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26 feb 2012


Por la borda


Rolando Cordera Campos


El jueves, el presidente alborotó la gallera y al oído les pasó a los banqueros información confidencial. Resulta que, de acuerdo con sus encuestas, Josefina va a la alza, de lo que la candidata se congratula, y la contienda se vuelve parejera para dejar atrás al enemigo malo. Buenas noticias para Don Dinero pero malas, muy malas, para los negocios, la inversión y las expectativas optimistas de quienes esperan o esperaban una campaña electoral cuyos resultados principales fueran la normalización democrática de México. Y no son pocos.

“Más bravo que un león”, como dice el corrido de sus nostalgias juveniles, Calderón reitera y magnifica los peores auspicios emitidos sobre la campaña electoral que arranca en marzo. No habrá cuartel, insiste a sus reales y supuestos aliados, los priístas que celebraron los buenos modales del panismo que les concedió el beneficio de la duda en 1988, mientras reitera su decisión de incendiar la pradera y el pesebre de Belén antes de entregar el mando a uno de sus macabeos.

Todo se vale en política, dijo un vate adiestrado en la politología americana, y los depositarios de la herencia de Fox y Clouthier se muestran dispuestos a hacer honor al bárbaro dicho. ¡Que arda Roma!, dirá algún despistado, antes que atestiguar en tierra azteca el regreso de los chichimecas. Que incluye a los descendientes de Mesoamérica, en especial a los que se atreven a mascullar reclamos de justicia social y solidaridad tangible.

Calderón nos ha hecho el favor ingrato de obligarnos a reflexionar, otra vez, sobre la presidencia que el Estado mexicano requiere para que la sociedad sobreviva como nación en el torbellino de la globalidad encendida por la crisis. Sin contexto ilustrado alguno sobre lo que ocurre en el mundo, que para él es ancho y ajeno, salvo cuando vuela y aterriza en tierra incógnita, el depositario del Poder Ejecutivo deambula por el territorio físico e imaginario de los mexicanos y derrama despropósitos y uno que otro don efímero, como el de la cobertura universal en salud o el abatimiento de la pobreza inicua que viven millones.

Para el caso, poco o nada de esto importa, porque lo único que cuenta es el rating televisivo o los puntos positivos en encuestas que, por lo general, miden o llevan a cabo almas generosas, que no por ello dejan de ser menos corporativas. Presa de sus fantasmagorías de fin de sexenio y gloria, Calderón se despoja del más mínimo sentido del deber republicano y arrambla contra el adversario, otrora colaborador, sin perder de vista al enemigo principal que es, como lo ha sido siempre, la izquierda, ahora arropada por una vasta legión popular.

No importa, y a estas alturas casi nadie se acordará bien de lo dicho, si el Presidente dio a conocer una encuesta panista de la que nadie hizo caso o si desveló una primicia, “una nota”, fruto de los trabajos y los días de su oficina presidencial. Menos relevante aún es si en efecto Josefina va para arriba y el enemigo malo se quedó a ras del suelo. Poco va a valer si algún avezado abogado priísta demuestra la violación presidencial de la ley electoral. Todo eso y más, pierde peso ante el hecho puro y duro de que el Presidente decidió en público de la gente, de su gente habría que agregar, plantear una batalla de todo o nada en la arena precisamente inventada por la humanidad para salir al paso a su propia y autodestructiva proclividad por los absolutos, de la cual sólo resultan desastres, violencia y muerte.

Como presidente de la República, Felipe Calderón se comportó el jueves pasado irresponsablemente, aunque sus partidarios y colaboradores se dediquen ahora a enaltecer su astucia electoralista. No está a discusión su derecho a actuar como ciudadano en política ni siquiera su prudencia como gobernante, sino su responsabilidad política como demócrata y, a la vez, como portador del mayor poder legal que la Constitución otorga a ciudadano alguno.

