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21 nov 2011


2012 ya empezó

León Bendesky

La temporada política de elecciones en México ya está en marcha. 2012 empezó para todo efecto práctico con el anuncio de la candidatura de López Obrador representando a aquello a lo que llaman fuerzas progresistas. Este hecho define ya en buena medida el debate que se entablará el año entrante, no sólo entre los políticos, sino de modo amplio en la sociedad. A partir de esto es de alguna manera irrelevante, por bien sabidos, los contenidos que tendrán las campañas por la Presidencia. Así será quien sea el candidato del PRI, más aún si resulta nominado Peña Nieto como todos esperan. Y del lado del PAN, sea a quien escojan para dar una pelea que se antoja bastante cuesta arriba.

Hablar de las fuerzas progresistas en el país es un eslogan útil a estas alturas en que se lanza la campaña. Pero, sin duda, habrá que definir mucho mejor qué es lo que esto significa realmente para, así, identificar de modo claro su sentido, sumar a quienes refuercen y empujen, y poder convencer. Me refiero a que deberá aclararse a quién incluye el progresismo amplio hoy en México y en qué condiciones se conformaría un movimiento posible y útil. Será, pues, igualmente necesario descartar decisivamente y separarse de personas y grupos tan desgastados que sólo estorbarán. Pero, ¿podrá liberarse de tanto lastre el progresismo de nueva estirpe? Ese me parece uno de los desafíos más grandes del liderazgo de AMLO. Ganará mucho siendo claro y decisivo al respecto.

No hay en el país un monopolio del “progresismo”, nadie puede pretender tenerlo; tan sólo sugerirlo será una torpeza enorme y, más todavía, actuar como si así fuera. Deberá distinguirse nítidamente de su antagónico y confrontarse con lucidez con las fuerzas conservadoras. Estas pueden reconocerse de manera clara, lo cual es una ventaja; aunque esto tampoco puede hacerse por completo.

Aunque así sea, ello no garantiza que necesariamente se articule un discurso y se conforme una propuesta que superen el predominio efectivo que tienen el conservadurismo y los grupos más reaccionarios en esta sociedad. Vaya si esto lo sabe bien AMLO, luego de las elecciones de 2006; ¿podrá capitalizar dicha experiencia? Más vale que así sea. El asunto clave es que tales fuerzas conservadoras y reaccionarias no pueden dejarse al margen si se quiere gobernar con eficacia, sin demasiado antagonismo y llevar adelante una visión distinta del país.

Habrá que pensar que AMLO y quienes lo acompañen ahora aprendieron, y mucho, de la disputa de hace seis años y de su resultado, ese 0.56 por ciento de diferencia en los votos que tan rentable fue para el PAN y el PRI y para los más poderosos grupos económicos. Ya lo veremos, y más pronto que tarde. Tiene en su contra todo un aparato de desinformación muy bien armado que no quiere siquiera oír y tiene preparadas sus respuestas de antemano. También tiene en su contra una estructura de prejuicios bien instalada entre grandes segmentos de la población que, bien debe saberlo, se oponen casi por instinto a lo que representa su persona y a sus propuestas. El ambiente político en torno de AMLO es intenso en esos prejuicios, mucho más de lo que ocurre con otros políticos abiertamente cuestionables.

Hoy no hay otro político que desate tanta animadversión e, igualmente, que tenga seguidores tan exaltados. La política se manifiesta como un verdadero arte para este tipo de liderazgo, aunque no puede olvidar las técnicas que la definen en un exacerbado mercado electoral. Si la sociedad es eminentemente mercantil, la política no puede asilarse del entorno de las mercancías y del dinero. AMLO habrá de aprender a venderse, aunque eso choque, si así es en efecto, con la visión que tiene de sí mismo.

La campaña será, pienso, más relevante e intensa con AMLO en ella, si así resulta será ya una ganancia. Además, abre posibilidades que, siendo más radicales en un sentido de transformación, pueden ser más eficaces para movernos de un estado de relativo estancamiento en casi todas las dimensiones de la existencia colectiva (exceptuando la violencia reinante alrededor de la delincuencia y el crimen). El límite de las posibilidades de evolución y transformación es manifiesto en el marco de lo que pueden ofrecer el PRI y el PAN con sus respectivos socios.

La próxima elección va a ocurrir en el marco de un enorme déficit, si no es que de una gran crisis de la democracia a la mexicana, hecha a modo de unos partidos rentistas. Una expresión de esto es el caos en el IFE, que institucionalmente está desahuciado. Igual pasa con las prácticas de alianzas que promueve la dirigencia del PRI, conforme a los modos más primitivos de los que no puede librarse ese partido y que son repulsivas. Pero las fuerzas autodenominadas como progresistas no están libres de señalamientos, como sucede con el PRD, un partido que se devora a sí mismo y se exhibe lastimosamente con un liderazgo insalvable.

