defensa, con su prédica violenta e intolerante.

Me mueven los datos duros, las masacres continuas, la insensibilidad brutal de un gobierno que promueve la venganza y no la justicia, que utiliza el miedo y la zozobra de la población como instrumento de control.

Me mueve la certeza de que la doctrina y la estrategia de guerra, fallidas de por si, alientan, necesariamente, la formación de escuadrones de la muerte que, como los mismos criminales —porque son iguales a ellos— hacen de la “muerte ejemplar” su recurso disuasivo estratégico.

Me mueve la firme convicción de que hay que poner un alto, atarle las manos a un hombre; Felipe Calderón Hinojosa, que ayuno de legitimidad, urgido de dar sentido y relevancia histórica un mandato gris en todos los órdenes, nos escritura la guerra como único destino.

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15 abr 2011


Respuesta a Felipe Calderón


Acentos




Epigmenio Carlos Ibarra

2011-04-15•



Salió la gente a la calle el miércoles pasado y usted, como ya es costumbre, señor Calderón, ignoró el hecho. Sólo unos días más tarde y cuando la presión mediática se hizo sentir en palacio se atrevió a responder. Antes, su secretario de Seguridad Pública federal nos había prometido siete años más de guerra y luego, en una de sus encendidas arengas patrióticas, intentó usted enmendarnos la plana a decenas de miles y convertir el clamor ciudadano por un México justo y en paz en un coro de respaldo unánime e incondicional a las acciones de su gobierno.


Dice usted que el “ya basta” ha de dirigirse única y exclusivamente al crimen organizado. Se equivoca. “Ya basta” decimos también a la criminal ineficiencia de su gobierno que, en el combate al crimen organizado, sólo ha terminado por fortalecerlo. “Ya basta”, decimos a la ceguera y obstinación con la que usted, pese a la evidencia acumulada, sigue defendiendo una estrategia a todas luces fallida y que ha desatado una espiral de violencia incontenible.


Experto en la promoción del discurso del odio y la discordia, intenta usted sembrar la sospecha contra quienes alzamos la voz y ejercemos la crítica frente a la doctrina que inspira su guerra contra el narco, la forma en que conduce las operaciones y la estrategia que rige las mismas. Su arenga es una incitación al linchamiento, un intento por desacreditarnos y convertirnos, ante la opinión pública, en defensores de capos o sicarios.


Sugiere usted al país que quienes marchamos el miércoles de la semana pasada no condenamos, con energía, las acciones criminales de capos y sicarios. En las actuales circunstancias una insinuación de ese calibre; colocarnos casi como cómplices del crimen organizado, pronunciada además desde el poder y con todo el respaldo propagandístico del mismo, es sumamente irresponsable y peligrosa: juega usted de nuevo con fuego y pone en riesgo más vidas.


Ninguno de los que alzamos la voz contra la violencia ignoramos, negamos o peor todavía, solapamos, como usted y sus propagandistas sugieren, la responsabilidad de los capos del narcotráfico en la violencia criminal y creciente que sufrimos. Sabemos que son ellos los de los levantones, las torturas, los asesinatos, las decapitaciones y las masacres. Condenamos enérgicamente su barbarie. No queremos, de ninguna manera, que nuestro país caiga en manos de estos criminales.


Y por eso, señor Calderón, es que también a usted le decimos “ya basta”. Ha puesto usted en riesgo la integridad de la nación y ha sido hasta ahora incapaz de brindar seguridad a la ciudadanía. Se han perdido en este país, a manos de los criminales y durante su gestión, ciudades y estados enteros. Se ha perdido también —lo que es más grave— la noción misma de justicia y el respeto a la vida como valor supremo.


Se obstina usted en que no hay más camino que el suyo, a pesar de que su estrategia es más bien un callejón sin salida y sólo ahora, una vez que con sus propias acciones ha contribuido ha destruirlo, se atreve a hablar, tardía y propagandísticamente, de “reconstruir el tejido social”. Declara, por otro lado, que hay que brindar apoyos a los jóvenes y olvida convenientemente que se ha dedicado a criminalizar, de tajo y sin mediar averiguación judicial alguna, a muchos de esos mismos jóvenes de los que habla, que han caído víctimas de la violencia.


Presenta usted al país una falsa disyuntiva: o su camino, el del combate por la vía armada al narcotráfico o la debacle. Miente usted, señor Calderón. Hay otros caminos; soluciones integrales que usted, sistemáticamente, se niega a escuchar y no lo hace porque ni son tan rentables propagandísticamente ni le sirven políticamente para asegurar la continuidad de su proyecto.


