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26 dic 2010


Privatizar, privatizar y privatizar



Marcos Roitman Rosenmann


Hace ya tres décadas que el capitalismo muestra su verdadera cara. Nunca ha sido un sistema integrador. Tampoco un orden social compatible con la democracia, ni siquiera la representativa. Cuando ha podido, querido y necesitado, la burguesía se ha saltado y violado sus propias normas. Los ejemplos son muchos. Su mano ha estado siempre en los golpes de Estado contra gobiernos progresistas, de izquierda, nacionalistas y antimperialista. No hace falta insistir en ello. Los ejemplos históricos se pueden extraer de los cinco continentes. Pero tampoco, si hace falta, renuncia a patrocinar fraudes electorales cuando es menester. Igualmente se adhiere a las prácticas corruptas si en ello les va la bolsa. Asimismo prefieren el tráfico de influencias al juego limpio cuando se trata de aumentar sus ganancias. Y si alguien osa mostrar su desacuerdo, y señalar que juegan con las cartas marcadas, es perseguido hasta su total destrucción.

Casas de latrocinio, venta de armas, trata de blancas, esclavitud infantil, comercio de órganos humanos, nada escapa a su voracidad. Negar dichas verdades como si se tratasen de problemas ajenos al capitalismo les quita el sueño. Cada día es más difícil ocultar lo evidente. Una realidad de hambre, miseria, desigualdad y muerte son los buques insignias del capitalismo. Para evitar su total descrédito se ha montado un aparato publicitario multimedia. Su función es divulgar y propagar los beneficios de la economía de mercado a como dé lugar. Su fuerza y triunfo parcial, radica en el control cuasi omnímodo de la radio, la televisión, las editoriales, las revistas, los periódicos regionales y, desde luego, la red. Su coraza consta de varias capas. Cuando se logra traspasar una, aparece otra y otra y así sucesivamente. Su objetivo es no dejar al descubierto su cuerpo mal oliente y moribundo. En cuanto los ataques generan fisuras en la armadura, saltan las alarmas. La censura se impone como un mecanismo de control de la información. Y si no logra evitar su resquebrajamiento, siempre hay un plan B. Se presiona y mete el miedo. La formula la conocemos. No olvidemos que en Colombia, México, Honduras o Rusia, ser periodista es profesión de alto riesgo. Son cientos de ellos quienes han perdido la vida cuando trataban de informar y romper el cerco de la mentira dominante. Aunque no siempre es necesario llegar a tal extremo. Amenazar con el despido, el ostracismo, en ocasiones, es suficiente. Otra técnica empleada es la difamación. De la noche a la mañana periodistas considerados un ejemplo para su comunidad sufren campañas donde se les presenta como verdaderos monstruos. Ludópatas, alcohólicos, drogadictos, maltratadores y corruptos. Pero esto suma y sigue. Los documentos filtrados a Wikileaks dejan al descubierto cómo se las gastan el imperialismo y sus aliados. En este juego no hay reglas. Siempre es posible caer más bajo con tal de salvar al capitalismo. ¿Qué otro sentido tiene acusar a su fundador, Julian Assange, de violación? No sólo inhabilitarlo y sembrar la duda sobre su honorabilidad, además de que las autoridades suecas terminen, si se produce la extradición desde Gran Bretaña, hacer una carambola y que Assange acabe con sus huesos en una cárcel de alta seguridad en Estados Unidos. Aunque tampoco podemos descartar su asesinato pedido por los sectores más conservadores del establishment estadunidense.

