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16 may 2011



El fondo de la cuestión







Gustavo Esteva




Como se esperaba, las marchas del 7 y el 8 de mayo resultaron impresionantes. Ciudadanos, grupos y organizaciones de los más diversos credos y orientaciones políticas mostraron su aptitud para expresar juntos su digna capacidad de transformar dolor, rabia e indignación en voluntad de cambio.

Hace un par de años, al reflexionar en este espacio sobre lo que estaba ocurriendo en el país, me sentí obligado a citar a Foucault:

“La arbitrariedad del tirano es un ejemplo para los criminales posibles e incluso, en su ilegalidad fundamental, una licencia para el crimen. En efecto, ¿quién no podrá autorizarse a infringir las leyes, cuando el soberano, que debe promoverlas, esgrimirlas y aplicarlas, se atribuye la posibilidad de tergiversarlas, suspenderlas o, como mínimo, no aplicarlas a sí mismo? Por consiguiente, cuanto más despótico sea el poder, más numerosos serán los criminales. El poder fuerte de un tirano no hace desaparecer a los malhechores; al contrario, los multiplica.”

Se trata de algo peor aún. Hay un momento, piensa Foucault (Los anormales, FCE, 2006, pp. 94 y 95), en que los papeles se invierten. “Un criminal es quien rompe el pacto, quien lo rompe de vez en cuando, cuando lo necesita o lo desea, cuando su interés lo impone, cuando en un momento de violencia o ceguera hace prevalecer la razón de su interés, a pesar del cálculo más elemental de la razón. Déspota transitorio, déspota por deslumbramiento, déspota por enceguecimiento, por fantasía, por furor, poco importa. A diferencia del criminal, el déspota exalta el predominio de su interés y su voluntad; y lo hace de manera permanente. [...] El déspota puede imponer su voluntad a todo el cuerpo social por medio de un estado de violencia permanente. Es, por lo tanto, quien ejerce permanentemente […] y exalta en forma criminal su interés. Es el fuera de la ley permanente.”

Foucault labra así el perfil del monstruo jurídico, que “no es el asesino, no es el violador, no es quien rompe las leyes de la naturaleza; es quien quiebra el pacto social fundamental”. De este gran modelo que identifica Foucault a fines del siglo XVIII “se derivarán históricamente… los innumerables pequeños monstruos” que pueblan el mundo desde entonces.

Estamos rodeados de esos pequeños monstruos. Los ulises, los peñanietos y los calderones nos han llevado a lo que parece un callejón sin salida. Su despotismo continuo, su arbitrariedad, su ceguera, han creado un estado de violencia permanente. Lejos de servir para desaparecer a los malhechores, su “estrategia contra el crimen” los ha multiplicado. Y ante nuestros reclamos dicen ciega y cínicamente que tienen la fuerza para continuar la “estrategia”. El diálogo, para ellos, se reduce a adoctrinarnos.

Cité a Foucault cuando la Suprema Corte discutía un dictamen sobre los hechos de Atenco –que mostraban ya la generalización del comportamiento criminal de las autoridades–. Vivimos en un régimen, dijo la Corte, en que la fuerza pública actúa “de manera excesiva, desproporcionada, ineficiente, improfesional e indolente”. Como el Estado utiliza a las corporaciones policiacas de manera irresponsable y arbitraria, “de nada sirve que se reconozca, en leyes, en tratados, en discursos, que nuestro país admite y respeta los derechos humanos, si cuando son violados… las violaciones quedan impunes y a las víctimas no se les hace justicia”.

Nos llevaron a un callejón en que hemos quedado expuestos al fuego que se cruza entre los criminales y los déspotas, entre los déspotas accidentales y los permanentes. Se desgarra continuamente el tejido social. No parece posible encontrar una salida en ese territorio en que reina la barbarie. Tenemos que salirnos de él. Es lo que se hizo el pasado fin de semana, cuando el empeño se trasladó al espacio en el que es posible empezar la reconstrucción del país, el espacio en que reina la auténtica democracia: el espacio de los ciudadanos.

“Nombrar lo intolerable”, señaló en alguna ocasión John Berger, “es en sí mismo la esperanza. Cuando algo se considera intolerable ha de hacerse algo… La pura esperanza reside, en primer término, en forma misteriosa, en la capacidad de nombrar lo intolerable como tal: y esta capacidad viene de lejos –del pasado y del futuro–. Ésta es la razón de que la política y el coraje sean inevitables.” Lo mencioné entonces, junto a Foucault. Hoy resulta aún más pertinente. El próximo miércoles, en las oficinas de Cencos, ciudadanos que encarnan esa actitud se reunirán para concebir los pasos que el 10 de junio llevarán a Ciudad Juárez. Muchos más, en otras partes de México y del mundo, estarán en la misma reflexión.

gustavoesteva@gmail.com








2 may 2011



La agenda del día 8






Gustavo Esteva




Lo que oigo a cada paso es una sociedad en ebullición que se prepara dignamente para el día 8.

La indignación de cuantos estamos hasta la madre se vuelve imaginación. Llegaremos a la ciudad de México unidos en el silencio y cargados de iniciativas y propuestas.

Esta marcha se distingue de casi todas las otras por su interlocutor. En vez de pedir, exigir o reclamar a los de arriba, que no ven ni escuchan, vendremos a vernos unos a otros para entretejer nuestra pluralidad y diversidad sin líderes, partidos o ideologías. Vendremos confiados en nuestra propia fuerza y capacidad de organización para impedir que el país termine de deshacerse en nuestras manos.

Los “poderosos” no acudirán. Javier Sicilia convocó para ese día a todos los responsables del actual desastre. Su diagnóstico demoledor de la contribución de cada uno a crearlo estaba acompañado de una exigencia puntual: que se pusieran de acuerdo en un pacto para hacer frente a la emergencia nacional y salvar lo que queda del país.

Fue mucho pedir. Algunos se hicieron los occisos. Otros se lavaron las manos. Todos se mostraron incapaces de cambiar para hacer algo por el país. Parecen decididos a proseguir neciamente sus caminos y a arrastrarnos con ellos al despeñadero.

Circulan muchas ideas. La más importante es la de reconstituirnos desde abajo, realizando asambleas en cada barrio, cada comunidad, cada municipio, para dotarnos de las normas y formas de organización que en cada lugar parezcan adecuadas. Hay lugares en que el tejido social es aún fuerte; basta activarlo y regenerarlo para asumir plenamente nuevas responsabilidades autónomas, como ejercicio de soberanía popular. En muchos lugares, en el otro extremo, el tejido social se ha desgarrado por completo y no quedan ni sus huellas. No podrán hacerse asambleas ni siquiera de una calle o entre los vecinos de un condominio. Pero dos o tres vecinos pueden organizar la suya y en su pequeña asamblea, que poco a poco se enlazará con otras, estarán también sembrando las semillas de la reconstitución.

A partir de ahí haremos lo que sigue. Desde el tejido social regenerado haremos valer nuestra fuerza, nuestro poder político. Tendremos una tarea inmediata: protegernos unos a otros. Esa ha sido, aquí y en todas partes, siempre, la forma de vivir seguro. Entre vecinos de confianza uno puede sentirse tranquilo. En esto empezaremos a encontrar tareas dignas y reconocidas para nuestros jóvenes y así descubriremos y crearemos auténticas opciones de vida para ellos. El desafío de hoy es ante todo a la creatividad social, a las imaginaciones reprimidas, para abrir desde ahora el abanico de caminos que pueden transitar esos jóvenes cuando no se dejan abarcar por la violencia del capital, del Estado y de los delincuentes.

Queremos que los militares regresen a sus cuarteles. Deben cesar inmediatamente las tareas abiertamente ilegales que les han ordenado realizar, como en los retenes que apenas ahora el Congreso quería introducir en la ley. Si en alguna geografía hay quienes se sienten protegidos por ellos pueden solicitar que permanezcan, pero la orden debe venir de ellos, no de su ridículo e incompetente “comandante en jefe”.

Muchas de las ideas que circulan requerirán tiempo y organización. Ayudará mucho saber que ya no debemos esperar que las soluciones vengan de arriba. Obtendremos protección y oportunidades de la familia, los amigos, la comunidad, del tejido social regenerado con el que estaremos reconstituyendo el país. Es lo que jamás podrá ofrecernos el Estado.

Muchas iniciativas forman parte de la batalla de la memoria contra el olvido. Cunde ya la labor iniciada en Cuernavaca: recordar mediante placas a nuestros muertos y desaparecidos en cada plaza central de cada ciudad de México. La podemos reafirmar en Comisiones Ciudadanas de la Verdad y Tribunales Populares bajo nuestro control.

Llegaremos así al punto en que podrá imponerse la voluntad popular para remover obstáculos del camino. Podremos entonces deshacernos de obsoletos aparatos del Estado y de quienes los manejan con tanta incompetencia y corrupción, porque tendremos en su lugar, construidas desde abajo, las modalidades autónomas de gobierno en que la democracia esté donde siempre debe estar: adonde se encuentra la gente.

Es hora de los poetas. Wendell Berry lo acaba de subrayar: “Vendrá un tiempo en que forjaremos comunidad o moriremos, aprenderemos a amar uno al otro o moriremos. Está llegando rápidamente el tiempo en que los grandes poderes centralizados ya no podrán hacer por nosotros lo que necesitamos que se haga. La comunidad empezará de nuevo cuando la gente empiece a hacer por cada uno de los demás lo que hace falta”.

gustavoesteva@gmail.com












18 abr 2011


Carta a Javier Sicilia



Gustavo Esteva


Perdona, Javier. Como te dije, no puedo compartir tu dolor. No puedo siquiera imaginármelo. Sólo puedo dolerme de tu dolor.