Que un mandatario acuda a un cenáculo empresarial oligárquico, ocurre todos los días y en todos lados. Tal es el espectáculo global de una democracia colonizada por los poderes de hecho que reclaman urbi et orbi su derecho a regir. Pero acudir a una cita bancaria a darle “tips” al vecindario y a venderle a los inversionistas mayores abalorios para un porvenir imaginario es demasiado, incluso para una democracia tan maltratada y silvestre como la nuestra.

Asumirse como la encarnación del “comité ejecutivo de la burguesía” para quedar bien con los cuates, es un regalo envenenado para un fin de fiesta que, de seguir como va, Calderón quiere incendiado.

Lo que el Presidente puso en el centro del debate político no es, en lo fundamental, su capacidad como gobernante, sino algo más grave y profundo. Tiene que ver con la legitimidad del Estado que, en una democracia, depende de su eficacia para demostrar en los hechos y conforme al derecho que su gobierno responde a todos y piensa en y para todos. La autoridad política deriva de que este compromiso primordial se valide y renueve todos los días. Y es esto lo que Calderón ha echado por la borda.





9 ene 2011




¿Puro restar?






Rolando Cordera Campos




El año arranca con la buena noticia de que Alejandro Encinas está dispuesto a encabezar a la izquierda en las elecciones del estado de México. Sin duda, una participación como la que Encinas promete puede no sólo empujar a los partidos coaligados a una búsqueda creíble y saludable de nuevos senderos populares sino abrir camino para que la izquierda en su conjunto se haga cargo de que sin programa político no hay proyecto nacional de recambio, ni una democracia que pueda ampliarse y profundizarse, con capacidad de crítica de las estructuras existentes y con legitimidad y capacidad institucional para remover las relaciones caducas y abrir un nuevo curso para el desarrollo de México.

De todo esto está urgida la sociedad y sería en verdad muy bueno que de nuevo fuera la izquierda la que hiciera punta en una empresa que, de iniciarse, pronto descubriría que trasciende las normales y formales fronteras partidistas. El esfuerzo requerido para una renovación no rutinaria de la economía y la sociedad mexicanas no puede sustentarlo un partido solo, ni siquiera un gobierno que pretenda ser renovador. La necesidad de un cambio de rumbo puede postularse desde distintos miradores, pero si se plantea para el conjunto de la economía política y toca los tejidos básicos de las relaciones del Estado nacional con el resto del mundo, entonces debe vérsele como un emprendimiento que para volverse realidad deberá cruzar verticalmente al conjunto social y horizontalmente a las formaciones políticas convencionales.

Si un empeño de esta naturaleza puede materializarse por las vías democrático-representativas dependerá de la robustez que puedan adquirir en estos años los partidos políticos, por un lado, pero también las propias estructuras organizativas e institucionales que sostienen el sistema político. Mucho queda por andar en la reconstitución de un Congreso capaz a su vez de volverse parlamento y todavía más para que el país pueda presumir de contar con un sistema de partidos a la altura de sus desafíos.

Frente a todo esto, meter de contrabando un bipartidismo artificial, so pretexto de la necesidad de asegurar la “gobernabilidad” del sistema y apurar el paso de las reformas de estructura que supuesta o realmente se requieren para crecer y modernizar la sociedad y la economía, no coadyuvaría a aclarar el turbio panorama de las relaciones políticas actuales, pero sí puede hacer mucho por enturbiarlas más. Insistir en una opción de esta naturaleza es ofrecer el despeñadero de la simulación política como horizonte, contribuir a la confusión atemorizada de una comunidad nacional acosada por la inseguridad y la violencia, así como por una precariedad social y laboral que por sí solas nos han puesto cerca del precipicio.

La opción de Encinas puede catalizar sentimientos como los sugeridos y abrir paso a una reflexión de alcance nacional como lo requiere el país y la izquierda necesita como si fuera oxígeno. Un escenario tan complejo y potente como es el estado de México sería ideal para un ejercicio de confrontación y meditación como este.

Una candidatura transparente, en condiciones de unir el discurso local con la construcción de una perspectiva nacional diferente a la imperante, que se haga cargo de la dificultad de gobernar el cambio de curso sin caer en la resignación y el fatalismo que ahora ofrecen como placebo los neoliberales y la triste tecnocracia que les va quedando, puede ser la aportación que haga a México una izquierda desgarrada por sus mezquindades y miopías pero, por lo visto y oído en estos días, de parte de Ebrard, López Obrador y el propio Encinas, todavía en condiciones de plantearse tareas de transformación y a largo plazo.

