21 ene 2012


Desfiladero
Mancera


Jaime Avilés
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Yde pronto saltó la liebre que nadie se esperaba: la nominación de Isabel Miranda de Wallace como candidata del PAN al Gobierno del Distrito Federal (GDF) representa un duro golpe para Beatriz Paredes, la ex feminista que como dirigente del PRI contribuyó a penalizar el aborto en 17 estados del país, y contaba de antemano con los votos de las congregaciones de la vela perpetua para llegar al antiguo Palacio del Ayuntamiento.

Ahora, la dupla Wallace-Vázquez Mota dividirá los votos de la derecha y afectará por igual al tándem Peña Nieto-Paredes, pero no pondrá en riesgo la continuidad del proyecto impulsado en la ciudad de México por Andrés Manuel López Obrador, pese al fracaso de la gestión de Marcelo Ebrard.

Los múltiples errores y abusos que nuestro alcalde saliente cometió a lo largo de su sexenio bien pueden ser remediados por el ex procurador Miguel Ángel Mancera, en la medida que a partir de este momento ponga las cartas sobre la mesa, diga con quiénes y para quiénes va a gobernar y entienda que no estará en condiciones de pasarse de lanza, como su ex jefe, si AMLO llega a la Presidencia de la República.

Mancera no es un policía, como lo tachan de un plumazo algunos tuiteros. Ante todo es un doctor en derecho, que durante el sexenio de AMLO en el GDF presidió el Consejo de la Judicatura del Distrito Federal. En otras palabras, fue el jefe de los jueces capitalinos y se condujo en forma honorable.

Me consta el celo que puso en la resolución de un caso totalmente injusto. Una noche de 2005, un vehículo se detuvo frente al edificio donde vivían dos matrimonios amigos míos en la colonia Roma. Los cuatro ocupantes del coche bajaron con macanas y atacaron al conductor del automóvil que frenó detrás de ellos. El hombre, llamado León, hijo de un acaudalado fabricante de pinturas, fue golpeado sin piedad hasta que pudo refugiarse en el estacionamiento de mis amigos, porque dos de ellos, Rafael y su esposa, estaban a punto de cerrar la reja de su garaje cuando el herido, chorreando sangre, se introdujo en su cochera.

Los agresores huyeron, pero al siguiente minuto pasó una patrulla y Rafael pidió ayuda a los policías para que sacaran de su garaje a ese energúmeno vociferante y fuera de sí. Los patrulleros, en efecto, lo subieron a su unidad y Rafael, y Rubén, su cuñado, los acompañaron a la delegación para formular cargos en contra de León, por allanamiento de morada, amenazas e injurias. Sin embargo, en presencia del Ministerio Público, después de hablar con su abogada, León acusó a Rafael y a Rubén de haberlo golpeado y, como suele ocurrir en México, los denunciantes quedaron detenidos.

Ese fue el principio de una pesadilla. A los tres días salieron bajo fianza, pero sujetos a proceso penal. Los abogados de León consiguieron que un juez dictara órdenes de aprehensión contra ellos. Una tarde, la Policía Judicial del DF arrestó a Rubén y lo metió al Reclusorio Norte. El juez actuó como autómata, pese a que la acusación era insostenible.

De niño, Rubén perdió en un accidente los dedos del pie derecho, por lo tanto usa zapatos especiales. Durante el terremoto de 1985 quedó atrapado bajo los escombros de su departamento en Tlatelolco y sufrió lesiones en la pierna izquierda, que lo dejaron rengo. Cuando los judiciales lo encarcelaron tenía más de 60 años y grandes dificultades para caminar. El juez que lo procesó no tomó en cuenta sus limitaciones físicas, y le dictó el auto de formal prisión por haber “pateado” (sic) y causado lesiones que tardan en sanar más de 15 días a un hombre de dos metros de estatura, 30 años de edad y una musculatura imponente a primera vista.

Para no alargar más la historia, Rubén permaneció dos meses en una celda para ocho personas en la que había 53, y tal vez ahí seguiría si el caso no hubiese llegado al escritorio del jefe de los jueces del Distrito Federal, que lo resolvió en pocos días. Más tarde, en contra de su voluntad pero por disciplina, a petición de López Obrador, Mancera aceptó convertirse en subprocurador, para hacerle contrapeso a quien fungió como primer procurador de Ebrard, el impresentable Rodolfo Félix Cárdenas, socio del tenebroso Ignacio Morales Lechuga y defensor de Carlos Ahumada.

Aguantando vara, Mancera resistió los continuos embates de Félix Cárdenas hasta que éste cayó por su propio peso. Ya como titular de la dependencia abrió una amplia investigación contra el cártel de Tepito, por la que pagó un costo altísimo: el hampa mató a su brazo derecho dentro de la Policía Judicial, el comandante Víctor Hugo Moneda, quien era como un personaje de Henning Mankell, un hombre esencialmente honesto.

¿Cuál es el balance de la gestión de Mancera como procurador capitalino? La guerra de los cárteles, auspiciada por Felipe Calderón para militarizar el país, no llegó a la ciudad de México y esa no es poca cosa: Mancera es garantía de que los chilangos podemos gozar de otro sexenio libres de otro flagelo, cosa que por otra parte hace no sólo inviable, sino absurda, la pretensión de la señora Wallace de gobernarnos a partir de su absoluta inexperiencia en la administración pública pese a los errores tácticos y estratégicos del secretario de Seguridad Pública.

Ahora bien, Miguel Ángel Mancera tiene por delante la tarea de construir su candidatura –algo que no hizo como procurador y por eso ganó cuatro de las cinco preguntas de la encuesta: para la gente consultada fue el único que se dedicó a su trabajo y no a la grilla–, pero antes debe responder a la brevedad una serie de preguntas fundamentales.

Por instrucciones de Ebrard, Mancera no procedió penalmente contra la rectora de la UACM, Esther Orozco –quien gozando de impunidad total ahora emprende una campaña xenófoba y antisemita: sus nuevos blancos son el poeta judío argentino Eduardo Mosches, a quien tratará de encarcelar por un supuesto desfalco de tres millones de pesos, y el profesor estadunidense John Hazard–, pero una vez ungido como candidato, el ex procurador debe definirse ante ese proyecto estratégico para el Distrito Federal.

¿Hará suyas las propuestas de Martí Batres, en el sentido de desarrollar la UACM a su máxima capacidad, con pleno apoyo del GDF? Por otra parte, ¿cómo procederá frente a los casos de corrupción de los delegados, no solamente contra el de Tlalpan, Higinio Chávez, sino también contra el de Miguel Hidalgo, Demetrio Sodi, y todo lo que halle entre ambos extremos?

Por lo demás, ¿qué sucederá con los derechos de los homosexuales? A ellos les debe una disculpa pública, por haber aplaudido una expresión homófoba de Carmen Salinas, así como Emilio Azcárraga debería salir a cuadro y reprobar personalmente la abominable burla del payaso Platanito acerca de los niños quemados en la guardería ABC, burla que Televisa transmitió después de que un tribunal exonerara de toda culpa en esa tragedia a la prima de Margarita Zavala, Marcia Altagracia Gómez del Campo.

Hay quienes, irreflexivamente, anuncian en Twitter que pedirán “voto de castigo” contra Miguel Ángel Mancera. ¿Para que Beatriz Paredes venga a penalizar el aborto en el DF o para que la señora Wallace sea el instrumento que le permita a Genaro García Luna traer a Plaza Universidad, y también a Perisur, batallas campales entre zetas y gente del Chapo?

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