Al desgarrar el velo del lenguaje encubridor, lograste que de pronto los 40 mil muertos empezaran a tener cara y cuerpo de Juanelo. Dejaron de ser “daños colaterales”… Empezamos a verlos y vivirlos en carne y hueso. Sus muertes, que eran ya costumbre cotidiana, se volvieron de pronto insoportables.


Lograste dar expresión clara al estado de ánimo general. Estamos hasta la madre. Personas muy propias, que jamás se hubieran atrevido a decir eso en público, fueron ahora capaces de proclamarlo a voz en cuello. Adquirió legitimidad y valor político un sentimiento general que no nos atrevíamos a expresar.


Me pareció admirable, Javier, tu gandhiana apelación a la moralidad de los criminales y políticos que nos tienen hasta la madre. No se trata del perdón cristiano a quien ofende, sino del respeto a la condición humana del otro, a pesar de sus infamias o irresponsabilidades.


Salimos a la calle a manifestar nuestra solidaridad contigo y nuestro estado de ánimo. Fue un auténtico movimiento, con su dispersión, su iniciativa múltiple, su impulso desde abajo, su carencia de líderes y cuadros. Creo que en ninguna parte tomó la forma de movilización, como la que dirigen y controlan desde arriba los líderes, los partidos, los sindicatos –movilizaciones en que la gente es movida como se mueve un paquete y las personas mismas quedan in-movilizadas, expuestas a la instrucción, a las indicaciones dadas desde arriba. No fuiste un dirigente presto a llevar agua a su molino político e ideológico. Tu voz era una invitación feroz y dolorosa, con la cualidad peculiar de la poesía, en la que cada lectura y cada lector encuentran un sentido diferente… En cada geografía, por eso, la iniciativa tomó perfil distinto.


Fue espléndido, catártico, expresar libremente lo que sentíamos y ver a tantos, en tantas partes, con una voluntad común. Sabíamos que era sólo el primer paso. No se trataba solamente de desahogarnos y enviar un mensaje a los causantes de nuestra rabia. Salimos a la calle decididos a actuar, aunque el camino a seguir fuese aún difuso.


Como dices, Javier, debemos mantener viva la unión que empezó a manifestarse ese día, para romper miedos y aislamientos. No basta la indignación. Estamos en emergencia nacional. Es hora de actuar. Tenemos que parar esta guerra insensata que hasta sus patrocinadores estadunidenses reconocen perdida; atar las manos de esta clase política que sigue destruyendo lo que queda de país; regresar el Ejército a los cuarteles…


Tu discurso del día 6 aclaró el siguiente paso. Tu valiente escalpelo fue revelando los tumores: los poderes constituidos; las policías; los partidos políticos; el capital; los medios; las iglesias; los sindicatos… Acotaste bien sus omisiones y complicidades en la destrucción de nuestros ámbitos de convivencia, nuestro suelo, nuestras relaciones de soporte mutuo, hundiéndonos “en el horror de la violencia, la miseria y el miedo”. No olvidaste, Javier, nuestras propias traiciones, nuestra propia irresponsabilidad.


Se hizo evidente lo que necesitamos hacer: remendar el tejido social que desgarraron. Apelaste a la inspiración zapatista para decirnos cómo: “desde abajo, podemos tener asambleas constituyentes y reconstituyentes en cada colonia, en cada barrio, en cada comunidad”. Sólo así podemos conseguir auténtica gobernabilidad y seguridad en las calles y crear una oportunidad de vida distinta para nuestros jóvenes.



Propones que cuantos denuncias, las elites políticas y económicas, se comprometan ante nosotros a celebrar un pacto. Nos citas para el 8 de mayo, en el Zócalo de la ciudad de México. “Porque vivimos un tiempo límite, vamos a ir también allí a preguntarles: ¿cómo pretenden ir a las elecciones si no son capaces de ponerse de acuerdo entre ustedes para defender la vida de los hijos y las hijas de nuestro amado México?”


Me conmueve la propuesta, Javier. Eso significa que me pone en movimiento contigo. Espero que muchos se con-muevan también y el día 8 estemos ahí hasta aquellos, como yo, que no podemos creer en esos poderes y jerarquías y les tenemos bien fundada desconfianza.


Calderón, probablemente, seguirá esperando “la gloria del triunfo”. Surgirán los desacuerdos de costumbre en esas clases políticas y económicas que nos tienen al borde del desastre. Hagan o no lo que les toca, Javier, nosotros debemos hacer lo nuestro. Ningún truco de ingeniería social puede enfrentar la emergencia. Pero desde abajo, unidos en la pasión amorosa por todo lo que es nuestro, nos podremos entregar a la inmensa tarea de reconstituirnos. Empezaremos por resanar el tejido social desgarrado, para salvar lo que queda del país y transformarlo.






6 sep 2010


Chedraui vuelve a las andadas




Gustavo Esteva


De noche, a escondidas, como delincuentes Chedraui volvió al lugar del crimen a continuar la destrucción.

A escondidas, en lo oscurito, sin enterar siquiera al cabildo de Oaxaca, las autoridades municipales otorgaron a la empresa certificado de impunidad y premiaron su delito con los permisos para llevarlo a término.

El 8 de julio de 2008, violando abiertamente las ordenanzas municipales y la ley, Chedraui destruyó un magnífico bosque urbano: 185 árboles, algunos de 100 y 200 años, fueron cortados esa madrugada; ardillas y otros animales fueron liquidados a palos. Una breve imagen del desastre puede verse en Youtube: nota ecocidio.

Ante la indignación ciudadana y la presión pública, el presidente municipal canceló el permiso condicionado que se había otorgado e impuso una multa de 10 millones de pesos, así como la obligación de reparar el daño ecológico mediante la siembra de árboles. Manifestó que intentaba un castigo ejemplar, para que ninguna otra empresa se atreviese a hacer algo semejante. Se comprometió a negar el permiso durante la actual administración, que termina a finales del presente año.

Mientras los ciudadanos, confiados ingenuamente en este compromiso público, preparaban planes para que la siguiente administración crease en el predio un espacio verde de convivencia y aprendizaje, el municipio no pudo, no supo o no quiso defender los intereses sociales. Cuando la empresa ganó un amparo contra la multa, las autoridades renunciaron a sus facultades y opciones legales, la redujeron a un monto insignificante, condonaron la reparación del delito ecológico y otorgaron a la empresa permiso para seguir cortando árboles, llevarse la riquísima tierra de humus centenario e instalar su tienda... en una zona residencial saturada ya de comercios.

En Oaxaca existe una tradición siniestra: los funcionarios gozan de impunidad por sus tropelías. El principio se extiende a las empresas. Lo ejemplar no fue el castigo sino el modelo: hace unos días otra empresa privada cortó olivos negros en peligro de extinción, de más de 100 años, en el centro de Juchitán.

La morosidad burocrática de las autoridades ante el recurso de revocación de los permisos presentado por los ciudadanos contrasta con su celeridad para atender intereses privados.

Los actuales reclamos ciudadanos estimularon una página de propaganda de Chedraui, en la cual muestra inaudita desfachatez, notable ignorancia de la realidad oaxaqueña y del significado de las palabras “democracia” y “ecología” y clara alianza con las autoridades, a las que felicita por su “desempeño transparente e institucional”. A semejanza de quienes hacen obscena su fealdad al cubrirla de cosméticos, Chedraui intenta esconder el crimen tapando con “arquitectura verde” su destrozo. Presume de los empleos y subempleos que creará, sin mencionar el número mucho mayor de los que destruirá. Se dispara así a su propio pie. Quizá podrá silenciar a algunos medios que viven de esas planas pagadas, pero ¿quién podrá todavía creer en su propaganda comercial? Su comportamiento niega brutalmente sus lemas. ¿Quién le compraría un auto usado a un ladrón? ¿Quién le confiaría sus hijos a Ulises Ruiz?

En todo caso, estos hechos tienen lugar en una sociedad alerta y decidida, que no está dispuesta a seguir tolerando semejantes atropellos. De la misma manera que el 4 de julio usó las urnas para deshacerse de la mafia política con la que ahora se alía Chedraui, sabrá impedir el desaguisado actual. La tienda no se instalará en el predio. Los ciudadanos no permitirán que se profundice el daño y sea sepultada en cemento y chatarra su esperanza democrática de contar con este espacio natural privilegiado para la convivencia.

Grupos conscientes y bien organizados están utilizando todos los recursos legales e institucionales que aún están abiertos. Algunos se muestran decididos a pasar a la acción directa, si las autoridades siguen haciéndose cómplices de este atropello irresponsable e insensato y quieren esconder, tras una actitud gentil y paciente, incompetencia, ignorancia, deshonestidad…o las tres cosas juntas, lo mismo que una grave carencia de dignidad.

Antonio Chedraui tendrá que reconsiderar la decisión caprichosa de instalar otra tienda de su cadena en el predio que tiene rentado. Adriana Sarmiento, la dueña del predio, padecerá la ignominia de atestiguar cómo los ciudadanos protegerán y regenerarán, contra ella, el sueño que forjó su padre con sabiduría y cariño. Ni las autoridades de Oaxaca ni los administradores de Chedraui parecen haberse dado cuenta de la realidad oaxaqueña actual: ya no pueden seguir engañando y corrompiendo a los ciudadanos y destruyendo la ciudad, aunque puedan conseguir algunos cómplices para lo que intentan. Los funcionarios necesitan votos; acaban de perderlos. Chedraui necesita clientes: los perderá. Y no sólo en Oaxaca. El atropello resonará en el país entero.

gustavoesteva@gmail.com



31 may 2010

¿Y el gobierno federal? , bien , gracias , todo mundo le pasa por encima , o lo que es peor , allanandole el camino al PRI hacia el 2012 . Hasta acuerdos ha firmado Calderón a través de su secretario de gobernación , (el acuerdo de bucareli) donde se comprometen a no efectuar alianzas con el PRD , para no complicarle las cosas al primero (al PRI) ; esto de no actuar conforme a derecho , si , ese derecho que tanto pregonan cuando les conviene , resulta ser ya , pécata minuta en el caso de tantas y tantas violaciones a los derechos humanos en Oaxaca y tantos otros crimenes de Estado cometidos por los gobiernos priistas en todas las entidades donde "gobiernan" .