Esperemos que, para el bien de todos, Alejandro Encinas tenga todo en regla, como recuerda este sábado en Milenio Carlos Puig que le asegurara hace meses en una entrevista televisada, y que los otros partidos y los poderes de hecho tan frondosos en la entidad de Fabela entiendan que una contienda como la que puede plantear Encinas será de provecho no sólo para el futuro de los mexiquenses sino para el país todo.

Desde las cúpulas pero también desde las muchas bases de la sociedad y la política, la tarea nacional de estos lúgubres años de la alternancia parece haber sido restar y restar. Lo de Encinas puede ser el inicio de una difícil pero promisoria suma.







25 oct 2009


De privilegios y malas intenciones



Rolando Cordera Campos

Al convertir en argumento absoluto el de los privilegios salariales y en prestaciones logrados por el SME, se soslaya hasta su desaparición la concentración del ingreso y la riqueza y sus correlatos más estridentes: el régimen general de bajos salarios y desprotección social y laboral de la mayoría de los trabajadores, y el regresivo régimen fiscal que acaba de confirmar el Congreso. Es decir, se incurre en una suerte de populismo del acomodo, una populina barata, siempre a la orden de quienes han hecho de su privilegio individual y de grupo una costumbre inamovible, cuyo respeto es entendido como un deber para el resto de la población.

Al dejar de lado la cuestión productiva y de la productividad, o al achacar su situación al supuesto privilegio de los sindicalizados del SME, se soslaya lo fundamental: que por años se ha descuidado la inversión básica en la industria eléctrica, se ha hecho de lado la organización y la administración que es responsabilidad de los directivos, y que los gobiernos se han hecho de la vista gorda, so pretexto de la ingobernabilidad del sindicato y, tal vez, con el propósito nunca dicho de hacer evidente no la necesidad de la reforma de la industria para ajustarla al mandato constitucional de integración y planeación en condiciones de exclusividad estatal, sino su privatización abierta o solapada.

La ofensiva apenas iniciada ahora contra la CFE confirma esta tendencia, a la que no son ajenos muchos renombrados miembros del palenque político actual. Al regodeo con la satisfacción de los acomodados se suma el de los altos mandos del Estado con su habilidad y astucia para poner debajo de la alfombra los problemas y dilemas fundamentales con los que tendrían que lidiar cotidianamente.

Un orden basado en el soslayo, la mentira y la irresponsabilidad pública, no puede ser atractivo para la inversión ni garante de la mínima estabilidad financiera y social que la acumulación sostenida de capital reclama aquí y en China. No son los supuestos excesos del trabajo organizado, que representa una inicua minoría del mundo laboral mexicano, los que explican nuestro retiro del mundo, sino la contumacia de los grupos dominantes, desde hace mucho inextricablemente amarrados a los grupos dirigentes del Estado, por mantener un estado de cosas unilateral e irreductiblemente favorable a ellos en todos los espacios públicos y privados de la vida en México. De varias maneras, esta circunstancia se despliega en una irrefrenable tentación oligárquica de los ricos y sus patéticos exegetas, pero también en formas de vida cotidiana de ricos, no tan ricos y pobres de toda laya, siempre cercanas a la pesadilla y el miedo personal, familiar y comunitario.

La enésima no reforma fiscal que nos asesta el Congreso es una expresión sinuosa o difractada, directa o desfachatada, según se la quiera ver, de esta desorganización política y mental del Estado, cuya fuente está en la concentración de riqueza, poder y privilegio que ni la Revolución encarnada en el presidencialismo autoritario ni la democracia encarnada en el Espíritu Santo han podido conmover. La distancia lograda por los grupos políticos emanados de la transición a la democracia, respecto de la base social y de sus propias bases y clientelas, puede llevar a algunos a hablar de una clase política, pero también habría que admitir la posibilidad de que se trate de una subespecie suicida, cuya procacidad y gusto por la fantochería sólo la acerca al fascismo corriente que algunos ideólogos oficiosos o bajo contrato de la derecha han empezado a cultivar so pretexto de la lucha contra el privilegio… de los de abajo.

