25 ene 2012


Vuelta al griterío


Luis Linares Zapata


El despertar del año 2012, definitorio para México, no ha sido halagüeño. El griterío desatado es inmenso. Tres postulantes del panismo recorren los medios masivos desparramando en ellos sus insulsos mensajes. Los espacios y tiempos que reciben sólo se corresponden con el poder desplegado desde Los Pinos. De otra manera quedarían en el olvido más triste. Ninguno de ellos puede preciarse de levantar, entre la ciudadanía que obligadamente los escucha noche y día, la menor pasión por seguirlos. El priísmo, todavía no recuperado de los dislates de su abanderado al concluir el 2011, se ensarta en previsibles pleitos por las candidaturas menores. La ruptura de su alianza con el Panal de la maestra ha quedado vagando entre la simulación y los cálculos electorales que, como siempre, se hacen al muy corto plazo y sobre las rodillas. Las izquierdas, contrariamente a lo esperado, han buscado, y encuentran, soluciones adecuadas para dirimir sus pequeñas diferencias y sus muchas ambiciones.

Los asuntos a tratar en los medios se tornan contiendas entre distintos personajes aislados de un contexto que los auxilie y explique. Todos ellos quedan situados en la cúpula, en ese rancio espacio donde todo se reduce a pasiones e intereses, encontrados o coincidentes. El pueblo –es decir, los votantes– poco cuenta en dichas trifulcas, menos aún en las soluciones finales. Los distintos analistas, observadores, académicos y críticos de toda laya van y vienen por los mismos lugares, ya bien transitados por sus demás colegas que se han adelantado. Una verdadera polvareda de gritos, consignas y diatribas que poco ayudan a la indispensable información constructiva de escenarios reales que auxilien al votante.

Ya sea que se trate de la supuesta prohibición de los debates que provoca un dictamen (por cierto, deformado a propósito) del TEPJF, o trátese de la millonaria lluvia de espots que, según cuentas tontas, caerán sobre la aturdida conciencia de los mexicanos, las conclusiones son similares y sonoras: los autores de la nueva ley electoral, y ésta misma, son los culpables de lo que sucede, son los reos de toda culpa. Las elecciones, según sus minúsculos puntos de vista, se han nublado de antemano. Las autoridades respectivas llegarán con la reputación mermada. Y todo ello porque algunos vengativos e irresponsables quisieron castigar a los medios de los abusos ocurridos en el 2006. Abusos (fraudes) que, por cierto, aún dividen a la nación. Las infracciones cometidas con alevosía y demás ventajas en esa elección nada tuvieron que ver con los mensajeros, arguyen en su favor. Todo fue causado por los compradores de tiempo. Compradores que contravinieron la ley vigente y que desataron la bien llamada guerra sucia.

Poco a poco, sin embargo, se acortan los tiempos de campaña. Enero ya casi terminó. La elección está a unos pasos adicionales y los votantes requieren de mayor dosis de conocimiento verídico sobre lo que sucede y, sobre todo, de lo que acontecerá. No todos los políticos que rondan por la República en busca de la simpatía ciudadana son iguales. Unos, los prospectos panistas, tienen que cargar con las decenas de muertos a cuestas. No son de ellos, cierto, pero su capitán los provocó con su alocada iniciativa al despuntar este moribundo sexenio. Tienen, también, que responder por la década perdida en crecimiento económico. Y, más que por eso, por la desigualdad, ensanchada hasta la ignominia. Los millones de miserables que vagan por el país, en busca de redentor cuidado y atención, son parte inherente de su ineficiente trasiego como gobernantes. El golpe asestado a la incipiente transición democrática es también parte de sus pasivos que claman castigo en las urnas. Reprodujeron, con creces, el viejo autoritarismo y las complicidades priístas, tan arraigadas en los rituales y los quehaceres políticos de la nación.

El buque insignia de los priístas, el ex gobernador mexiquense, tiene la quilla rota y navega a la deriva. Ha sido tocado en la línea de flotación y sus ingenieros no atinan a reparar el daño. Lleva consigo el ahora llamado síndrome del capitán Schettino del crucero italiano encallado. La conciencia de su incapacidad se extiende y gotea hacia abajo y a los lados del electorado: abandonará la campaña para refugiarse en la cumbre nevada de Davos, sitio donde sólo los elegidos habitan. Ahí se quiere dejar constancia de su decidida pretensión de tirar, de una buena vez, las ya cascadas puertas de las riquezas mexicanas para que entren los avarientos foráneos. Ha declarado, aquí, y sobre todo fuera, que abrirá Pemex y la CFE a la inversión privada, cualquier cosa que esto signifique, aseveración por cierto lanzada de manera repetida por los tres últimos encargados de administrar la economía del país. Intento en el que fracasaron. Lo que han logrado desperdigar, a trompicones y trampas, lo han hecho contraviniendo la Constitución.

Las izquierdas han entrado en un periodo de inusitada mesura, por cierto alejado de sus tradicionales reflejos y premuras. Solucionaron bien la designación de sus dos candidaturas más importantes: la presidencial y la del Gobierno del Distrito Federal. Han ido remontando distancias en las simpatías del electorado, ataviados con similares vestimentas y discurso a lo que ofrecieron en el 2006. Los problemas de ahora, y las soluciones actuales que requiere el país, no distan mucho de las planteadas hace seis años. La gravedad es mayor pero la naturaleza, el núcleo de ellas, permanece intocado. AMLO recorre de nueva cuenta el país alertando a los escuchas de la importancia que tendrá para la salud de la nación su ya cercana decisión. No será una elección más. Ésta conlleva, quizá, los últimos vestigios de esperanza por soluciones pacíficas. Introducir justicia al sistema establecido es urgente, a pesar de las resistencias que oponen, y opondrán, los grupos de presión que se resisten al cambio. A éstos habrá que vencerlos con base en votos conscientes de los mexicanos, si se quiere iniciar una nueva ruta. Un sendero no exento, por cierto, de tensiones, problemas y miedos.






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