Haciendo camino



Gustavo Esteva

“Esos, los que organizan caravanas con extranjeros, son los verdaderos asesinos… Si llevas a unas personas y las metes a una emboscada, ¿tienes responsabilidad o no? Los responsables de lo que pasó fueron los que los llevaron.” Eso dijo, palabra por palabra, el senador Carlos Jiménez Macías, delegado del PRI en Oaxaca (La Jornada, 24/5/10).

Bety Cariño sería suicida y asesina. Habría preparado el ataque contra la caravana que ella misma contribuyó a organizar y en el cual se le asesinó.

Es la línea de Ulises Ruiz. Desde el primer momento acusó a los extranjeros. ¿Cómo se les ocurrió ir sin permiso de las autoridades? ¿Cómo se atrevían a ofrecer solidaridad a un pueblo en apuros?

No se trata de localismo xenófobo. Estos sujetos se muestran siempre dispuestos a ponerse a las órdenes de los extranjeros que intentan atraer, como turistas o inversionistas. Pero ciertos extranjeros los sacan de quicio: quienes quieren ser testigos y escudos de las atrocidades que aquí se cometen, los que aceptan poner en riesgo su vida por profunda solidaridad. Con inaudito cinismo se responsabiliza a los organizadores e integrantes de la caravana por haberse atrevido a entrar en esa zona en que la propia policía no puede hacerse presente. Es la vieja estrategia autoritaria: culpar a las víctimas.

El contexto es claro. No exageró Noticias en su titular del 26 de mayo: “Oaxaca, ciudad sin ley”. Su texto editorial señalaba: “El nivel de desgobierno cobró ayer su dimensión más atroz”. Y se preguntaba si no se trataba de un acto montado “para promover el voto del miedo”. Al día siguiente hubo un despliegue aparatoso de policías y militares sin más función que intimidar. De eso se trata. Es una definición de política. “El Estado –señaló el día anterior el secretario de Gobernación– tiene que ser capaz de infundir temor.” (La Jornada, 25/5/10). En ocasiones, esta tarea de infundir temor se delega en paramilitares, caciques locales y otros grupos delincuenciales. En amplias áreas el “nivel de desgobierno” adquiere todos los días dimensiones atroces.

La estrategia tiene impacto. Muchas personas se encuentran seriamente atemorizadas y exigen, sin información apropiada, que se apliquen manos cada vez más duras contra capas de la población cada vez más amplias, porque el descontento se extiende y los insumisos ya no están dispuestos a quedarse quietos: no se resignan a la suerte infame a la que se les quiere condenar y entran en acción. La criminalización de los movimientos sociales ahonda aún más la polarización social, cuando una parte de los ciudadanos empieza a funcionar como la base social sumisa que encuentra en el despotismo la única salida.

Pero tal estrategia es también contraproducente. Un número creciente de personas ha dicho ¡basta! e intenta de mil maneras distintas retomar en sus manos su propio camino. Sin confianza alguna en las clases políticas; cada vez más conscientes de la inutilidad de diálogos con personeros que sólo sirven de distracción y cuyos acuerdos, cuando se logran, se incumplen de inmediato; al tanto, finalmente, de que nadie hará por ellas lo que se requiere, se han puesto en pie de lucha.

Ése es el sentido que ha de darse a la caravana organizada para el 8 de junio. San Juan Copala sigue cercado y cotidianamente agredido. El 20 de mayo un grupo de sicarios asesinó a mansalva, en su propia casa, a su líder moral y a su esposa, a don Timoteo Alejandro Ramírez y a doña Tleriberta Castro Aguilar. Convocada por las autoridades del municipio autónomo, la caravana crece todos los días. Aunque se quieren subir a ese carro quienes sólo intentan llevar agua a su propio molino político, la caravana se ha estado formando desde la propia gente, abajo y a la izquierda. Reúnen alimentos, cobijas y medicinas para llevarlos a estos pueblos asediados por meses.

Los caravaneros están conscientes del riesgo. Desoyen las advertencias de quienes quieren doblegar por hambre y temor a los autonomistas. Saben que no es protección su gran número, porque en la situación actual, cuando empiezan a sentirse arrinconados, quienes están en el poder pueden concebir atrocidades aún peores: una masacre en forma podría ser la más brutal de las intimidaciones que se están llevando a cabo. Acaso imaginen que induciría decisivamente el voto del miedo, al que evidentemente apuestan, o que incluso podría llevar a la cancelación de las elecciones, otra de sus opciones para mantenerse en el poder.

Pero la caravana va. Ninguna amenaza podrá detenerla. Es ésta la semilla que sembraron Bety y Jyri. Empieza a dar frutos.

gustavoesteva@gmail.com




3 may 2010


Estado de cosas



Gustavo Esteva

Lo ocurrido en Oaxaca es insoportable. Para reaccionar, empero, necesitamos tener clara conciencia del contexto. No es un hecho excepcional o anómalo, sino una condición que se extiende cada vez más. Refleja una nueva normalidad: la del estado de excepción no declarado en que vivimos.

El territorio triqui ha estado en disputa desde hace muchos años. Como se cuenta lúcidamente en el libro de Francisco López Bárcenas que se presentó el jueves pasado en la UAM-Xochimilco, nunca ha cesado la resistencia popular a la dominación que ha tratado por décadas de enterrar los sueños triquis. Esa resistencia, que ha ido tomando la forma de una lucha de liberación, condujo a la creación del municipio autónomo de San Juan Copala.

Desde que nació, el empeño autonómico fue continuamente asediado y recibió permanentemente atención y cierta solidaridad. Ese sentido tenía la presencia del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, de San Salvador Atenco, que intentó celebrar en Copala la clausura de la campaña por la libertad de sus presos, el pasado 28 de noviembre.

No consiguió hacerlo. La Unión de Bienestar Social para la Región Triqui (Ubisort), que lo impidió entonces, que asaltó el palacio municipal el 10 de diciembre y tuvo que desalojarlo tres meses después, que sitió el municipio, mató a un niño y una anciana y acosó sin cesar a los autonomistas, es la misma organización cuyos grupos paramilitares asesinaron ahora a dos integrantes de la caravana de solidaridad que trataba de romper el cerco.

El marco de referencia para entender este proceso es claro. A principios de 1994 salió de la zona triqui la primera carta en que un grupo indígena decía a los zapatistas que no estaban solos. El zapatismo se extendía. Unos meses después, para domesticar las luchas triquis, nació esta organización paramilitar, calificada por algunos como terrorista, cuyos vínculos con el gobierno del estado son ampliamente conocidos.

Al anunciarse la caravana de solidaridad, hace ocho días, el dirigente de la Ubisort declaró que “bajo ninguna circunstancia” la dejarían pasar. Dio así contexto a las palabras de Ulises Ruiz y su secretario de Gobierno, que días después, culpando a las víctimas, atribuyeron los hechos a la imprudencia de los caravaneros desarmados, que habrían provocado el “enfrentamiento” con los paramilitares al tomar la decisión “unilateral” de ofrecer solidaridad a los autonomistas. Estas declaraciones serían sorprendentes, motivo de escándalo, denuncia y juicio político, si el país viviera aún en un estado de derecho, si en una proporción creciente del territorio y la población las funciones del estado no se hubieran transferido ya a militares, policías, paramilitares y otros grupos, como ocurre en Copala y las autoridades reconocen con inaudito cinismo.

En un libro notable sobre La ley Televisa y la lucha por el poder en México, que se acaba de presentar en Oaxaca y Puebla, sus editores señalan que “si el Estado-nación no invierte políticamente en el reconocimiento y ejercicio real de las garantías… fundamentales de la población, el gobierno tendrá que destinar mayor gasto público para financiar la represión social, pues será la única forma de detener la energía colectiva contenida”. Escrita apenas hace seis meses, la frase resulta obsoleta: no es una posibilidad sino un dato. El gobierno modificó ya su presupuesto, aumentando las partidas destinadas a la represión. En eso estamos.

No fue exageración de John Berger decir que si se viera obligado a usar una sola palabra para describir la situación actual en el mundo usaría la palabra “prisión”. Pero esta prisión no es sólo la que dejaron hace un par de días las dos indígenas ñañús acusadas sin base por el gobierno federal, una prisión en que aumenta cotidianamente el número de muertos: 10 en la última semana. Es también una prisión cuyos barrotes no siempre son evidentes o que parecen inocuos: retenes militares que no retienen, por ejemplo, y se contentan con intimidarnos gentilmente. Es una prisión que encarcela ideas y comportamientos y alimenta la ilusión de que aún se goza de libertad y las leyes siguen vigentes.