En tiempos de crisis, el capitalismo redobla sus esfuerzos para vendernos la moto. Por cierto, una moto desgastada y lista para ser vendida como chatarra. Aún así no quieren dar su brazo a torcer. Sus seguidores deben fidelidad al guión. Ha llegado la hora de certificar la muerte del Estado del bienestar y por ende del sector público. Hay que crear más mercado, más desregulación, más apertura financiera y comercial y mucha, mucha liberalización. El Estado, argumentan, ha sido un pésimo gestor, no entiende de competitividad ni de beneficios. No funciona acorde a las leyes de la oferta y la demanda. Suele dilapidar capital social y humano. Hay que adelgazar su estructura y transformarlo. Es imprescindible tomar, de una vez y para siempre, el toro por los cuernos. La decisión no se puede retrasar más. Llegados a este punto el argumento es simple. Externalizar. No hacen falta hospitales públicos, el gasto de inversión es elevadísimo, mejor es crear clínicas privadas con médicos y personal sanitario que cobran sueldos de miseria. Igualmente, la educación pública ha sido un fracaso, entonces mejor apoyar la iniciativa privada donde se enseñan valores humanos acordes con la tolerancia. Basta observar la disciplina en los colegios y centros administrados por religiosos. Rezan todos los días, les enseñan a no pecar, a ser obedientes y temerosos de Dios. Sea Ala, Buda o Jehová.

Este argumento, de la externalización, se acompaña de una la palabra mágica que se ha convertido en una droga para economistas, sociólogos, periodistas y políticos de medio pelo, sean conservadores, liberales o socialdemócratas. Su enunciación les produce alegría y les hace sentirse pletóricos de fuerza. Nada más pronunciarla tres veces son abducidos hasta perder el sentido común y la decencia: privatizar, privatizar y privatizar.




11 ago 2009


¿Qué es esa cosa llamada opinión pública?



Marcos Roitman Rosenmann

Resulta habitual recurrir a la opinión pública para explicar comportamientos donde se cuestionan decisiones políticas. Son muchas las ocasiones en las cuales se aduce contar con la opinión pública para justificar declaraciones de guerra, establecer la pena de muerte o improvisar favores a gobiernos en pro de su legitimidad. Los partidos conservadores dicen gozar de su anuencia cuando llenan plazas loando la familia tradicional y lanzando voces contra el aborto y los matrimonios homosexuales. Por consiguiente, no todo acontecimiento se convertirá en objeto de culto para configurar opinión pública. Muchos hechos se quedan en las mesas de redactores y reporteros, o son descartados como escoria informativa. En contrapartida escuchamos repetidamente en horario de mañana, tarde y noche y leemos en las primeras páginas de los periódicos cuatro o cinco noticias que determinan la información, los titulares y el material gráfico.

Para que se configure opinión pública es necesario seleccionar, con anterioridad, aquello que será digerido por la población. Son los hechos destinados a convertirse en eje de los debates, regulando qué, cómo y por qué se opina en una u otra dirección. Trátese de economía, política, deportes o sucesos rosas. Y una vez realizado el tamiz, el siguiente paso es divulgar la noticia por la vía de los falsos formadores de opinión, los llamados comunicólogos. Sujetos dedicados profesionalmente a ser las divas de las cadenas de radio, prensa y televisión. No importa su ignorancia. Intervienen por objetivos y dando veracidad a los hechos presentados para construir la opinión pública. En otras palabras, su actuación pretende dar consistencia a la lógica informativa del poder. Su participación tiene sentido bajo esta precondición. Por consiguiente, la opinión pública acaba siendo el resultado de un proceso arbitrario donde el poder se juega el control social-ideológico de la ciudadanía. No se trata de una acción crítica, sino más bien de un acto de sumisión donde se acotan los espacios de la libertad de expresión, impidiendo el nacimiento de una opinión pública capaz de enfrentarse al poder.

Si en sus orígenes la opinión pública aglutinaba el pensar de la elite con fundamentos éticos enfrentada al poder, hoy, en la sociedad del espectáculo, expresa lo contrario. Se busca repetir los eslóganes emanados por los centros de creación de información, dependientes de la razón de estado, para ablandar la conciencia. La opinión pública no constituye parte del proceso democrático adjetivada como ilustrada. Es una estrategia destinada a cercenar la capacidad crítica de pensar.