Lo que hay que evitar es que nos arrastren.





18 oct 2009


Para no dar marcha atrás




Rolando Cordera Campos

Más que una anacronía, el sindicato es una necesidad del capitalismo moderno, hoy de nuevo en intensa transformación. Para recuperar alguna dosis mínima de estabilidad financiera y económica, sin incurrir en reversiones proteccionistas de la globalización, se requiere un mínimo de estabilidad política y social en un mundo cruzado por el desempleo masivo, el cambio técnico y una toma de conciencia casi universal sobre la desigualdad y sus nefastos efectos, no sólo morales sino económicos. Y en este cuadrante en construcción al calor de la crisis global, el mundo del trabajo ocupa un lugar central, si no es que decisivo.

Esta centralidad del tema laboral se condensa hoy en el desempleo, pero es claro que ésta es apenas la punta de un iceberg profundo y lleno de aristas que recoge los abusos que en materia de derechos sociales consagrados llevó a cabo la “revolución de los ricos” desatada por Reagan y Thatcher y que tan bien recibida fue por nuestros plutócratas vernáculos y sus intérpretes en el Estado. De una u otra forma, la cuestión de la protección social y de la evolución de los derechos que la acompañó a todo lo largo del siglo XX está de nuevo con nosotros, y para un país como México, tan dejado de la mano de Dios en ésta como en otras materias cruciales, resulta vital tomar nota y prepararse para cambiar hábitos y reflejos, abandonar una sabiduría convencional adocenada y asumir que en este asunto, el de la cuestión social, tiene que actuar y pronto.

La gloriosa victoria del presidente Calderón en su guerra contra el SME puede ayudarle a conciliar el sueño pero no darle satisfacción alguna como gobernante, mucho menos si insiste en verse y presentarse como político demócrata. Lo que el gobierno hizo fue dar un golpe de mano que preparó en la penumbra de sus conciliábulos y comisiones sin dar noticia a nadie. No fue un procedimiento democrático, mucho menos una intervención congruente con sus promesas electorales o la plataforma actual e histórica de su partido. Se trató, más bien, de una suerte de “solución final” contraria a muchos derechos y mandatos procesales, que pone en la calle de un plumazo a cerca de cuarenta mil trabajadores.

Los supuestos privilegios obtenidos por el SME en décadas de lucha gremial tienen que ser detallados por sus críticos y verdugos, así como por los gobernantes y administradores que acordaron las negociaciones y firmaron las respectivas revisiones del contrato de trabajo. Una cosa es descuidar el servicio, incurrir en irresponsabilidades laborales o administrativas y otra, bien distinta, gozar de mejores salarios que el promedio y tener mecanismos de protección laboral superiores a los de la mayoría. Esto no es un privilegio sino una muestra eficiente de la desigualdad inicua que ha caracterizado nuestro régimen laboral y de protección social.

Hablar de los privilegios de los electricistas en la nueva patria de la empleomanía gubernamental y del añejo territorio de la elusión y la evasión fiscal por parte de los ricos, es una majadería mayúscula de un clasismo corriente que sin darse cuenta está cultivando el huevo de la serpiente de un autoritarismo integrista, sometido a las aspiraciones oligárquicas de la hora y del todo alejado de cualquier diagnóstico moderado de la situación social que guarda nuestro país.

Hace mucho que los grupos gobernantes perdieron la oportunidad de cumplir con la Constitución y sus leyes secundarias en materia eléctrica. El mandato era claro y preciso: el servicio eléctrico es público y responsabilidad del Estado y debe prestarse por una entidad única, como debería ser la CFE, a la que correspondería un solo sindicato que debería ser democrático y capaz de coadyuvar en la planeación y gobernabilidad de una industria estratégica.