La insurrección en curso desgarra paso a paso esos barrotes y continúa sus preparativos. Su desafío principal, en estos tiempos difíciles, es lidiar con provocaciones como la que se montó en La Sabana, a las puertas de San Juan Copala. En vez de convertirse en el estallido de indignación que aparentemente se quiere inducir, para precipitar la guerra civil y aplastar la resistencia, el dolor y la rabia que causan muertes tan lamentables como las de Bety Cariño y Tyri Antero Jaakkola deben nutrir el coraje organizado y paciente que profundiza y consolida nuestra capacidad de respuesta.

gustavoesteva@gmail.com




5 abr 2010


Desencapucharnos



Gustavo Esteva

El incidente sería banal y ridículo si no fuera tan amenazante y peligroso. No podemos pasarlo por alto.

El 27 de marzo el titular “Desencapuchan al subcomandante Marcos” encabezó la primera plana de Reforma. Firmada por el equipo editorial, la nota mostró fotografías de rostros descubiertos, uno de los cuales sería el del subcomandante Marcos, acompañadas de “información estratégica” sobre el zapatismo que un supuesto desertor habría entregado al periódico.

La persona “desencapuchada” es Leuccio Rizzo, un ciudadano italiano conocido por diversas organizaciones chiapanecas, quien denunció ya la irresponsabilidad del periódico al usar calumniosamente su rostro. La nota misma es un engendro sin pies ni cabeza. A la grosera mentira que presenta a Leuccio como Marcos se agrega la mezcla de imágenes de hace más de 10 años con algunas recientes, la presentación de informaciones bien conocidas como si fueran novedad y la divulgación de datos equivocados que hasta un reportero principiante hubiera podido desenmascarar.

Reforma presume de sólida capacidad profesional. Pretende verificar con rigor cuanto publica. Esta nota demuestra lo contrario: parece de un pasquín mercenario de quinta. No sólo contiene distracciones garrafales, como la que confunde el País Vasco con ETA. Hay increíble desinformación, contradicciones flagrantes, datos enteramente obsoletos. Todo cae por su propio peso al desvanecerse la supuesta identificación del subcomandante Marcos del encabezado.

Pueden decirse muchas cosas de Reforma, pero no cabe atribuirle inocencia o ingenuidad. Con esta nota falsa y malévola ha contribuido con entusiasmo a una maniobra sucia, que forma parte de la campaña cada vez más intensa que realiza el gobierno contra los zapatistas, tanto en la forma activa de agresiones paramilitares y hostigamiento constante como en la indirecta de la desinformación continua –a la que se suma ahora un centenar de periódicos que en el mundo entero reprodujeron lo publicado por Reforma. Medios destacados, algunos de bien ganado prestigio, caen en el amarillismo irresponsable de este medio, ratificado en la indecente arrogancia con la que trató la aclaración de Leuccio Rizzo.

Estamos en el mismo nivel infame de la celada de Zedillo, el 9 de febrero de 1995, cuando organizó junto con los medios una campaña de exterminio de los zapatistas que la presión de la sociedad civil convirtió en su contrario: la Ley para el Diálogo, la Negociación y la Paz Digna en Chiapas. Esta ley protege aún al zapatismo, pero los tres niveles de gobierno la violan continuamente, junto con la Constitución, a medida que se extiende el estado de excepción no declarado que vivimos.

Se ha puesto de nuevo en circulación, en estos días, un video que responde puntualmente a las “revelaciones” de Reforma. El subcomandante anuncia ante la cámara que mostrará una fotografía suya sin pasamontañas y luego se lo quitará. Muestra en seguida un espejo –en el que nos vemos todos– y empieza a quitarse el pasamontañas. Cuando éste se levanta por completo aparece la cara de un niño y tras él, en rápida sucesión, personas de todos los colores, tamaños y sabores que se van quitando sus pasamontañas.

No se trata de algo nuevo: circula desde 2008 en youtube.com/watch? v=qRnoJt7PTDE. Pero es una respuesta eficaz a la campaña tendenciosa que pretende reducir el zapatismo a Marcos y “revela” su “identidad” –un nombre o una cara. Marcos nació el primero de enero de 1994 y así surgió la oportunidad de que lo fuéramos todos: de que pudiéramos cobijar bajo ese nombre nuestra dignidad y que hiciéramos de ella bandera de la transformación.

Primero fueron los indígenas, pero como yo no era indígena, no me importó; después fueron los campesinos, pero como yo no era campesino, tampoco me importó; luego fueron los obreros –mineros, electricistas, otros–, pero como yo no era obrero tampoco me importó; más tarde fueron los homosexuales, pero como yo no era homosexual, tampoco me importó; ahora vienen por mí, pero ya es demasiado tarde.

Uso conscientemente esta paráfrasis de unas frases de Niemöller que se han vuelto clásicas. No estamos ante la tradición fascista, contra la cual él las formuló en 1946, pero lo que tenemos enfrente puede ser peor. Personajes sin principios, en los medios y el gobierno, asocian sus “judíos” con clases enteras de personas que consideran inferiores. Quieren someter a todos por la fuerza de las armas y de los medios. Con el pretexto del narcotráfico militarizaron ya el país y preparan ahora a la opinión pública para la extensión final del estado de excepción.

Sólo haciéndonos Marcos podemos detenerlos, antes de que sea demasiado tarde.

gustavoesteva@gmail.com




28 dic 2009



Tercera, última llamada



Gustavo Esteva

Este miércoles 30 empezará en San Cristóbal un seminario internacional de reflexión y análisis. Se presentará ahí el libro que recoge las intervenciones en el coloquio internacional en memoria de Andrés Aubry que tuvo lugar hace poco más de dos años. Se prolongará hasta el 2 de enero, por lo que es también, sin proponérselo, una celebración del aniversario zapatista.

En el inmenso legado de Andrés destaca especialmente Chiapas a contrapelo, que es sobre todo una agenda de trabajo. La publicó en 2005 –dos años antes del infortunado accidente, el 20 de septiembre de 2007, ocurrido cuando se aprestaba a viajar 3 mil kilómetros, manejando su automóvil, para asistir al Encuentro de los Pueblos de América, en Vícam, Sonora, y alcanzar a la otra. Estaba celebrando sus 80 años…

Acostumbrado a empacar en el presente el pasado y el futuro, Andrés tenía de por sí anticipaciones notables. Vio con claridad lo que se venía.

“Estos tiempos terribles y militarizados dibujan una crisis. Nada funciona porque nada puede funcionar como antes; esta crisis no se parece a las muchas en que la pericia del sistema supo sortearlas, ya tiene visos de estar en la fase terminal.” No sabemos “si es solamente un escalón del declive caótico del sistema, el anuncio de un colapso, o la lenta agonía de los robustos longevos”, piensa Andrés. Pero sabemos que es “un tiempo de transición” y que “ya se divisa un después”.

Son “instantes de peligro”, un trágico “momento de oscilación”, porque algo que era indispensable para el funcionamiento del sistema “se está quebrando o desestabilizando”. Se trata, empero, de dolores de parto. Viene “algo nuevo, tierno, vulnerable, frágil, pero inevitablemente otro: un mundo nuevo”.

El viento sopla a nuestro favor. Estamos ante el relámpago “que ilumina al sujeto histórico en el instante de peligro, porque son tiempos en los que la libertad y la iniciativa tienen más oportunidad exitosa que en las crisis rutinarias de los periodos de robustez sistémica. Este momento fugaz e irrepetible solicita la responsabilidad y el compromiso, porque es el de la elección… que normará otro orden mundial, aquel del cambio social”. Todo depende de que se logre “la elección que se hace colectivamente”. Todo es cuestión “del tino con que se viva este tiempo irrepetible”.

Es hora de Chiapas, Chiapas pivote, Chiapas bisagra, Chiapas puente ístmico… “Lo que será es imprevisible, tan sólo se puede inferir que el futuro de Chiapas, y de todos los Chiapas del mundo, depende del tipo de mundo elegido en este momento excepcional.”

Necesitamos como nunca la memoria. “Tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo si éste vence.” Si se apaga nuestra memoria, “los muertos que construyeron nuestra historia no tienen cómo interpelarnos”.

Para tomar con tino la decisión en este tiempo único, necesitamos pensar el mundo desde el sujeto histórico formado en el lento proceso de acumulación de fuerzas. Entre quienes lo forman están algunos que han vivido siempre en crisis: han participado activamente en la guerra más larga de la historia, una guerra de 515 años. Otros son recién llegados: fueron creados por la estrategia neoliberal. Sus memorias son diferentes, pero su experiencia es similar. El grado de destrucción y estupidez a que ha llegado el sistema no tiene precedentes. La degradación moral de las clases políticas alcanzó ya extremos insoportables.

El sujeto histórico, esa agregación variopinta y multiforme de los oprimidos de siempre, enfrentó en los 90 otro instante de peligro. El alzamiento zapatista fue el relámpago que le permitió despertar, como reconocieron todos los movimientos antisistémicos en Seattle, hace 10 años, cuando tomó la calle una peculiar coalición de anarquistas, ambientalistas, sindicalistas, monjas, gays, chicanos, indígenas y muchos más. Parecían venir de ninguna parte, pero procedían de multitud de movimientos sociales bien experimentados que empezaron finalmente a vincularse, sufrieron sus propias crisis internas y preparan ahora, desde sus tejidos locales, nuevas propuestas de acción.

La segunda llamada llegó en 2005. El zapatismo puso en riesgo cuando había conseguido para impulsar una alternativa eficaz a la obsesión electoral, que atraía de nuevo la atención pública en México y otros países latinoamericanos. Contra toda experiencia, se abrigaba de nuevo la ilusión de que bastaba un líder carismático y un diseño de ingeniería social para generar el cambio. Parecía posible renovar la desprestigiada tradición estatalista. Fue una llamada urgente y ruda que muchos no quisieron escuchar, entretenidos con el canto de las sirenas electorales.