En fin, que la temporada electoral tiene muchos claroscuros. El liderazgo de AMLO habrá de atraer y aglutinar y, al mismo tiempo, rechazar decisivamente para botar los lastres. Ya veremos. Pero algo que podrá hacer es que la campaña sea más interesante en sus contenidos y propuestas, más productiva y, por qué no, más entretenida. Eso será bienvenido.




19 jul 2010


Faltan dos




León Bendesky

Estamos a sólo dos años de elegir nuevo gobierno. El tiempo pasa de prisa. Lo bailado, como suele decirse, nadie lo quita. Lo que no se hizo tampoco lo quita nadie. El escenario del país para julio de 2012 no parece hoy resultado de un buen baile.

La semana pasada hubo otro reacomodo en el gobierno de Felipe Calderón. Han sido 17 cambios en cuatro años, y cuatro de ellos sólo en la Secretaría de Gobernación. No es poca cosa.

Una empresa privada, lo digo porque el símil no es ajeno a la visión política que impulsó Vicente Fox hace una década, difícilmente aguantaría tal desorden. Los accionistas tendrían que haber llamado a cuentas al presidente del consejo de administración.

Las cosas no están para tantas vacilaciones en Gobernación. Hay quien dice que el asunto de la inseguridad y la corrupción, asociadas con el tráfico de drogas y armas, no es más gravoso que hace 30 años, que se trata de que hoy se sabe más. Dicen también que la tasa de muertes violentas en México es menor que otros países de América Latina, como si entonces no debiésemos hacer las cosas más grandes de lo que son. Otros, en cambio, advertimos la escalada de la violencia, y no nos gusta nada en lo que se está convirtiendo el país.

La inconsistencia en la gestión de la política interna es asunto mayor. Proveer seguridad es función esencial del gobierno y base de su legitimidad. Están involucrados asuntos clave de la actividad policial, la investigación y la provisión de la justicia, es decir, un entramado complejo que enmarca el ámbito de la legalidad.

Es cuestión muy sensible que este campo del trabajo de gobierno se ciña ahora, en las condiciones prevalecientes, a los tiempos políticos de la sucesión presidencial. Detrás de la lucha libre por el poder hay más, aunque a quienes están en la política no les parezca así y reduzcan el discurso y la práctica de la democracia a la elecciones.

Pero hubo más. Cambió el responsable de la Secretaría de Economía y se hace aparecer hasta como recompensa, pues pasa al entorno más cercano al Presidente. Del trabajo que deja no se deja informe alguno, ninguna cuenta a los ciudadanos.

Pero el asunto económico parece estar ya descontado en este sexenio. Así se desprende de lo que se hace en Hacienda, en el Banco de México y en la misma Secretaría de Economía.

El repunte del primer semestre del año se basó en la fuerte caída de la base el año anterior y respecto de la cual se mide. Asimismo, se debió a que la economía de Estados Unidos generó mayor demanda de las exportaciones mexicanas. Esta economía no tiene fuerza interna. El segundo semestre no pinta igual de bien.

En el gobierno parece pensarse que de esta crisis no se le puede responsabilizar, y que si hubiese podido hacer algo para aminorarla eso ya pasó. Si este año se crece 3 por ciento será muy bueno desde esa perspectiva, y si el año entrante se repite será suficiente para librarla en este campo y que no sea costoso para el momento de las elecciones.

Con poca cosa hay que conformarse en materia de expansión del producto y del empleo. De proyectos que sustenten el crecimiento y el desarrollo más adelante ni se habla. Aquí sí, nada de lo bailado qué perder. Sin cambios en la infraestructura física y de transportes sólo puede haber atraso y más atraso (los brasileños ya hablan de un tren tipo AVE o TGV para unir Sao Paulo con Río de Janeiro).

Sin una transformación educativa de fondo, que debió haber empezado ayer, como es el caso de las dietas para bajar de peso, y no un mañana que nunca llega; sin fomento a la investigación, el cambio tecnológico y la innovación, no podremos ir a ningún lado.

Y con un sistema financiero castrado pero bien rentable para los más grandes, no habrá más negocios y empleos, ni capacidad para generar riqueza.

Un cambio más en Economía es intrascendente sin plan ni brújula. Pero no todo es ir en tinieblas. En ciertos asuntos hay mucha claridad. Así, en la Secretaría de Comunicaciones se actúa en consecuencia y se hace una Cofetel a modo, con un servidor incondicional del secretario en la Presidencia, como marca las mejores prácticas mexicanas para hacer lo que se quiere. Ya se vio antes en el IMSS, la desgracia de la guardería y la brutal impunidad legal que siguió en los tribunales más altos del país.