No ocurrió así y en vez de ello hemos tenido una penosa privatización de la generación y un desperdicio sostenido en los recursos y capacidades del sector, de lo que en efecto ha sido emblemática Luz y Fuerza.

Fue Fidel Velásquez quien se encargó de dar al traste con los proyectos de integración industrial y democratización sindical a los que con enormes trabajos se había llegado gracias, sobre todo, a la heroica lucha de Rafael Galván y los suyos. Con la complicidad permisiva e irresponsable de los gobiernos de Echeverría y López Portillo, el charrismo reditado por su máximo exponente se apoderó del sindicato y junto con la empresa persiguió a los trabajadores de la Tendencia Democrática, expulsó a Galván del sindicato y les quitó el empleo a cientos o miles de trabajadores.

Nada de esto tuvo corrección ni enmienda en los años de auge petrolero. Lo que sí hubo fue el descuido de la industria y su solapada apertura al capital privado, sobre todo trasnacional, hasta llegar a esta maraña administrativa y laboral de la que, de nuevo, es emblemática Luz y Fuerza.

Se puede aprovechar el viaje autoritario de Calderón para pontificar sobre el fin del sindicalismo o su “jibarización” para convertirlo en oficialía de partes de los empleados o tienda de raya de los patrones. Ésa ha sido una tarea central de la derecha mexicana dentro y fuera del Estado y hoy apoltronada en los organismos cupulares de la patronal. Pero nada de esto tiene que ver con el liberalismo o la democracia en los que presumen inspirarse los perseguidores del SME y, mañana, de todo el que ose cuestionar un orden laboral y un régimen distributivo impresentables antes, en y después de una crisis cuyo mensaje primordial es el de la recuperación de la cohesión y de nuevas claves distributivas globales y nacionales.

El discurso antiSME no es anticorporativista y por eso no es democrático, mucho menos moderno. Es una propuesta regresiva y nada puede hacer para sanear relaciones laborales y formas de negociación y justicia laboral arcaicas y promotoras de todo tipo de vicios y corruptelas.

Quizás todavía haya modo de intentar recuperar el tiempo perdido y plantearse la construcción de una industria nacional integrada y planificada, con un sindicato único y democrático. Esta sería la única forma de, en efecto, no dar marcha atrás en materia eléctrica.




20 sep 2009


Las campanas doblan y no saben por quién



Rolando Cordera Campos

En su tercer informe de gobierno, Marcelo Ebrard advirtió que es un grave error encaminar al país y la capital a una recesión prolongada y a políticas de alto costo social”. Añadió que “el paquete económico presentado por el gobierno federal al Congreso de la Unión va en sentido contrario de lo que demanda la realidad social del país y de la ciudad” (Bertha Teresa Ramírez, La Jornada, 18/09/09, p. 35). Asimismo, el jefe de Gobierno convocó a “dar la batalla en el ámbito federal y el Congreso de la Unión, a fin de revertir la política pública en contra de la ciudad y promover cambios sustantivos a las estrategias de desarrollo que continúa impulsando el gobierno federal” (ibid.).

Los cambios de fondo, admitió Ebrard, son urgentes, quizás más que nunca, “pero no habrá tales cambios si se propone gato por liebre… Un acuerdo serio, de la dimensión de lo que el país y la ciudad requieren, pasa necesariamente por otra ruta: honestidad en lo que se propone, protección a la mayoría de la población en lo que se impulsa”.

Sería por la ambición sucesoria o por el cambio climático, pero las palabras del jefe de Gobierno del DF no pueden desdeñarse ni soslayarse so capa de que se trata de una proposición “politizada”. Se trata de una toma de posición política de quien gobierna la capital de la República, la ciudad más grande del país y donde se dan cita diaria todas sus agudas contradicciones sociales, culturales, económicas. Una advertencia más desde el poder para el poder.