Ha llegado el momento de la tercera y última llamada. Es la hora de comenzar. Como dijo el Sup, “al menos una vez, cada siglo, el pueblo mexicano dice No”.

gustavoesteva@gmail.com



16 nov 2009



Quehaceres del día



Gustavo Esteva

La prueba de fuerza del día 11 fue contundente y eficaz, pero insuficiente: mostró el camino que hace falta recorrer. Es tiempo de que el pueblo se organice,” señaló el dirigente del SME. Es preciso saber bien de qué se trata. Como se demostró el propio día 11, somos un pueblo organizado. Con membrete y figura legal o sin ellas, existe en la base social un tejido orgánico sólido con el que puede contarse. Pero el descontento confuso, profuso y difuso que recorre ese tejido puede conducir a equívocos. Es necesario transformar ese descontento rabioso, a flor de piel, en indignación creadora y coraje político, en arma de transformación.

La lucha del SME busca dar marcha atrás a una decisión arbitraria. Al abrirse a otros, incorpora temas ampliamente compartidos: la oposición a los nuevos impuestos, a funcionarios ineptos, corruptos y autoritarios, y a políticas gubernamentales que están destruyendo el país. Para todo esto, el SME sigue empleando recursos legales, resiste toda suerte de provocaciones e insiste en el carácter pacífico y democrático de su lucha.

Su empeño se realiza bajo una nueva “normalidad”. No vivimos en un estado de derecho. A partir de una “guerra civil legal”, montada con diversos pretextos, hemos caído en un estado de excepción no declarado. Las medidas “excepcionales” que se están tomando, resultado de una crisis política, son disposiciones jurídicas que no pueden entenderse en términos legales. El estado de excepción mismo es la forma legal… de lo que no puede tener una forma legal: existe al margen de la norma, como suspensión de la ley. Giorgio Agamben ha mostrado que este dispositivo se ha convertido “en una de las prácticas esenciales de los estados contemporáneos, incluso los llamados democráticos”, pero resulta ser “un espacio vacío, en que la acción humana sin relación con la ley se levanta frente a una norma sin relación con la vida… No es una dictadura… sino un espacio desprovisto de ley, una zona en que todas las determinaciones legales –y sobre todo la distinción entre lo público y lo privado– han sido desactivadas… La violencia gubernamental borra y contradice impunemente el aspecto normativo de la ley, ignora externamente la ley internacional y produce internamente un permanente estado de excepción, pero afirma que a pesar de todo está aplicando la ley” (State of exception, 2005:2, 86,87).

Este ejercicio es ya el estilo personal de gobernar de Felipe Calderón. Aprovecha la irresponsabilidad cómplice de la Suprema Corte, que contribuye a la destrucción legal del estado de derecho, y el vacío del Congreso, en el cual reina la negociación de prebendas y recursos y la demolición sistemática de principios, plataformas e ideales de lo que alguna vez fueron partidos políticos.

La perversión del lenguaje cumple en estas condiciones una función especial. Cuando el secretario del Trabajo considera una “aventura jurídica” el empleo de recursos legales por parte del SME y llama diálogo a la rendición (“primero liquídense y luego vemos”), no revela solamente su insania personal. Expresa un estado de cosas que tiene claros antecedentes. “La guerra es paz”, diría Orwell. El uso oficial del oxímoron, de expresiones que encierran contradicción insoportable, como “protección nuclear” o “silencio atronador”, no es un desliz o un equívoco, sino una técnica de gobierno que se multiplica estrepitosamente en la caja de resonancia de los medios.

Al concebir la fase actual de su lucha, el SME debe tomar en cuenta otra dificultad. Millones de personas celebran el cierre de Luz y Fuerza. No se trata solamente de la manipulación de los medios. Existe un descontento real por corruptelas, malos tratos e irresponsabilidades de la compañía. Aunque se expliquen en parte por condiciones impuestas a los trabajadores, son para mucha gente confirmación empírica de lo que proclama el gobierno. La campaña que éste montó contra ellos tomó en cuenta ese prejuicio extendido para suscitar apoyo a la decisión.

Este ingrediente es sólo una manifestación de la polarización que la crisis ha producido. Muchos mexicanos se niegan a ver las consecuencias de la destrucción del estado de derecho y aplauden medidas excepcionales como el cierre de Luz y Fuerza. Despertarán demasiado tarde. Son, por lo pronto, la base social en que se afirma el autoritarismo.

La fuerza política que ha estado construyendo el SME no ha de ocuparse de regresar al “estado de derecho” destruido, sino de mostrar su carácter actualmente ilusorio, su condición ficticia, y detener la máquina insoportable que nos destruye física y socialmente. Se trata, ni más ni menos, de construir un nuevo orden social, en que la política y la ética regresen al centro de la vida social, como rebelión liberadora ante el actual estado de cosas.

gustavoesteva@gmail.com



2 nov 2009


Revolucionarios y contrarrevolucionarios



Gustavo Esteva

Según Gianfranco Pasquino (Diccionario de política), una depresión económica, injertada en una disminución de legitimidad y una crisis de representatividad, crea las condiciones objetivas de una revolución. Y cuando ésta logra producirse, porque un grupo aprovecha esas condiciones para intentarla, la revolución misma consiste, según Pasquino, en la sustitución de las autoridades políticas existentes y en la realización de cambios profundos en las relaciones políticas, la Constitución, las leyes y la esfera socioeconómica.

En eso estamos. Todo empezó con un golpe de Estado incruento. Cuando Miguel de la Madrid tomó posesión desplazó a la antigua clase política y puso en su lugar a un grupo tecnocrático que desde entonces está en el poder, al servicio de los llamados poderes fácticos.

Lo que parecía un simple reacomodo en la cúpula se transformó pronto en un empeño de cambiar a fondo el régimen político. Se trataba de remover los obstáculos a la dominación capitalista que caracterizaban al híbrido peculiar que emanó de la Revolución de 1910, con un ajuste sustancial del sistema. Poco a poco, particularmente en la gestión de Salinas, se desmontaron los pilares fundamentales del antiguo régimen y se produjeron cambios sustantivos en las relaciones políticas, el ordenamiento jurídico-constitucional y la situación socioeconómica. Por eso, a pesar de su signo conservador, es un empeño de alcance revolucionario.

Como es obvio, el funcionario De la Madrid, el gerente Zedillo o el ilegítimo Calderón no son líderes de esta revolución. Se trata de simples personeros de intereses específicos y grupos mafiosos, los cuales intentan cambiarlo todo para que nada cambie, es decir, tratan solamente de mantener sus posiciones de poder y el predominio de las relaciones sociales capitalistas.

Calderón está apresurando la venta del país y necesita entregar la mercancía. Por su debilidad e ineptitud políticas, sin embargo, y por la creciente resistencia que enfrenta, sólo puede profundizar la “revolución neoliberal” mediante el uso de la fuerza y la violación sistemática de la Constitución, las leyes y los derechos humanos. A medida que la gente se moviliza ante el empobrecimiento general, el continuo despojo y la cooptación o desmantelamiento de sus organizaciones, el aparato gubernamental se ve obligado a recurrir cada vez más a la violencia.

Sólo en los años recientes la resistencia a la iniciativa neoliberal se convirtió en oposición política, que en el contexto resultó contrarrevolucionaria: sería reacción a la “revolución neoliberal”. Esta corriente política tiene un objetivo de corto plazo: impedir que concluya el desmantelamiento del antiguo régimen, y otro de largo plazo: restaurarlo. Se trata de reconquistar el poder político por la vía electoral, a fin de restablecer y actualizar lo que los neoliberales han liquidado. En esta posición han estado casi todas las tribus, mafias y corrientes del PRI, el PRD y la morralla, que a menudo entran en complicidad abierta con los neoliberales, aunque así contradigan el evangelio socialdemócrata que pretenden impulsar.

Estas dos corrientes políticas parecen abarcar la totalidad del horizonte político y concentran la atención pública y experta, pero desde 1994 surgió una tercera opción. Los zapatistas, que se vieron a sí mismos como mera antesala de la revolución, intentaron convertir las condiciones objetivas de ésta en auténtico proceso de cambio radical. A lo largo de 15 años han subrayado que su empeño es pacífico y democrático y que no busca la mera sustitución de las autoridades políticas ni reformas cosméticas. Plantean abiertamente que se trata de modificar la estructura de clases del país para poner fin a las relaciones sociales capitalistas, con la conmoción simultánea de ideologías e instituciones, mediante la reorganización de la sociedad desde su base –desde abajo y a la izquierda– al tratar de reconstruir un país que a estas alturas sufre una devastación peor que la de una guerra.

La lucha actual tiene lugar en medio de creciente polarización, que a menudo se acerca al clima de guerra civil que caracteriza generalmente los procesos revolucionarios. Por la medida en que Calderón multiplica sus provocaciones, consolida sus alianzas formales e informales y su base social y acelera el establecimiento del régimen autoritario, aumenta continuamente la violencia y se vuelve indispensable tomar posición.

En esta coyuntura, persistir en la obsesión electoral, con la ilusión de que por esa vía será posible evitar la amenaza autoritaria –que está ya cumpliéndose– y revertir la destrucción neoliberal, se está volviendo contraproducente. Quienes están resultando meros compañeros de viaje de los neoliberales descubrirían demasiado tarde la manera en que contribuyeron a fortalecer la gestión del grupo al que pretenden oponerse –antes de que ambos desaparezcan, en medio de fuerte olor a azufre.

gustavoesteva@gmail.com



19 oct 2009



Empezamos



Gustavo Esteva

Bien está que el SME utilice todos los recursos legales a su alcance. Es lúcido y sensato que se resista a caer en provocaciones, evite toda forma de violencia y se siente a negociar. Pero al preparar la resistencia necesita tomar muy seriamente en cuenta la condición del adversario y la naturaleza de esta lucha.