A usted le conviene la guerra, el estado de emergencia, la movilización masiva de tropas, la unidad acrítica que el miedo, la zozobra y la angustia producen entre la población cuando ésta se sabe rodeada de muertos y de crímenes y comienza a pedir, desesperada, “mano dura” y a clamar, como sucede ya en muchos sectores por “acciones radicales”.


Es esta una vieja receta que otros regímenes autoritarios han utilizado. No duda usted por eso en lanzar anatemas y en presentarse, continuamente, jugando a la guerra. Quiere ser, en tiempos revueltos, el hombre de la mano firme. Es esta, habida cuenta de los muchos y rotundos fracasos de su gestión, la única maniobra de legitimación a su alcance.


No será, sin embargo, por la fuerza únicamente que se derrote al crimen organizado: al contrario. La violencia genera violencia, encarece el producto, desata una dialéctica incontenible en la que la ambición y la muerte van de la mano. A la barbarie de un lado responde el otro, sin más instrumentos a la mano, con más barbarie y en medio los ciudadanos quedamos irremediablemente atrapados en el fuego cruzado.


“Ya basta”, pues, decimos al crimen organizado y también a usted, señor Calderón. Por nuestros hijos y con nuestros hijos es que marchamos hace unos días y volveremos a marchar este 8 de mayo, siguiendo el llamado de Javier Sicilia y nuestras propias convicciones. Como hay que detener con la ley en la mano a los criminales; es, con la ley en la mano, sometiéndolo a un juicio político, que hay que detenerlo también a usted.









22 ene 2011




Un peligro para México

Epigmenio Carlos Ibarra




Se presentó como el hombre que podía conjurarlo y en realidad lo atrajo. Sembró Felipe Calderón Hinojosa el miedo y la discordia, anunciándolo como inminente para acceder al poder y hoy, cuando su mandato agoniza, ese peligro del que pretendía “salvar al país”, más que un lema propagandístico, un instrumento de la guerra sucia electoral, es una realidad multiforme y fuera de control que pone en entredicho a la, ya de por sí, maltrecha democracia mexicana.

Balas, trampas desde el poder y de los distintos actores políticos, aparición de nuevos e indeseados protagonistas, injerencia indebida y creciente de los poderes fácticos se ciernen sobre los próximos comicios en los estados, enturbiándolos y marcan, desde ya, lo que se anuncia como un complicado proceso de sucesión presidencial.

Nada más sagrado que la paz y nada más precario e inestable. No ha dado la democracia resultados, lo que la vuelve sólida y rentable para los pueblos y, además, desde 2006, hasta como coartada parece haber desaparecido para muchos millones de mexicanos.

¿Cuánta tensión más aguanta la cuerda? ¿Cuánto desencanto acumulado, cuántos agravios, cuántas traiciones de una clase política que ha crecido dando la espalda a la gente puede resistir el país? ¿Hasta cuándo mantener la democracia, esa democracia que de poco ha servido, en lugar de irse por el camino —aparentemente efectivo— del autoritarismo, de la mano dura?

Ya se jugó con fuego en 1988 y después en 2006 y entonces la violencia aún no se salía de madre en el país. Hoy sobran los hombres armados por todos lados y campean el miedo y la zozobra. Nuevos poderes, el del fusil criminal por un lado, el de los jefes de los miles de soldados desplegados a lo largo y ancho del país por el otro, se aprestan a reclamar su participación en las elecciones.

Impone el narco, con atentados, masacres y bloqueos, su poder de veto sobre candidatos y partidos. Con plata penetra donde puede. Con plomo donde se le resisten. Vota con balas, determina el comportamiento de los electores por el terror. Es la muerte ejemplar su forma de proselitismo.

Tampoco puede ignorarse que, desplegado casi en su totalidad, factor esencial de la lucha contra el crimen y de la precaria estabilidad del Estado mexicano el Ejército, que por tantos años se mantuvo fuera de la política activa, adquiere hoy un protagonismo que la virulencia de la acción criminal y los desaciertos gubernamentales no han hecho sino acrecentar.

Ninguna democracia latinoamericana sale bien librada cuando en su camino se cruzan los generales. Menos todavía si esta democracia y ese Ejército son tan cercanos y dependientes de Washington y representan, hasta cierto punto, la primera línea de defensa del país más poderoso de la tierra.

País que, por cierto y a pesar de que desde ahí nos llegan los dólares y las armas y es ahí donde va la droga que tanta sangre produce en México, no habrá de quedarse con los brazos cruzados ante los comicios presidenciales. Lo del “Estado fallido” y los deslices de Hillary es apenas el comienzo. Votaran los estadunidenses en nuestro país con sus dólares, el Plan Mérida y también, claro, con los asuntos migratorios.