Atrás de este aldabonazo, quedaron o deberían quedar los calificativos de catastrofista o pesimista de que el Presidente y sus colaboradores tanto abusaron en el pasado inmediato. Más que catastróficos reflejos del “espejo negro”, los diagnósticos presentados hace unos meses por Carlos Slim o el gobernador del Banco de México fueron meros adelantos de lo que después provendría de las computadoras del Fondo Monetario Internacional, la OCDE o el Banco Mundial. Tímidas aproximaciones fueron, a su vez, a lo que con las semanas se volvió desazón empresarial bien recogida por sus analistas y modelos.

La realidad de la crisis como profunda recesión y alto desempleo formal, provenientes en buena parte de las regiones y sectores modernizados por el cambio estructural, no pudo ser exorcizada por el oscilante verbo presidencial que ahora, un día sí y otro también, reconoce la gravedad de la situación pero se obstina en reclamar apoyo incondicional a sus propuestas, sin aportar poco más que el llamado patriótico a defender unos impuestos y unos recortes que sólo aquí, en tierras guadalupanas, se pueden calificar de instrumentos contra la pobreza y la propia recesión. ¡Y anteayer, para poder comprar vacunas!

El regateo recorre el mundo de la negociación parlamentaria. Pero por más que quiera verse en este toma y daca una virtud teologal o taumatúrgica, lo cierto es que la severidad de la caída y la gravedad de sus implicaciones sociales no pueden edulcorarse con el expediente de un realismo y un presidencialismo corrientes, carentes de sustento histórico y de contenido político para funcionar como eficientes mecanismos para comprarle tiempo a un tiempo por demás nublado y cargado de electricidad e incertidumbre.

Cierto es que todo está a discusión y qué mal que la elemental aceptación de esto lleve a la sospecha o la descalificación a priori. Pero es más dañino para la convivencia y el diálogo necesario poner a los opositores en el callejón de la traición a la patria por el hecho de no compartir creencias o poner en duda la eficacia equitativa de uno u otro impuesto. No es la fe en uno u otro concepto lo que nos sacará de la barranca.

Puede el peculiar coro de este presidencialismo más que tardío y fuera de foco insistir en sus curiosas exégesis y condenas a todo lo que huela a disidencia, pero no tapar al sol con su dedo flamígero ni distorsionar la dureza del juicio social que se acumula y, por fortuna, aún busca voz para, diría Albert Hirschman, revivir las razones de su lealtad a la República y la democracia, más virtuales que nunca. De aquí la urgente necesidad de que se busque, y pronto, otras arenas y lenguajes para montar una deliberación que nutra unas esperanzas que languidecen pero no se van, a pesar del clima de frustración que se engrosa con la política del desaliento en que han desembocado el pluralismo y el segundo gobierno de la derecha mexicana.

Puede tratarse de mantener el poder, como dijo el Presidente a su partido; esto es, sin duda, legítimo afán de quien lo ocupa. Pero si este empeño no se ve acompañado de una mínima congruencia con la realidad y las restricciones democráticas que defienden el valor de decir que no, no sólo carecerá de eficacia inmediata, de acuerdo con los mínimos criterios de evaluación de la política democrática, sino que puede convertirse en el catalizador letal para desatar las fuerzas centrífugas que desde su bautizo de fuego en 1994 han acompañado a la globalización mexicana y su trabajoso tránsito a la democracia.

Hay que hablar claro y fuerte, en efecto. Así lo intentó esta vez Ebrard y así tendrá que admitir ser tratado por su pares en la Asamblea y el Congreso, en los medios y el propio Ejecutivo federal. Pero la persecución y la guillotina mediática a que se da el poder en estos días no pueden sino ser vistas como un ejercicio en piromanía autista.







14 jun 2009


Catarata de catástrofes

Rolando Cordera Campos


Ante la tragedia inaudita uno quisiera parar el tiempo y pedir para todos una pausa para meditar y poner las cosas, si no en orden, por lo menos en perspectiva. ¿Qué y cuándo nos pasó? ¿Por qué tanta destrucción? ¿Por dónde intentar un reinicio?