Al contrario, se trata de que los beneficiarios sean los mismos de siempre en el uso de las nuevas tecnologías y los espectros radiofónicos que dependen de la concesión del gobierno. Esta sí es democracia, y los responsables del teatro que se ha montado en dicha Cofetel están tan campantes. Institucionalidad, competencia, son términos vacíos de contenido, pero eso sí muy rentables en la práctica.

No hay misterios. Las cosas son claras en el país, tan claras como siempre. La alternancia está bien delimitada, no rebasa los límites establecidos y la gestión de los asuntos públicos se adapta con gran versatilidad. Van y vienen, de un puesto a otro, con premios siempre por los servicios prestados. Que no pare la música. Lo bailado ya nadie lo quita. Faltan sólo dos años para comenzar los seis siguientes.




8 mar 2010


Ciudadanos o vasallos



León Bendesky

La condición de ciudadanos no es un regalo de nadie, es un derecho. Otra cosa es que sea efectivo más allá de las más esenciales formalidades. Sí, es cierto, podemos ir a las urnas y emitir un voto periódicamente. Después de eso, estamos prácticamente inermes ante la falta de rendición de cuentas y la impunidad reinantes.

Sí, es cierto, que gozamos de libertades consignadas en las leyes. Una de ellas, por ejemplo, el libre tránsito, que se extiende hasta donde dura el miedo a la inseguridad o hay que detenerse en los retenes policiacos y militares en muchas zonas del país. Sí, hay un derecho a la educación y a la salud, cada vez más precarios y de mala calidad. ¿Qué son, además de inútiles en un sentido práctico, los derechos que no se pueden ejercer?

Así podríamos revisar cada parte del catálogo de nuestra condición de ciudadanos. No es difícil: abra su ejemplar de la Constitución y mire el capítulo primero: De las garantías individuales, y el capítulo cuarto: De los ciudadanos mexicanos. Piense en lo que ahí dice y confróntelo con lo que nos pasa. El balance, me temo, es pobre, muy pobre.

La verdad es que no somos ciudadanos de una república moderna, como se repite en discursos que conmemoran las efemérides nacionales, como se ofrece en las campañas políticas o en declaraciones de legisladores, jueces y funcionarios públicos.

En ocasiones nos aproximamos a la situación de vasallos. Parecemos mujeres y hombres formalmente libres, pero que mantenemos relaciones de subordinación ante la autoridad que conferimos a otros mediante un mandato –democrático– que no cumplen y que no podemos exigir que lo hagan.

Como ciudadanos estamos mutilados y el sistema político que sustenta esta condición se debilita de modo constante. El asunto más reciente de las alianzas electorales y los compromisos entre partidos para conseguir aprobar leyes es sólo uno más de los casos de vasallaje que predominan en las relaciones de poder entre quienes gobiernan, hacen leyes y deben procurar la justicia.

Se propone, otra vez, la necesidad de una reforma política. Pero ante los hechos parecería que ésta sólo puede empezar con la reforma de la legislación sobre los mismos partidos políticos: lo que pueden hacer, cómo pueden hacerlo y su financiamiento.

Los expertos señalan que la democracia requiere de partidos por diversas razones técnicas y de interrelaciones sociales. Sea así, admitámoslo, y en seguida aceptemos también que lo que hoy tenemos es ya totalmente disfuncional para los intereses que están más allá de los que controlan esos mismos aparatos y las redes de poder que establecen. Ninguno de ellos pasa las pruebas más simples de la esencia de la democracia ni en su interior y, mucho menos, en términos de las exigencias de esta sociedad.

Y de ser así, quién tiene el menor incentivo entonces para reformar la existencia y funcionamiento de los partidos en un entorno democrático. La respuesta es inmediata, nadie. Puede seguirse, pues, que cualquier reforma política que surja de los arreglos vigentes no puede aspirar más que a un reacomodo de los mismos que la formularán y la votarán en el Congreso. Los ciudadanos volverán a ser forzados a aceptar un pacto de vasallaje. El problema, o más bien, el conflicto que enfrentamos es cómo romper este nudo gordiano.

Claro que ningún sistema político de naturaleza democrática es perfecto. Las dictaduras tampoco, o es que no hemos aprendido nada. No se trata de eso. Ni los ciudadanos ni los vasallos son ingenuos, responden a condiciones cimentadas en intereses y el ejercicio del poder; ético, coercitivo o como sea.