Malas noticias para la democracia que las elecciones se celebren en una situación tan inestable y explosiva. Peores que al protagonismo de los actores del conflicto armado en los procesos democráticos se sume, desmandada, la de los poderes fácticos que se aprestan a pasar la factura a un gobierno que se debe a su apoyo.

Envalentonada la alta jerarquía eclesiástica viene por sus fueros. Nada la contiene; ni la Constitución, ni los medios, ni la clase política, menos todavía el gobierno federal, su deudor y para el que el laicismo es el indeseable lastre ideológico de los liberales.

La virulencia de su discurso, el descaro de los prelados no hace sino crecer en la medida en que se acerca la contienda decisiva. Curas, obispos y cardenales hacen su juego; satanizan a sus enemigos ideológicos con los viejos argumentos de la cruzada anticomunista, incitan al linchamiento de sus adversarios y caen continuamente en la tentación de convocar a una nueva Cristiada.

Y si la Iglesia actúa impunemente peor hacen los barones del dinero y los dueños de los grandes medios electrónicos. Acreedores se saben de un gobernante que solo gracias a ellos llegó al poder y sólo gracias a ellos se mantiene en él. Hoy pasan también la factura a Calderón y al PAN al tiempo que hacen sus apuestas propias.

Y como a río revuelto ganancia de acreedores, también Elba Esther y su sindicato se presentan a cobrar los favores de 2006. En las escuelas los maestros del Panal, sin contención como la Iglesia, hacen campaña. Otros sectores habrá que, rotos los diques legales y con el mismo descaro, comiencen muy pronto a moverse.

Lo cierto, pues, es que en este ambiente enrarecido, sin árbitros, ni instituciones sólidas, México y su democracia navegan a la deriva. Ya está aquí ese peligro que Felipe Calderón anunciaba; con él llegó pero, desgraciadamente, no habrá de desaparecer con él cuando se vaya.

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10 dic 2010

Coincido en buena medida con Epigmenio con respecto a su columna de hoy , si acaso harìa yo la siguiente presiciòn :

Tanto PRI como PAN se valen de todas las estrategias habidas y por haber , obviamente incluyendo a los medios de comunicaciòn que por de fault estàn ya sea con el PRI o con el PAN , tambièn , y entrecomillado , con el PRD de los chuchos , pero a estos solo los estàn utilizando para conseguir sus objetivos .

Dicho lo anteriro , ¿ por que no permitirle a AMLO que haga uso de las pocas estrategias polìticas que tiene a su alcance ? y me refiero por ejemplo a lo que sucediò en Iztapalapa , (ya que es es el ejemplo que utiliza Epigmenio ) donde por ordenes de Calderòn , Mary Carmen Alanis , presidenta del Tribunal Electoral e ìntima amiga de Margarita Zavala , eliminaron a la candidata a la elecciòn de esa delegaciòn , Clara Brugada por la simple y sencilla razòn de pertenecer al grupo de Lòpez Obrador e impusieron a la candidata de los Chuchos , ya que de lo que se trata aqui es de destruir a AMLO a como de lugar , de restarle toda la fuerza posible ; lo malo es que lo lograron y lo bueno es que AMLO a travès de una estrategia de ultima hora , (ya que la mafia del poder hizo esto jugando con los tiempos para que AMLO ya no pudiera hacer nada) y con la ayuda del ya tristemente famoso Juanito , a quien el PRIANISMO envenenò para que no renunciara al cargo ; pero al final de cuentas AMLO con el apoyo de miles y miles de personas y con la razòn de su lado logrò salir adelante en este nuevo intento por destruirlo .


En tratandose de AMLO , siempre se dice y se comentan muchas cosas , pero , tal vez por falta de tiempo y espacio , o simplemnete por ojetes , nadie hace las aclaraciones pertinetes .







Crónica de un suicidio anunciado (última parte)







Epigmenio Carlos Ibarra




.Quizá son los orígenes priistas de muchos de sus dirigentes; quizá también el resultado del ejercicio del poder y el descubrimiento de las ventajas de vivir de la nómina, o bien el hecho de que, mimetizados con el sistema político mexicano, los antiguos luchadores sociales hicieron finalmente suyos usos y costumbres contra los que antes combatieron.

Lo cierto, en todo caso, es que la izquierda mexicana se ha transformado, tristemente, en sólo un aparato electoral más y, peor todavía, en un aparato que, centrando sus aspiraciones, como los demás, exclusivamente en los comicios, no tiene, a estas alturas y por esa vía, ni siquiera perspectivas de victoria.

