05/12/2011


Así es la política en México

Victor Flores Olea

En verdad así es, no tanto por excepción, sino casi como regla. El ascenso y descenso por los caminos que llevan a la gloria y por las grietas que llevan al infierno fue vivido intensamente, seguramente una vez más, por ese personaje que parecía al principio, para quienes no teníamos el gusto, un norteño leve y dicharachero, que con buen ojo había designado Enrique Peña Nieto presidente del PRI. Un presidente del partido que él creyó rotundamente lo ayudaría en su carrera hacia Los Pinos.

Pero muy pronto, demasiado pronto, se encontró que el vivaz norteño lo era también para los negocios torcidos, en gran escala. El auditor del estado de Coahuila, Armando Plata, detalló que los fraudes de Moreira se remontan a los ejercicios presupuestales de 2008, 2009 y 2010, y suman, al menos, 16 mil 182.7 millones de pesos. La contratación de créditos multimillonarios con documentos falsos, además, fue una práctica común en el gobierno de Coahuila durante la administración de Humberto Moreira, y el monto adquirido equivale casi a la mitad de la deuda estatal, ha informado la Auditoría Superior del Estado.

Con buen sentido, Enrique Peña Nieto vio por fin que su designación de Humberto Moreira le traía consecuencias negativas y que había sido una falla garrafal. Tal vez no lo hizo con la rapidez que hubiera sido deseable, pero al final de cuentas lo decidió ante el desgaste terrible para su candidatura que ese nombramiento significaba. Tal vez han sido dos los nombramientos, o “ceses”, que Peña Nieto ha dictado para corregir en el límite decisiones que parecían ya definitivas: el de Eruviel Ávila como gobernador, en vez de alguno de los primos Del Mazo, que probablemente hubieran perdido el cargo en la campaña, y esta afortunada corrección in extremis sobre el nombramiento de Humberto Moreira como presidente del PRI.

Correcciones a tiempo, pero errores también en el origen que no lo liberan de responsabilidad y que denotan ya a un personaje en principio precipitado, y también autoritario, por lo que significan sus nombramientos originales que debe corregir más tarde para evitar desgastes mayores. Es decir, no han dejado de perjudicarlo tales nombramientos, porque denotan a un hombre poco reflexivo, acostumbrado a imponer sus primeros impulsos. Tal cosa, y varias otras que pudieran mencionarse, muestran a un hombre con tendencias al ejercicio de la autoridad sin demasiada consideración de las circunstancias, lo cual es uno de los síntomas mayores de la personalidad autoritaria (Hanna Arendt).

Con otra observación: Peña refuerza esos síntomas con las características de un político provinciano que, sin ver el conjunto y las relaciones políticas más amplias, casi siempre se expresa como autoritario y empeñado en imponer sus ocurrencias. En efecto, tal vez una de las características invariables del gobernante autoritario es su provincianismo, de lo cual, como es obvio, no escapa Peña Nieto. Algunos me dirán que en realidad ese provincianismo no es excepción en la historia del PRI, y tendrán seguramente razón. Su constante ha sido ese “parroquialismo”, salvo seguramente en los líderes de la revolución popular, que alcanzaban la “universalidad” por otros caminos: la certera intuición de las necesidades sociales más amplias, el proyecto de un país a largo plazo, de lo cual han sido capaces, como decía, los auténticos líderes de nuestra revolución popular, pero no los abogadillos de bufetes de tercera línea.

Cuando se habla del nuevo proyecto nacional, como necesario después de 2012, se habla de un país que no considere la “modernidad” como punto de partida y como punto de llegada del próximo futuro de México. Se habla más bien de construir una cultura que sea actual y que recoja en real síntesis creativa el pasado, la historia de México y los postulados que deben armar o definir una sociedad alejada de los principios del capitalismo, es decir, de los principios de una sociedad que sólo existe para la competencia y la ganancia y que se ha olvidado por completo de la solidaridad en la igualdad, y en la legalidad. Que únicamente existe para el aprovechamiento y la explotación, y que ha olvidado radicalmente los principios del desarrollo igualitario.

Por fortuna, no estamos exentos de esos valores, que contiene claramente la “república amorosa” de Andrés Manuel López Obrador, concepto que sería muy bueno que fuera desarrollado y especificado por su autor, como parte sustantiva y novedosa de su campaña electoral, que le daría, por cierto, popularidad y fuerza a sus aspiraciones. Se trata de una noción nueva y rica de contenido que ha de ser explicada a fondo por el candidato de las izquierdas.

En este punto del artículo redactado cayó en nuestras manos La Jornada del domingo 4 de diciembre, en que hay una maravillosa crónica de la comparecencia de Peña Nieto en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en la que el precandidato habla de la Biblia con una imprecisión aterradora, y de La silla del águila, “de Krauze” (cuando es de Carlos Fuentes), así como con una vaguedad a toda prueba, cuando menciona “otros” libros sobre “caudillos”, de los cuales “no recuerdo el título”. Peña Nieto: “He leído varios. Desde novelas. En lo particular difícilmente me acuerdo del título de los libros. La Biblia es uno, en algún momento de mi vida. Algunos pasajes bíblicos. No me leí toda, pero sí algunas de sus partes…”

“Las risas comenzaron a escucharse y Peña Nieto intentó reponer la figura.” Aquí encontramos otra de las características de Peña Nieto, que muchos sospechábamos y que ahora se comprueba rotundamente: su incultura a toda prueba
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