Un ejemplo y un símil nos pueden ayudar. En el primer caso tenemos un hecho reciente que ha sido presentado para constituirse en una opinión pública contra cierta política de contrataciones deportivas. Me refiero al Real Madrid. Se considera obsceno pagar por futbolistas sumas que exceden lo razonable en tiempos de crisis. En esta dirección se ha preguntado a jefes de Estado y de gobierno. La Iglesia, con cardenales y obispos, la ha rechazado por lujuriosa. El presidente de la UEFA también la condena. Todos han mostrado su rechazo, salvo, claro está, los madridistas. Sin embargo, no se quiere crear una opinión pública del gasto diario dedicado a compra de armamentos o en facturas de comidas opíparas en restaurantes de lujo y exclusivos. Gastarse en una botella de vino mil dólares o pagar 3 mil por un menú no es noticia. La vida cotidiana de multimillonarios que ostentan y gastan a manos llenas no constituye objeto de atención para formar opinión pública y realizar una crítica por el despilfarro en tiempos de crisis. Por el contrario, se entiende como una acción dinamizadora del capitalismo de economía de mercado.

Si ahora realizamos un símil con las corridas de toros, me perdone Cueli, se dice es el único espectáculo democrático donde las decisiones se toman entre todos los participantes. La opinión pública está compuesta por los presentes en la plaza. Son ellos quienes crean un lenguaje para valorar la actuación del diestro y del astado. Pañuelos, pitos, silencios o división de opiniones. Otorgan o niegan trofeos y existe una simbiosis capaz de crear estados de ánimo, sentimientos y emociones difíciles de encontrar en otro acontecimiento público. Ni en el futbol, ni en otro deporte, los espectadores pueden interferir directamente en el resultado final. Tras un mal partido no se les consulta para variar el marcador. Pueden gritar, mostrar simpatías o aversión, pero no alterar una derrota. Se dice que el único sitio donde los actores se convierten en sujetos deliberativos es en un coso taurino.

Sin embargo, esa interpretación peca de idílica. Esconde una acción arbitraria articulada al margen del respetable. La fiesta cuenta con un ordenamiento jerárquico donde la presidencia y sus asesores, nombrados a dedo, pueden voltear la opinión del público, señalando su maleabilidad cuando solicitan premios inmerecidos, a juicio de la presidencia. Es posible que se hayan dejado arrastrar por unos pases mirando a los tendidos o por afinidad con el torero, elementos que obligan a despreciar su opinión. En otras palabras, una mayoría, pensada como opinión pública, es un poder constituyente limitado. Su chance de negociación depende, casi siempre, de factores ajenos a su constitución. Ni siquiera es cuestión de cantidad. Una plaza de primera categoría puede, como Las Ventas en Madrid, registrar que no hay billetes, pero sus asistentes en plena feria de San Isidro tienen un perfil diferente a las corridas realizadas en agosto, donde concurren turistas deseosos de ver un personaje con traje de luces. Sin conocimientos taurinos, les da lo mismo ocho que 80, enardecen coreando óles mientras la banda interpreta un paso doble. Sacan pañuelos y aplauden mecánicamente. Aquí, la presidencia busca ser un punto de equilibrio entre la desmesura de los turistas y el respeto al llamado arte taurino. En cualquier caso, lo que opinen unos y otros, sean opinión pública informada o lega, su influencia es mínima a la hora de cambiar las decisiones del poder.

En conclusión, asistimos a una paradoja donde el llamado a la opinión pública se realiza una vez manipulado cómo, qué y sobre qué se debe opinar. Así, resulta fácil comprender que un ataque militar siempre se hace con nocturnidad y alevosía, mientras la opinión pública duerme. Despertándose a la mañana siguiente como aval de las operaciones de exterminio masivo. La opinión pública es un mito político, por ello pervive articulada a la violencia de la razón de Estado.