De la creatividad y la audacia, del compromiso con la transformación del país, de la capacidad de formular un proyecto coherente de nación y de comunicarlo con inteligencia y emoción a grandes capas de la población, de ese viento fresco del que hablaba Flores Magón, de ese impulso ético inclaudicable no queda hoy, en las filas de la izquierda, prácticamente nada.

La sucesión presidencial de 2012, la disputa por la candidatura de la izquierda, las maquinaciones para lograr esa posición a toda costa y las maniobras para cerrarle el paso a posibles adversarios son lo único de lo que, como en cualquier otra agrupación política tradicional, se ocupan dirigencias de tribus, facciones, movimientos y partidos.

Nada más allá de los comicios, de su propio futuro personal, del cargo, la curul a la que se aspira, el presupuesto que habrán de ejercer mueve a los jerarcas de esta izquierda burocratizada que, por esta misma razón, en nada parece distinguirse ya de las otras fuerzas políticas.

Y como ese, conseguir un puñado de votos, parece ser su único objetivo, son las organizaciones, partidos y movimientos de la izquierda sin excepción como los demás partidos, rehenes de mercadólogos y charlatanes.

Ahí donde antes había ideas hoy hay sólo eslogans. El lenguaje publicitario, el del vendedor, el del propagandista que apuesta a pulsar los más primitivos instintos sustituye a las grandes propuestas de transformación del país. De ahí el alejamiento con los jóvenes que, precisamente por ser jóvenes y como decía León Felipe, “ya se saben todos los cuentos”.

¿Qué lejos ha quedado la izquierda de aquel intento de asalto al cielo, de aquellas movilizaciones marcadas por la imaginación y la creatividad desbordadas? La corbata ha estrangulado a los dirigentes; las vallas metálicas en las plazas a las masas.

Lejos están las jornadas del 88 y el 97. Lejos también las multitudinarias manifestaciones contra el desafuero. Pudieron tanto Cárdenas como López Obrador haber convocado a la insurrección. En un gesto que los honra, apostaron por la paz y la transformación institucional del país, se perdieron, sin embargo, ambos, en los meandros de la burocracia electoral.

Ahí donde antes la izquierda significaba esperanza es ahora costumbre y desprestigio. Donde sus dirigentes marcaban la diferencia por su integridad, su creatividad, su arrojo, son ahora iguales a aquellos que representan, lo que la gente ya ni escucha ni respeta.

Todo parece reducirse, para unos y otros dentro de la izquierda y como hacen quienes antes eran sus enemigos ideológicos, al más grosero cálculo electoral, a la rebatiña de cuotas de poder, de clientelas, de prerrogativas. Sólo por el voto vienen a la gente; una vez obtenido se van dejando a esa misma gente en la estacada.

En función de esto, de esta mentalidad de aparato electoral, es que se establecen alianzas contra natura o se rompe la vinculación con un programa político que tenga aún significado real para la población, con un cuerpo de principios que produzca admiración y respeto. Todo es fuego de artificio; maniobra de imagen pública.

Se han producido así aberraciones como la utilización y colocación de personajes como Juanito en el poder delegacional o ese esfuerzo suicida de pavimentación del camino del PAN a la presidencia mediante alianzas regionales con ese partido que ha frustrado la transición a la democracia y traicionado, desde Vicente Fox, el mandato recibido en las urnas.

Paso a paso la izquierda camina a su autodestrucción. Cegados por la ambición; por ese puñado de votos que, si siguen por este camino, nunca conseguirán, los dirigentes van demoliendo hasta sus propios cimientos no sólo esfuerzos y organizaciones construidas con el sacrificio y la sangre de generaciones de militantes y luchadores de la izquierda, sino, sobre todo, las posibilidades reales de una transformación profunda del país.

Despiadados consigo mismos han de ser quienes en la izquierda militan, feroces en la autocrítica, lúcidos y devastadores en el análisis. En el espejo que los refleja como profesionales de la derrota han de mirarse sin complacencia alguna. Sólo de ese ejercicio puede surgir de nuevo la esperanza. Nadie entre ellos está libre de culpa y serán, todos ellos, si no actúan en consecuencia, responsables de que el país siga siendo el botín que se reparten el PAN y el PRI a su antojo.

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14 may 2010




Guerra y sucesión presidencial (última parte)








Quien ha iniciado ya, de cara a la sucesión presidencial, la carrera, con un tiempo inusual de anticipación y desde la posición de ventaja que le da estar sentado en la silla es, precisamente, Felipe Calderón Hinojosa, el hombre gracias al cual —y desde la falta de legitimidad de origen que marca su mandato— la campaña electoral y los comicios de 2012 habrán de vivirse en medio de circunstancias especialmente peligrosas para el futuro democrático y la paz en este país.