No estamos viviendo bajo el imperio de la ley. Desde que tomó posesión, Calderón se ha dedicado a desmantelar el estado de derecho, con la complicidad de los otros poderes constituidos y de los llamados “fácticos”. El Ejecutivo viola sistemáticamente la ley y los derechos humanos. La Corte y el Congreso otorgan certificados de impunidad a quienes lo hacen, como ilustra ejemplarmente el caso de Oaxaca.

Persistir en el uso de los recursos legales no debe significar cerrar los ojos a ese estado de cosas. La violencia reinante es cada vez más inducida o por lo menos propiciada por la violencia arbitraria, ilegal, practicada por el gobierno. Con el pretexto del narcotráfico, la gripe A/H1N1 o cualquier otra cosa, los diversos niveles de gobierno aumentan el control de la población, la intimidan y acosan continuamente, criminalizan el movimiento social y extienden la militarización del país.

El sindicato sabe bien cómo fue torcida la ley en su contra. No es algo casual o específico, sino una manera de actuar. La debilidad política de Calderón, su reconocida incompetencia y su estrechez de miras dificultan percibir la desmesura de su ambición: quiere reconstituir el país para establecer en el lugar del antiguo régimen una república autoritaria al servicio del capital. En esa tarea, que ha estado realizando a la vista de todos y con la complicidad de muchos, la destrucción del SME tiene valor real y simbólico. En el nuevo régimen no tendrán cabida la autonomía sindical o la dignidad de los trabajadores. Sólo aparatos corporativos dóciles podrán seguir en operación.

La derrota de los controladores aéreos por Reagan, y la de los mineros ingleses por la Thatcher, marcaron el principio de la estrategia neoliberal, que empezó por la demolición del primero de los acuerdos keynesianos que en los años 30 permitieron salir de la gran depresión: la integración institucional de los trabajadores. La estrategia se basó en buena medida en esa desincorporación. Pero ha llegado a su fin. Los trabajadores están encontrando, en medio de la crisis, recursos para revertirla.

Con su decisión Calderón no sólo busca revertir notables conquistas de un grupo de trabajadores. Quiere cancelar, simbólicamente, la forma de autonomía sindical que supone participación efectiva de los trabajadores en la administración de la empresa. Pero lo intenta fuera de lugar y de momento. Aunque recibe apoyo masivo e inmediato de socios y cómplices, precipita una respuesta de cuantos se oponen a esa forma de reconstitución del país.

Los asuntos constitucionales no son cuestiones de derecho, sino de poder. La reconstitución que ha estado intentando Calderón, en la ruta que se abrió desde Salinas, se ha basado en el uso de la fuerza pública y el respaldo de los poderes fácticos; sólo marginalmente ha recurrido a procedimientos legales, armados en lo oscurito como concertacesión con las mafias del PRI. Intenta seguir por ese camino. Como advierte el siempre perspicaz diputado Muñoz Ledo, podría incluso tratar de deshacerse del Congreso si se interpone en su obra destructiva.

El SME necesita tener clara conciencia de que la larga lucha de resistencia que ha iniciado no se resolverá mediante un acuerdo negociado que revierta la decisión tomada. Su única esperanza radica en la formación de una fuerza política no partidaria capaz de imponer a los poderes constituidos un cambio que rebasa sus legítimas reivindicaciones, un cambio que se plantee también la reconstitución del país, pero en sentido contrario al que Calderón pretende.

No bastarán las tradicionales alianzas que el SME está concertando. Necesita a la gente misma, no sólo a las organizaciones gremiales. Y para esto necesita una campaña incesante de información. Debe mostrar que la ruina de la compañía fue una decisión programada: la obligaban a vender barato, comprar caro y operar con equipos obsoletos porque se buscaba liquidarla, no darle viabilidad. Debe mostrar de qué se trata hoy. Caería bien la autocrítica: reconocer vicios, corruptelas e inercias del propio SME. Pero al mismo tiempo mostrar lo que ha sido, es y significa este sindicato como expresión de autonomía y dignidad de los trabajadores. En ese camino, el SME podrá encontrar el muy sólido apoyo de los inmensos batallones de descontentos creados por el neoliberalismo, que desde hace tiempo se aprestan a reorganizar el país desde abajo y a la izquierda.

gustavoesteva@gmail.com



21 sep 2009


La ilusión restauradora




Gustavo Esteva

"Aquí estamos los priístas para poner de nuevo a México de pie", dijo un tal Levín en el Congreso al estrenarse la nueva legislatura. Fue un traspié. Sólo los priístas y sus cómplices viven de rodillas, esperando las instrucciones superiores que pueden o no ordenarles que se pongan de pie. Pero la frase forma parte de la campaña propagandística sobre el regreso del PRI. Lo ocurrido en estas elecciones sería anticipo de su triunfo inevitable en 2012. No sólo lo dicen los priístas. Muchas personas empiezan a creerlo, sea que lo vean como promesa o amenaza.

Es cierto que, si llegan a celebrarse elecciones en 2012, las podría ganar el PRI. Utilizaría las mañas que empleó desde su nacimiento. Pero no es posible la restauración. Lo que era ya no es. Habría otra cosa.

El PRI original, en tres membretes sucesivos, fue una creación del gobierno que cumplió diversas funciones para los poderes constituidos: oficina electoral, dispositivo de control social y político, mecanismo de desahogo de tensiones y contradicciones entre grupos de poder…

A lo largo de su accidentada vida, este aparato sufrió todo género de transformaciones y mutaciones, tanto en su orientación ideológica y política como en sus estructuras y formas de operación, pero se mantuvieron sin cambios dos principios inmutables de funcionamiento: el sagrado principio de obediencia a la “voz del amo” (lo que no implicaba necesariamente lealtad al amo en turno) y la fusión plena de partido y gobierno.

Carlos Salinas utilizó plenamente estas normas de operación del “sistema” para desmantelarlo. Por eso decía que no había cometido el error de Gorbachov: utilizó todos los instrumentos autoritarios del antiguo régimen para imponer la reforma económica neoliberal. Sólo inició la política cuando no le quedó otro remedio, a raíz del levantamiento zapatista. Una y otra vez ordenó a todos los cuadros priístas: “Pónganse una pistola en la sien”. “Sí, señor presidente”, le contestaron. “Disparen”, les ordenó. Y dispararon. Se inmolaron y la reforma política quedó inconclusa.

El gerente Zedillo, el asesino de Acteal, se ocupó de administrar los restos del “sistema” para entregarlo irresponsablemente a los “poderes fácticos” y a sus nuevos representantes. Los priístas transformaron su desconcertado desconsuelo en un empeño de reconstrucción a escala menor. Apelaron a su condición mafiosa tradicional para utilizar con autonomía feudos municipales, regionales, estatales y gremiales, en los cuales siguieron aplicando sus principios inmutables: fieles a sus hábitos, a su historia, obedecían ahora a los amos locales, en los que todavía se observaba la tradicional fusión de partido y gobierno, aunque se tuviera ya acceso limitado o indirecto a los recursos federales.

El antiguo PRI quedó así reducido a franquicia, cuyos concesionarios disputan interminablemente entre sí para conquistar alguna forma de hegemonía y sólo unen fuerzas, en forma transitoria y efímera, para sus periódicas negociaciones colectivas con el gobierno federal, ante amenazas que exigen solidaridad (por ejemplo para proteger a los Ruiz o a los Marín), o para compartir sueños de restauración.

Son sólo sueños. El salinero que hoy circula por el PRI no es el regreso del amo, que ya no tiene las facultades que tenía. Si se cumple la pesadilla y un miembro del PRI ocupa la Presidencia de la República, no estaría ya en la silla imperial de sus antecesores. Hay otro país en otro mundo.

En la economía, Miguel de la Madrid controlaba dos terceras partes de una economía cerrada. El sector público era decisivo. Desde Fox, tras la privatización, el sector público representa una quinta parte de una economía muy abierta, lo que implica que ya no se decide en el país lo que pasa en ella.

El cambio es más claro en lo político. Un presidente priísta controlaba gabinete, partido, Congreso, Poder Judicial e indirectamente hasta el último rincón del país, a través de organizaciones mafiosas. Fox no controlaba ya ni la casa presidencial. Un presidente priísta intentaría recomponer la estructura, pero le resultaría imposible: ya no tendría con qué.

Tiene razón don Porfirio El Tránsfuga: Felipe Calderón podría traducir su incapacidad de gobernar en renuncia, dando así cauce a la pospuesta transición política. Pero ni él tiene esa dignidad ni los operadores del mecanismo pueden ocuparse de esa tarea, entretenidos en sus disputas menores o anticipando vísperas.

En los próximos meses, PRI, PAN, PRD y la morralla seguirán con sus disputas internas e intercambiando prebendas por favores, mientras el país sigue cayendo a pedazos. Acordarán fuegos de artificio sobre reformas y planes de emergencia. Nunca podrán entender por qué fueron tratados como la chatarra política que son cuando llegue el momento, que se prepara desde abajo y a la izquierda.

gustavoesteva@gmail.com





27 jul 2009


Cambio de carril



Gustavo Esteva


Las posturas de la clase política después del 5 de julio ratifican la descalificación que los ciudadanos expresaron ese día. Su carril se ha vuelto intransitable.

Voceros del PRI aluden continuamente a "las mayorías" que les habrían dado el triunfo. ¿Mayorías? ¿Poco más de 10 por ciento de los mexicanos? Con toda suerte de trácalas, operadas por los gobernadores de esa franquicia, el PRI logró apenas mantener su viejo voto "duro", formado con intimidación, corrupción y otros mecanismos de control. ¿Es esa la legitimidad que pretenden?

