21/12/2011


Origen y destino


Luis Linares Zapata


El banderazo oficial de salida para la contienda de 2012 se dio el pasado domingo 18 de diciembre. Y, con distingos notables, los participantes han iniciado su tarea de conquistar las simpatías de los votantes. Las plazas y las multitudes aparecieron enfundadas de múltiples colores, ánimos y cantidades. Las diferencias, empero, se empezarán a delinear más adelante. Sin embargo, no todos los que aspiran a ocupar la Presidencia acarrean pasados, experiencias y compañías semejantes. Uno, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), llega de muy lejos, fincando sus raíces desde abajo, con cristalizadas honduras de líder social y político, labrado a conciencia, penosamente. Tiene gran fuerza entre amplias capas del electorado situado a la izquierda del espectro ideológico.

Peña Nieto es, por ahora y en el arranque, el más adelantado, según la opinión encuestada. Su buchaca viene retacada de imágenes televisivas bien enfocadas a su rostro, destacando su atildada figura. Se acompasa con frases que realzan sus positivos deseos y promesas. Desde el inicio de su vida pública recibió protecciones y cuidados y, de esa encandilada manera, ha continuado, ahora bajo todo un tinglado de poder, el del sistema imperante. La intensidad con que su imagen ha sido introducida al auditorio, sobre todo al más incauto, le ha permitido, hasta ahora al menos, sortear cuanta crítica se le ha enderezado. Sus últimos dislates empero, parecen haber mellado el caparazón que lo cubría y lo han dejado, de cuerpo entero, a la intemperie.

Falta uno o una que abandere a las ralas huestes del partido azul. El ganador de su contienda interna saldrá soportado por una sustantiva parte de aquellos situados en el sólido rincón de la derecha extrema. Ahí encuentran, los panistas de buena cepa como suelen llamarse a sí mismos, el nicho que les permite moverse con gracia y soltura. Y, por lo que apuntan las poco confiables encuestas difundidas, los chances de Vázquez Mota parecen mejorar. Los dos restantes se han ido rezagando pero siguen intentando cambiar el desfavorable momento. Los panistas tendrán que sobrellevar el enorme fardo de la docena de años de mal gobierno, tanto de Vicente Fox como del señor Calderón. La violencia desatada, sobre todo los años correspondientes al actual periodo, levantará un muro de lamentaciones y reclamos. ¿Cómo pasar de largo ante tanta sangre y dolor? ¿Cómo justificar tan exigua capacidad de gestionar el bienestar para las mayorías nacionales? ¿Podrán renovar esperanzas?

Tanto López Obrador como Peña Nieto lograron situarse al frente de sendas alianzas partidistas. El tabasqueño conjuntó, tras su esforzada candidatura, una sólida formación de partidos progresistas. Pero su apoyo mayor proviene de un movimiento de masas con alcance nacional, inédito, que se ha ido revelando como un fenómeno sociopolítico de trascendente envergadura. Al mexiquense lo ampara un priísmo con fortalecido espíritu de cuerpo. Se siente al borde del triunfo y actúa en consecuencia. Pretende transmitir una expectativa de cambio y renovación que choca, de frente, con el inocultable rostro de personajes bien conocidos por sus malas artes y probadas mañas agazapados tras él. En esa apretura de sombras, manos y cuerpos, la impunidad campea. Brota entre esas filas partidarias hasta formar un denso caparazón que, al extenderse, corroe las mismas entrañas de la República. Este amasijo de complicidades y francos delitos sin castigo ni penas aporta, a los priístas, una coraza apelmazada con un sinfín de tristes y penosas historias. Al lado de Peña se han adherido otros compañeros de viaje que aportan sus ambiciones y desventuras. Tanto los verdes como la troupe de la profesora Gordillo, son simples pandillas de traficantes de influencias. Don Enrique pretende, con ellos, asegurar una mayoría legislativa que le permita mandar con anchura de gustos, modas e intereses. Tal y como se hacía en los indecorosos días del presidencialismo autoritario. Un modo de gobernar catalogado como dictadura perfecta. Por eso les busca, los acepta de mil ganas y les concede inmerecidos premios anticipados. Tanta ha sido la desmesura que ha cundido un intenso malestar y hasta rebeldía entre los priístas, aún entre aquellos acostumbrados a recibir órdenes y consignas.

Peña Nieto acude a la contienda sustentado en robusta amalgama de mandones locales y caciques renombrados. Ha logrado penetrar, con televisivo aporte interesado, hasta en las rijosas filas de la izquierda. Nada se diga del neurálgico centro del espectro electoral. Pero su asentamiento más pronunciado, sin embargo, lo absorbe la derecha mexicana. En su mismo extremo compite, hasta con cierta ventaja, sobre Vázquez Mota. El único que lo puede desbancar en ese segmento, dominado por la gente bien, los educados, los apolíticos y un amplio contingente de analfabetos electorales, es el señor Cordero que, en un golpe de timón orquestado desde Los Pinos, podría meterse a la contienda por la puerta de tras banderas, como su patrocinador.

A López Obrador lo dieron por muerto en incontables ocasiones los voceros orgánicos del sistema. En el largo transcurrir de los últimos seis años, le fueron adhiriendo trazos negativos al ya de por sí grueso expediente de ataques, infundios, desprecios y denuestos. Los calores remanentes de 2006 todavía son recordados y puestos en circulación por sus malquerientes, muchos de ellos actuando bajo consigna. Pero ahí lo tienen, trasegando por la República, sorteando obstáculos, afinando su mirada y comprensión de la realidad. Nadie puede, en buena lid, regatearle el mérito de su incansable saga personal para aglutinar a esa porción del descontento nacional consciente de su situación. Sería deshonesto, sino es que necio, negar la vital aportación de AMLO a la vida democrática de México. Se ha ganado a pulso su posición como personaje crucial del presente. Pero su cometido no se agota en el pasado. López Obrador pretende encabezar un gobierno que inicie, que encauce con firmeza una ruta de renovación integral de la sociedad. Tres son los pilares que propone como sostenes: la honestidad, la justicia y la solidaridad (valores). Y son creíbles sus propuestas, están respaldadas por su dilatada lucha por esos capítulos. Al regreso del venidero periodo vacacional de invierno, se decantará lo que antes fue sembrando.




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