Hablamos aquí, desde luego, de la muerte de los niños de Hermosillo pero también, inevitablemente, de un Estado que renunció a sus deberes elementales, se desafanó de sus compromisos fundacionales con la justicia social, se desprendió de la ambición compartida con muchos grupos y personas de hacer de México un lugar habitable por su seguridad y bienestar. De aquí la feria, ahora sangrienta, de las subrogaciones nada menos que en el cuidado de los niños, pero también la rendición de los gobernantes ante los usufructuarios y conductores de la tragedia silenciosa de la educación de las que nos advirtiera Gilberto Guevara Niebla hace ya tres lustros. De aquí, en fin, el carnaval de corrupción en que se regodea la procuración y la administración de la justicia y sin la cual no podría explicarse el pozo putrefacto de la seguridad pública en todos sus niveles.

México herido e inseguro, desprotegido y, ahora, acosado por el desempleo masivo que no encuentra refugio en la informalidad rutinaria ni en la inercia migratoria. Éste es, por mal que nos pese, el cuadrante de una soledad que no deja intacto nada ni a nadie y hace ver pueriles las pretensiones de deslegitimar a política y políticos a través del llamado voto nulo. Antes fue el voto útil, luego las marchas blancas, ahora el abandono del voto que no puede sino abrir la puerta al ejercicio impune de la deslealtad, no a este sistema político deshilachado sino a toda propuesta de orden democrático que suponga poner coto al abuso del poder y someter al dictado de las leyes a los poderes de hecho que hoy se ven a sí mismos como únicos depositarios de un derecho configurado a su imagen y semejanza.

Es aquí, se quiera o no, donde se emparentan los justicieros airados que convocan a una especie de montonera contra las urnas, y quienes descubrieron hace poco las potencialidades igualadoras, y por ello justicieras en lo político y lo social, de una democracia de masas que podría, de desplegarse en la movilización, la legislación y el acto ejecutivo, cambiar el orden de las cosas y poner en primer término la necesidad de un derecho para los débiles y de unas leyes capaces por lo menos de poner quietos a los más fuertes.

Eso fue catalogado como "un peligro para México", aun cuando la propuesta que lo inspiraba no fuera más allá del postulado inicial e incompleto de que por el bien de todos había que poner primero a los pobres. Ahora, lo peligroso se democratiza y lo mismo puede entonarse como jaculatoria el himno lamentable del señor Solá, recién importado de las Españas, que sostener que son todos, políticos y partidos sin distingo alguno, los que nos han traido a este valle de lágrimas y penas en que se ha convertido el laberinto del poeta. Y todo esto sin tocar al Presidente, al que se le pide sea valiente y no pierda el tiempo en disputas baladíes sobre la conducción del país o el rumbo del Estado.

Del reclamo nulificador pueden desprenderse muchas posibilidades para la acción política: un nuevo régimen de partidos que abra las puertas de la arena y, a la vez, deje atrás la manzana envenenada que nos dejó la "reforma definitiva" del presidente Zedillo: la conexión entre dinero y política no sólo no se resolvió con el sistema de prerrogativas, sino que pronto trajo consigo una precoz corrosión moral del quehacer político: dame lana y te doy votos, y si no, por lo menos un millar de pintas, mantas, volantes. Dame lana y te doy fama, aunque sea la de Andy Warhol en versión minimalista debido a las exigencias del rating. Dame lana y te doy consejos, te configuro teorías racionales, te edulcoro el voto en favor de la propuesta más nefasta y vergonzosa.

Pero la lana se acabó y antes de ello, merced al cálculo actuarial, los encaramados en los mandos del Estado, muchos de ellos por autodesignación iluminada, decidieron descargar lastre, abandonar la promoción del desarrollo, oficiar el desastre manufacturero nacional, jibarizar la de por sí débil protección social, renunciar a cualquier tipo de supervisión o regulación para acabar por subrogar el propio Estado o auspiciar el outsourcing de la sociedad y el territorio. Hasta llegar a donde nos dejó la marejada que no es ya la región más transparente.

Y así entramos a la república del veto, que es el que habría que anular y pronto. Los representados y los no representados, que en convención genuina y sin grandilocuencia podría dar lugar a una nueva república, sin grupos de notables y sin la redición de las castas que, todavía sotto voce, algunos nos proponen como salida del infierno.