No fueron los mexicanos en general ni los electores en particular quienes dieron la victoria al PRI. Fueron PRD y PAN. A ellos se la deben. El PAN consiguió la derrota más espectacular de su historia cuando combinó la incompetencia, corrupción y autoritarismo del gobierno con el desaseo de sus decisiones electorales. El PRD demostró que su orientación ideológica, su plataforma y su discurso son sólo trucos publicitarios para proteger prebendas y ambiciones menores de pequeños grupos en perpetua rivalidad.

Aparece de nuevo la jerga del disimulo: la depuración, la refundación, la recomposición… Antes de iniciar siquiera una reflexión rigurosa sobre lo ocurrido se apresura el paso para preparar precipitadamente el circo de los próximos dos años.

Hasta los autores del desaguisado reconocen que el sistema político mexicano padece una grave crisis de representatividad. Lo que no dicen es que carece de remedio interno. Los procedimientos vigentes dan a esos cuadros ilegítimos la facultad exclusiva de modificarlos. Ninguno de ellos se muestra dispuesto a lo que ven como suicidio político: disolver la estructura que forma el estilo oligárquico dominante.

“El pueblo tiene en todo tiempo –dice el artículo 39 de nuestra Constitución– el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”. Este derecho queda nulificado si su ejercicio depende de la interpretación que de él hagan funcionarios del gobierno. No cabe aceptar esa interpretación, que finalmente reduce toda posibilidad de cambio al supuesto "constituyente permanente", a funcionarios que no son representantes legítimos del pueblo mexicano.

Los asuntos constitucionales, decía Lasalle hace siglo y medio, no son asuntos de derecho, sino de poder. Son cuestión de poder político. Ha llegado la hora de ejercer la fuerza constituyente de los ciudadanos para modificar la forma de su gobierno. La actual es a todas luces inadecuada, tanto para enfrentar los enormes desafíos que enfrentamos como para dar cauce y expresión a la voluntad de los mexicanos.

Desde hace años se extiende la convicción de que necesitamos una nueva asamblea constituyente. Es inútil y contraproducente seguir aplicando parches a lo que queda de la Constitución de 1917 –convertida por sucesivos presidentes, con la complicidad de todos los partidos, en un documento incoherente y obsoleto, que además de traicionar los impulsos de la primera revolución social del siglo XX bloquea el aliento emancipador con el que se ha iniciado el siglo XXI.

Hay acuerdo general en este punto, pero éste se disuelve apenas se intenta hacerlo valer. Como los procedimientos actuales son brutalmente inadecuados para establecer efectiva representatividad, sería absurdo someter a ellos la formación de la asamblea constituyente. Y aún antes de saltar ese obstáculo aparece el que se refiere al régimen de transición. Mientras se celebra tal asamblea, que será inevitablemente larga y compleja, es preciso contar con mecanismos que eviten la violencia –en las confrontaciones que inevitablemente aparecerán– y que puedan encauzar con habilidad y buen juicio la transición hacia la nueva Constitución.

Aquí se atora la discusión. Cae a pedazos, día tras día, el gobierno actual. Instalado sin legitimidad, demostrada su incompetencia, se refugia cada vez más en el uso de la fuerza, al margen de la Constitución y la voluntad mayoritaria. Los poderes Legislativo y Judicial se hacen cómplices de la maniobra o voltean irresponsablemente a otro lado. Pero no examinamos, ni en público ni en privado, lo que hace falta hacer en tales circunstancias.

Apelar a la imaginación sociológica y política para encontrar la cuadratura a este círculo, que por momentos parece infernal, se vuelve cada vez más urgente. Como expresión de la creciente polarización social y de las crisis que se ahondan, se vislumbra una disyuntiva insoportable: una guerra civil excepcionalmente violenta, sin perfiles claros, que ya está estallando, o un autoritarismo sin precedentes que se extiende y enraiza cotidianamente. Es muy difícil no ver esas opciones: están ante nosotros. Pero aunque es aún más difícil abrir los ojos e imaginar otras opciones, esa es la tarea de hoy.

gustavoesteva@gmail.com



21 jul 2009


La lucha por la democracia


Gustavo Esteva


Felipe Calderón sigue dedicado a la venta del país entero y en muchas regiones se encuentra ya en la etapa de entrega de la mercancía. Se abre así toda suerte de conflictos con los habitantes rurales o urbanos que necesitan ser desplazados para ese fin. Pero la gente no está dispuesta a permitirlo. Se han organizado para resistir y se ocupan con notable vigor de la defensa del territorio, a menudo a partir de amplias coaliciones horizontales que se han ido forjando en el camino. El principal ejemplo sigue siendo el de los zapatistas, pero los casos se multiplican por todo el país. Cada vez más, deben enfrentarse a fuerzas represivas que intentan conseguir mediante la violencia lo que no es posible obtener a través de un proceso político democrático


Nota Completa :




29 jun 2009

Gustavo está en todo su derecho de no votar , pero si ponemos atención , nos daremos cuenta que de todo lo que el se queja , siempre de los siempres ha estado en la plataforma política de Andrés Manuel López Obrador ; es más , creo que en el fondo es lo que Gustavo nos quiere decir . El narra con detalle todos y cada uno de los puntos por los que el Peje siempre ha luchado.

Yo no dejo de sorprenderme , está a la vista , es evidente , no hay pierde , la opción en estas elecciones es votar por los partidos que apoyan al Peje .



Votación cómplice








Gustavo Esteva/ II


Este domingo 5 de julio iré a platicar con mis amigos y vecinos en San Pablo Etla. Quizá vayamos a visitar las urnas. Pero no votaré.

Conozco personalmente a algunos candidatos. Son personas íntegras y comprometidas. No sólo les compraría un auto usado; podría poner mi vida en sus manos. Pero no comparto su esperanza de que unas cuantas voces dignas e independientes podrán rescatar lo que ya se pudrió. Parecen convencidos de una ilusión perversa: que la agregación estadística de votos, tras una larga serie de manipulaciones y trácalas, podrá crear una representación legítima de los ciudadanos y que estos representantes se ocuparán del interés general. O peor aún: que así un líder carismático, honesto y capaz nos conducirá a todos a buen puerto. Es tiempo de abandonar estos viejos cuentos para niños, que han resultado desastrosos.

No votaré porque no quiero hacerme cómplice de este régimen. Votar por candidatos o partidos o anular mi voto significa respaldar políticamente a este sistema, confiar en él, rendirme a sus procedimientos, participar en sus trampas antidemocráticas. Por eso renuncio a mi derecho a votar.

No quiero ser cómplice de un régimen en que política y policía se confunden. El uso arbitrario y cada vez más ilegal de las fuerzas policiacas y militares está al servicio de un proyecto político espurio y tiene un efecto político siniestro: construye, con el miedo, la crispación y el odio que gobierno y medios inyectan continuamente en la población, el apoyo social y político que se necesita para profundizar y arraigar el autoritarismo. Hace algún tiempo esta combinación se llamaba fascismo.

No quiero ser cómplice de un gobierno que opera ya bajo la forma de crimen organizado: viola continuamente la ley en sus mafiosas corruptelas, su continua apropiación privada del patrimonio público y su criminalización de los movimientos sociales, y garantiza impunidad a cuantos cometen las tropelías que organiza, promueve y protege.

No quiero ser cómplice de un sistema electoral que ha quedado al servicio de grupos oligárquicos corruptos e incompetentes y que sólo sirve ya para mantenerlos en el control de los aparatos del Estado.

No quiero ser cómplice de un régimen que se ha rendido sin reservas, irresponsablemente, a la mafia de los medios masivos de comunicación, y se ha puesto, sin reservas, al servicio del capital, cada vez más trasnacionalizado.

No quiero ser cómplice de los operadores del sistema y del sistema mismo. No basta cambiarlos, con la esperanza de que otros mejores podrán transformarlo y ponerlo al servicio de la gente y de la nación. Nuestra propia experiencia y la que observamos en otras partes del mundo ofrecen pruebas abundantes de que el conjunto de las instituciones, incluyendo muy claramente las electorales, son parte central de las dificultades que enfrentamos. No se trata de seguir pegándoles parches, como hemos hecho por décadas, sino de crear otras que las sustituyan.

La democracia no puede estar sino adonde la gente está. No es democracia la que instala allá arriba, con cualquier procedimiento, a un grupo cuyo carácter oligárquico se vuelve inevitable. La llamada alternancia no es sino la rotación de elites autodesignadas, que controlan un sistema que asegura su perpetua y decadente reproducción.

El régimen actual, en que lo político no puede disociarse de lo económico, ha destrozado el país en todos sus aspectos. Una quinta parte de los mexicanos se amontonan en una ciudad monstruosa, cada vez más invivible, y otra quinta parte de ha visto forzada a emigrar. La mayoría está condenada a la estricta lucha por la supervivencia, bajo amenaza constante de la policía, en un clima de violencia creciente. Ese régimen, cuya cuenta ecológica es ya insoportable, sigue produciendo algunos de los hombres más ricos del mundo y muchos de los más pobres. Su inusitada miopía, su empleo obsesivo de mediciones económicas obsoletas y su irresponsable cinismo nos han llevado al despeñadero.

