10/09/2011




Desfiladero



Abuelitos: manos a la obra





Jaime Avilés



Diálogo imaginario entre un magnate (M) y su lacayo (L), mientras miran por la ventana de un lujoso despacho las protestas callejeras de los indignados.

L: –Los excluidos se están rebelando.

M: –¡Despídalos!

L: –No hay manera, no tienen trabajo.

M: –¡Córtenles las ayudas!

L: –No podemos, no reciben ninguna.

M: –¡Derriben sus casas!

L: –Imposible, no tienen.

M: –¡Entonces, estamos perdidos!

Andrés Rábago García, mejor conocido como El Roto, es el monero español, nacido en Madrid en 1947, que hace algunas semanas publicó en El País el cartón arriba citado. Ahí sintetiza las razones de ser y la imposibilidad de sofocar el descontento que embarga a los desocupados del sur de Europa, esos que hasta el año pasado, en España, eran llamados “mileuristas”.

El término, acuñado en 2005 por Carolina Alguacil, describe a los jóvenes que se las arreglaban pagando alquiler, comida, ropa, música y parranda casi todas las noches, con un ingreso mensual de mil euros. Eso sí, trabajaban como mulas, en turnos de 12 y 14 horas, gracias a “contratos basura” que les negaban toda clase de prestaciones y los exponían a ser despedidos cuando y como se le antojara al patrón.

¿Por qué estaban tan indefensos? Porque ya “disfrutaban” las fascinantes “ventajas” de la reforma laboral que ahora, impulsada por Calderón y el visionario Javier Lozano, panistas, priístas y perredistas (de Ebrard y Salinas) pretenden imponernos para atraer a las mismas empresas que ya no pueden sostener los salarios de hambre que, en la otra orilla del Atlántico, cubrían en euros.

Agustín Carstens, gobernador del Banco de México, lo dijo anteayer: las reformas estructurales son necesarias “hoy más que nunca”, para evitar que la economía mexicana se colapse por los problemas en Europa y Estados Unidos. Y más adelante, agregó, “también necesitamos reducir otro tipo de incertidumbres como la reforma a la Ley de Seguridad Nacional para dar confianza” (La Jornada, 9/9/11, p. 27).

¿Para dar confianza a quiénes? A los inversionistas extranjeros, por supuesto, en el sentido de que sus esclavos mexicanos no tendrán derecho a sindicalizarse, hacer paros ni huelgas, acumular antigüedad, aspirar a una jubilación digna, exigir Seguro Social o demandarlos por despidos injustificados. Confianza, pues, para que vengan a pagarles salarios de 50 centavos de dólar al día.

La reforma laboral lleva dedicatoria también para los empresarios mexicanos que, de enero de 2007 a diciembre de 2010, sacaron del país 58 mil 444.2 millones de dólares, como lo informó el propio Banco de México (Roberto González Amador, La Jornada, 26/2/11). Ahora bien, cuando Carstens habla de “reducir otro tipo de incertidumbres”, ¿a qué se refiere exactamente? Sin duda, a la que sienten los miembros de las fuerzas armadas, desde los altos mandos hasta la tropa, cuando por órdenes de Calderón violan las garantías individuales de los mexicanos en todos sus aspectos.

Para ellos –como lo declaró a Desfiladero el diputado de Morena Enrique Ibarra Pedroza–, la reforma a la Ley de Seguridad Nacional pretende “volver legal todo lo que es ilegal”. O, como también lo dijo, para establecer un régimen cívico-militar, “basado en una ley secundaria, que quedaría por encima de la Constitución”, lo cual es una aberración jurídica pero en la práctica significaría volver a sacrificarnos –ahora renunciando a nuestras libertades esenciales– para que los mismos de siempre sigan despachándose con el cucharón (la cuchara grande ya les queda chica).

Llevamos tres décadas tomando las “medicinas amargas pero necesarias” de los neoliberales, pero los hechos demuestran que su proyecto resultó desastroso: hay 13 millones de nuevos pobres, tenemos el crecimiento más bajo de América Latina (y algunos de los hombres más ricos del mundo), somos el décimo exportador de oro, nuestras riquezas naturales son inmensas, pero el campo está destruido, nuestra deuda externa crece vertiginosamente, la planta industrial desapareció, sobrevivimos gracias al narcotráfico, nos ahogamos en un baño de sangre y ahora quieren aplastarnos bajo una dictadura de corte franquista y pinochetista, inspirada quizá en el modelo chino, donde prevalecen la sobrexplotación y el totalitarismo.

Sí, el panorama es terrible, los peligros que nos acechan enormes, pero mientras no nos den un cuartelazo todavía tenemos posibilidades de frenarlos, quitarles el poder político y reconstruir el país. Contamos con recursos potenciales estratégicos y envidiables.

Los militantes más tenaces, asiduos, coherentes y lúcidos del Movimiento de Regeneración Nacional son nuestros abuelitos. Ellos fueron los grandes privilegiados del siglo XX: nacieron después de la bomba atómica, vieron el triunfo de la revolución cubana, vivieron la revolución sexual, el auge del rock, el ascenso y la caída de Salvador Allende, el eurocomunismo, las hazañas de la guerrilla nicaragüense, el fiasco de la revolución sandinista, el fin de la guerra fría y el desplome de la URSS.

Internacionalistas solidarios con las luchas de liberación nacional de los pueblos de África, Centroamérica y Palestina, resistieron a Díaz Ordaz y a Echeverría desde las guerrillas guevaristas o maoístas, aceptaron las reglas del juego socialdemócrata en la época de López Portillo, y cuando los neoliberales asaltaron el poder, se aliaron con Cuauhtémoc Cárdenas a los nacionalistas revolucionarios, más tarde abrazaron la causa de los indígenas zapatistas y ahora son lo más valioso que posee el movimiento de López Obrador.

En estos momentos de pesadilla, nuestros abuelitos están llamados a cumplir un papel clave en la batalla final contra Calderón. El año próximo podrán votar, por primera vez en su vida, alrededor de 20 millones de jóvenes que hoy tienen 17 años y, según la reciente encuesta de la UNAM, creen que a los malos hay que aplicarles la pena de muerte. Claro que no hablan en serio. Si así fuera, el Partido Verde Ecologista estaría a punto de llegar a Los Pinos, pues es el único que hace propaganda a favor de la horca.

Lo que pasa es que nuestros adolescentes no saben, pero nuestros abuelitos pueden decirles, que la reforma laboral ha sido diseñada para ellos, para negarles todos sus derechos e impedirles que gocen de cualquier prestación; en suma, para arrebatarles el futuro, para reducirlos a la condición de martillos humanos, de esclavos, de galeotes.

En el tablero del ajedrez electoral, y en este momento, nadie puede darse el lujo de encabezar movilizaciones contra las reformas estructurales que, según Carstens, son “más necesarias que nunca”. Ah, pero si nuestros abuelitos convencen a sus nietos y los sacan a la calle, a oponerse a la reforma laboral y a la legalización de la dictadura, ¿quién, desde el Congreso, se lanzará contra ellos? ¿Acaso los galanes de las revistas del corazón que desean su voto el año entrante? ¿Alguien se imagina al PRD votando en el Congreso junto a la extrema derecha antes del primero de julio?

Los tiempos corren a nuestro favor. Quizá nos falta un dirigente intermedio que articule a las distintas fuerzas populares que pueden y deben saltar a la cancha. Una bisagra entre nuestros abuelos y nuestros jóvenes. ¿Habrá por ahí alguna Camila Vallejo, con los arrestos y el coco de la líder de los estudiantes chilenos?

jamastu@gmail.com




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