De ahí el muy reciente y contundente giro en el discurso calderonista; su salto a la retórica triunfalista, al recuento de los muchos logros de su gobierno, combinado todo esto, con un eficaz y masivo retorno al señalamiento público, casi diría a la incitación al linchamiento, de aquellos que, por oponerse a sus reformas o confrontar su estrategia en la guerra contra el narco, son un “peligro para México”.

De la explotación propagandística de esta guerra no declarada, pero que ha puesto en la calle a decenas de miles de marinos y soldados y ha cobrado ya decenas de miles de vidas en todo el país y que, a pesar de los pocos resultados efectivos, le sirvió como estrategia de validación, Calderón pasa ahora a preparar el camino a un sucesor que, como él a Vicente Fox, le deba el puesto, a delinear, a punta de golpes retóricos más que de hechos, su figura de estadista; de gran gobernante.

Ese es el capital con el que Calderón se prepara para participar en la contienda; la moneda de cambio que ofrecerá a su delfín para apoyarlo a cambio, claro, de que el nuevo Presidente garantice a él y a los suyos —justo como él lo hizo con Vicente Fox— un paraguas blindado que lo proteja del canibalismo político tradicional. De la ley sexenal de hacer leña del árbol caído.

Pero si bien Calderón parece haber olvidado, la guerra es la guerra, la que no habrá de olvidarse de él y tampoco, por cierto, de ninguno de los aspirantes a sucederlo. La violencia, que ya hace estragos en algunas campañas para elecciones estatales o municipales, tendrá sin duda un efecto contundente sobre los planes de partidos y candidatos que aspiren a la Presidencia de la República.

Esa misma violencia pesará, decisivamente, en el ánimo y las preferencias de los votantes y en algunas zonas del país en su disposición incluso de salir a cruzar las boletas. Nadie que prometa terminar con lo empezado con Calderón tendrá demasiadas perspectivas de triunfo; aquel que, a la manera de los nazis en Alemania, pulse mejor el miedo y prometa paz y mano dura será el que más posibilidades de triunfo tenga.

Y será la violencia también elemento estratégico del discurso propagandístico; asociar con ella a quien llama al cambio radical del sistema político-económico, a quien pretende la restauración o simplemente a quien, dentro del mismo partido, no es de las preferencias del Ejecutivo federal, será un expediente común y expedito para descalificar aspirantes y opciones.

Más allá de que el Ejército y la Armada tendrán para entonces, como de hecho tienen ya, y en virtud de estar fuera de los cuarteles, un papel relevante en el proceso, todo indica que los altos mandos pueden llegar incluso a desarrollar una especie de poder de veto que se sincronice con los intereses del presidente saliente, a la vez que le cobran —y muy caro— ese favor.

Otro tanto habrá de suceder con Washington. No debemos llamarnos a engaño por las recientes declaraciones del presidente Barack Obama y de algunos de sus allegados. Que se pronuncien en el sentido de que “declarar la guerra al narco” no es eficiente y que lo que debe hacerse es combatir el consumo poco o nada tiene que ver con nosotros.

Washington quiere control del consumo en sus fronteras y combate frontal al narco aquí. Es decir, campañas de salud pública en su territorio y más muertos y más sangre en nuestro país.

Es ese el sentido de las declaraciones de Hillary Clinton, quien critica la estrategia de combate al narco del gobierno mexicano. Más que buscar una coincidencia entre los planes de Obama para EU con los planes de Calderón en México, Clinton reclama, como lo hizo hace unos días ante el Senado la misma DEA, una estrategia más eficiente y rápida para la destrucción de los cárteles de la droga.

Si bien el gobierno de Barack Obama, el otro gran elector, reconoce que su país, en tanto primer consumidor de drogas, da origen a la violencia del narcotráfico lo cierto es que necesita, en tanto lidia suavemente con sus adictos, un policía duro que le cuide las espaldas. Que haga lo que no hacen sus propios policías, ni sus agencias de seguridad; destruir cárteles, tumbar capos norteamericanos.

El miedo, su explotación metódica, masiva, llevó a Felipe Calderón a ocupar la Presidencia. Ese miedo, más concreto, el que produce un estado de guerra; el miedo a morir en un fuego cruzado, la inseguridad prevaleciente en amplísimas zonas del país será de nuevo, mucho me temo y más que las propuestas y aspiraciones democráticas, el factor determinante en los comicios de 2012

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