Ante la catástrofe, no basta ya luchar por la democracia. Tenemos que luchar por la liberación. Y esta tarea, la lucha de hoy, sólo puede darse con la propia gente, en pueblos y barrios, en comunidades reales –construyéndolas, regenerándolas, inventándolas. Sólo desde ellas, desde organizaciones que están realmente bajo el control de quienes las constituyen, podemos ocuparnos de reorganizar la sociedad de abajo hacia arriba y crear las instituciones y los procedimientos políticos que aseguren no sólo una auténtica democracia, sino una forma de vida en que la dignidad y la diferencia no sólo sean reconocidas y respetadas, sino celebradas.

gustavoesteva@gmail.com




15 jun 2009


Votación cómplice

Gustavo Esteva/ I


La profunda polarización de la sociedad mexicana se hará bastante evidente el 5 de julio. Pero las evidencias serán confusas. Lo que nos divide seguirá siendo impreciso.

La polarización no enfrentará a quienes votarán por algún candidato o partido con quienes anularán su voto. Hay entre ellos más coincidencias que diferencias y comparten el descontento que afecta al país entero.

La irritación con las clases políticas se observa hasta entre quienes forman el voto duro de cada partido. Ahí están militantes que votarán siempre por su partido, aunque estén muy enojados con él. Y están también quienes son forzados a votar, con presiones, amenazas o manipulaciones, y lo hacen a disgusto, "bajo protesta".

Muchas personas irán a votar porque piensan que no hay otra opción y les machacan continuamente que es su obligación hacerlo, no porque estén satisfechos con lo que ocurre o por un "compromiso democrático". Algunos descontentos están buscando afanosamente el candidato menos malo, para tratar de dar algún sentido a su voto.

Será una votación sin interés ni entusiasmo, realizada por ciudadanos frustrados, resignados y molestos que se sienten atrapados en una situación de la que no saben cómo salir. Se apegan al patrón establecido porque ninguna otra cosa tiene sentido actual para ellos y porque se les ocultan o criminalizan las alternativas.

No es convincente la conjetura de que la promoción del voto nulo es una conspiración de la derecha. La impulsan ciudadanos de muy diversas afiliaciones políticas.

Carece de sustento la hipótesis de que el voto nulo y la abstención beneficiarían sólo al PAN, el PRI o la "ultraderecha". Aparentemente, sólo si la votación se redujera sustancialmente el PRD y el FAP podrían rebasar su meta optimista de 18 por ciento, el nivel de las votaciones recientes: con 70 por ciento de abstención y voto nulo, su voto duro podría alcanzar sin dificultad la tercera parte de los votos por partido…

Entre los votantes y hasta entre los candidatos existen personas muy estimables, íntegras, seriamente interesadas en el bien común y dispuestas a dar la vida o por lo menos toda su energía, esfuerzo y pasión por aquello en lo que creen: el régimen político actual y su manera específica de constituir el poder político y practicar el gobierno, eso que todavía llaman "democracia". No es muy democrático, sin embargo, que descalifiquen todo intento de construir otro género de democracia. "No votar sirve al autoritarismo", dicen por ejemplo algunos de ellos. Habrá que divulgarlo en Finlandia, donde votó menos de 20 por ciento la semana pasada.

Irá a votar, probablemente, una minoría de la población. El voto será posiblemente menor que el de 2003, cuando votó 42 por ciento de los electores. Al dar ese voto desganado, que respalda al sistema político y económico dominante, esa minoría quedará enfrentada a una mayoría que ya está harta de él. No serán tantos como antes los que se abstengan por apatía, indiferencia y falta de responsabilidad política. Una serie de factores ha estimulado la participación política. Pero esos mismos factores y otros han producido inmenso desencanto, que provoca creciente deserción de las urnas, en México y en todo el mundo.

Entre quienes se abstienen de votar hay un número incierto de personas cuyo pensamiento se asemeja mucho al de los que votan "bajo protesta": piensan también que el régimen dominante es la única opción. Expresan su descontento con la abstención porque consideran estéril el procedimiento: no logrará cambiar algo que ya se pudrió. Es una abstención sin esperanza alguna.

En contraste, un número muy grande de abstencionistas, quizás la mayoría, dejará de votar esta vez como expresión de una postura política clara. No quieren hacerse cómplices de un régimen en el cual, como dice el Comité Invisible y recordé aquí hace 15 días, política y policía se han vuelto sinónimos y las elecciones sólo sirven para definir quién tendrá el privilegio de ejercer el terror.

Tales abstencionistas, además, no sólo están convencidos de que existe opción, sino que se dedican a construirla desde abajo y a la izquierda. Consideran que, en las circunstancias actuales, la vía electoral y la democracia representativa son la peor de las opciones disponibles.

Más que por el voto nulo, el gobierno, los partidos y los votantes deberían preocuparse seriamente por este sector de abstencionistas comprometidos, políticamente muy activos, entre los cuales predomina la convicción de la no violencia y la pasión democrática. Es falsa la dicotomía democracia formal/dictadura, como es falso que la única alternativa al camino electoral sea la vía armada.

La opción está a la vista… pero se necesita cierto tipo de mirada para atreverse a verla.

gustavoesteva@gmail.com



6 abr 2009


El tabú de la tribu
Gustavo Esteva


La etiqueta "Estado fallido" es una noción vaga e inasible que Estados Unidos emplea para dar apariencia de legitimidad a sus injerencias en otros países. Pegarla sobre México revelaría la intención de intervenir en el país para rescatar a Calderón de su desastre.

La noción es espuria, pero no el hecho. Una larga gestión fallida ha producido un fracaso rotundo. Botones de muestra:

● Una quinta parte de los mexicanos ha tenido que emigrar.

● La desnutrición se extiende, junto al hambre absoluta y el número de pobres.

● La violencia caracteriza la vida cotidiana –con decapitados, fosas comunes y cadáveres colgados de puentes. La peor es la del Estado, que acumula muertos, heridos y desaparecidos. La Suprema Corte certifica formal y pomposamente las violaciones a leyes, garantías individuales y derechos humanos… así como la impunidad de quienes las cometen. Los ministros, bien forrados los bolsillos, contribuyen al desmantelamiento sistemático del estado de derecho y visten al despotismo con el manto de simulacros de tribunales.

● Tras el feminicidio, en Ciudad Juárez se entregaron funciones civiles al Ejército sin declarar el estado de excepción. Celebrar esta violación abierta de la ley sirve para acreditar tal política ante ciudadanos intimidados por la violencia y el uso arbitrario, general e insensato de la fuerza pública, que constituye ya la fuente principal de inseguridad.

● Mientras desaparecen los empleos, las formas autónomas de trabajo digno sufren persecución feroz.

● La representación ciudadana se rinde al juego de las mafias y los "poderes fácticos"…

● Los funcionarios electos, empezando por el Presidente, llegaron a sus posiciones en elecciones cuestionadas, basadas en la manipulación, la compra de votos y el fraude electoral, rasgos que también caracterizan la vida interna de los partidos.

● El fracaso generalizado del Estado incluye el del mercado, abandonado irresponsablemente a su propia dinámica, bajo el prejuicio interesado de su supuesta capacidad de autorregulación.

Aunque la situación en México es particularmente grave, estos fracasos son bastante generales y exigen preguntarse por el sistema mismo –no sólo por sus operadores o rasgos. En el mejor de los casos, el régimen democrático opera como una oligarquía benevolente y en el peor –Oaxaca, digamos– es el manto que cubre a una tiranía corrupta y sicopática.

En vez de ocuparse del fondo del asunto, empero, para hacer frente a la crisis profunda que apenas empieza, funcionarios y políticos de todo el espectro ideológico se aferran a esas instituciones fracasadas, como si fueran todavía tablas de salvación: sólo las próximas elecciones y el 2012 concentran su atención, sólo la lógica del poder por el poder.

“En el punto en que la democracia se afirma como tabú de la tribu empieza a negarse a sí misma, a instituirse como manera desnuda de dominio, como bruta sinrazón sin otro objeto que perpetuar el para tantos insoslayable estado de cosas… ¿No será ésta nuestra peculiar variante de fundamentalismo? ¿No se tiene a sí mismo por el único camino verdadero en vez de uno más entre los posibles o deseables? ¿No comparte con otros fundamentalismos análoga pretensión de verdad definitiva y conquista irrenunciable? ¿No le animan idénticas aspiraciones de universalidad y criminal celo expansivo? ¿No se adorna de una misma ceguera respecto a sí mismo? ¿No se estará creyendo en la Democracia bajo la misma ilusión con que se cree en el Corán o en el carácter divino del imperio?”

Archipiélago (núm.9) lanzó esta advertencia en plena transición española. Le pareció que el cinismo, la corrupción y el desarreglo de gobiernos y partidos, así como la continua inyección de miedo, miseria y frustración que aplican a sus súbditos exigían rehacer los fundamentos de las instituciones en que se ampara el presente estado de cosas, sin ceder al chantaje de la mentirosa dicotomía Democracia/Dictadura…

Los mexicanos lo sabemos bien. Probamos ya todo. No bastan reformas del sistema o recambio de dirigentes o partidos. El sistema mismo está podrido.

Encerrados en el cuarto de máquinas rodeado de policías, disputando interminablemente sobre el camino a tomar ante la tormenta perfecta, políticos y expertos no se dan cuenta que el barco en que vamos todos se hunde. Pero la gente, en cubierta, se ha dado cuenta y comienza a tomar medidas. Arman botes y balsas, en pequeños grupos, y se lanzan al agua.

Esta imagen, eficaz para describir lo que ocurre arriba y abajo, exige un complemento: las iniciativas que la gente está tomando, por mera supervivencia o porque sienten llegada la oportunidad de alcanzar antiguos ideales, necesitan articularse. Sólo así podrán llegar al archipiélago de la convivialidad y observar desde ahí cómo el barco termina de hundirse, con todos sus "dirigentes" adentro.

gustavoesteva@gmail.com