La crisis política del país es cada vez más evidente. Esta mitad de sexenio no puede hacerla más clara. De todos lados se contribuye a ella y los personajes siguen siendo los mismos y los arreglos institucionales han caducado. Hasta en Hollywood hay más rotación de estrellas, las top model cambian con más frecuencia; entre los grandes jonroneros en el béisbol surgen nuevos cañoneros.

La condición de ciudadanos mantenida en su esencia formal puede ser motivo de orgullo, también fuente de crispación. Es un Estado político sin suficientes expresiones prácticas y en persistente debilitamiento, lo que no puede sino agravar el magullado contrato social que nos rige. Lo hace con menor efectividad y de él se derivan rentas que se apropian de manera particular y costos que se cargan de modo colectivo.

Si la credencial de elector sirve para seguir yendo a votar en estas condiciones, debo solicitar al doctor Leonardo Valdez, del IFE, que se cancele mi nombre del registro correspondiente. Si sirve además para identificarme en el banco, solicito al doctor Guillermo Babatz, de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, que elimine tal requisito y que pueda hacer valer mi identidad de otra forma. Si sirve para que me dejen entrar a un edificio que requiere seguridad por el miedo existente, dicha credencial puede sustituirse por alguna otra, ya discutiré yo con el guardia de turno.

leon@jornada.com.mx



2 nov 2009


Fuera máscaras



León Bendesky

Dejemos fuera de plano toda pretensión de que hoy en México pueden instrumentarse buenas políticas económicas. Ni el gobierno ni el Congreso, ni los grandes empresarios y tampoco muchas de las organizaciones sociales con más poder están ya en posibilidad de reorientar esta economía y esta sociedad.

La esclerosis política está tan avanzada, el entramado de intereses es tan improductivo, y el entorno institucional tan disfuncional, que sólo se pueden hacer propuestas con horizontes cada vez más chatos y aplicar medidas de políticas más ineficaces y costosas.

La fiscalidad es la expresión más brutal de esta situación de cuasi parálisis en la que estamos metidos hasta el cuello. Es la esencia de los conflictos que invariablemente marcan el desenvolvimiento de la economía política.

Eso se sabe desde hace siglos, no finjamos. El colapso de las teorías económicas y de las acciones de gobierno que se están viviendo por todas partes del mundo no pueden ignorarse sin riesgos grandes. El país no resiste mucho más. La gota que desborde el vaso no está muy lejana.

Hoy es muy patente esta situación en México. La grave crisis actual y –dejémonos de falacias– aún habiéndose importado, lo que ha hecho es exponer de manera abierta la enorme fragilidad de esta economía y el límite absoluto de las reformas que se han denominado como estructurales, pero que han estado lejos de serlo verdaderamente.

Las empresas públicas, las formas de su gestión y la planeación que debería haber en ese sector son clave en la crisis. Igualmente lo son las repercusiones de las privatizaciones que se hicieron con bombo y platillo. La estructura de los mercados está distorsionada y la mayor competencia es un ingrediente de discursos gastados.

La única manera en que políticamente desde el gobierno y “técnicamente” desde Hacienda se ha sabido enfrentar la actual restricción fiscal, que es producto de la misma debilidad estructural del aparato productivo y de las cuentas públicas, es tapando un hoyo por aquí y otro por allá. El Congreso carece de miras para ir más allá, es parte integrante del perverso juego que todos juegan.

El debate sobre los impuestos de las semanas recientes no sólo pone en evidencia la incapacidad de pensar y hacer “buenas políticas”, sino que resulta muy ilustrativo de la pequeñez política de los partidos y la distancia cada vez más grande que tienen con los ciudadanos.

Un punto o dos de aumento del IVA, dos puntos al ISR, gravámenes a la telefonía, cambio del régimen de consolidación –pero, claro, sin “cancelar los beneficios de ese régimen”, dice el secretario Carstens (ver página de Internet de SHCP), gravámenes al tabaco o la gasolina. Tal desorientación a veces da la impresión de que los criterios pudiesen llevar a poner una carga fiscal a todos aquellos que usen zapatos color café sin agujetas.

Las limitaciones de una ley de ingresos como la que se va a aprobar son claras, ni siquiera va a lograr el objetivo político enmascarado y con miras a las elecciones de 2010, que es provocar otra recuperación espuria.

Esta política fiscal de hoyo por hoyo con impuestos desarticulados es una mala política, no hay más. Es lesiva para el consumo de la mayoría de la gente, no alienta la inversión, el ahorro y el empleo, tampoco la confianza. Lo que preocupa en el Banco de México, que es una estabilidad cada vez menos servible y la valoración de las agencias calificadoras tampoco aporta ya nada positivo.

Lo que se logrará es destruir más riqueza, cancelar oportunidades y agrandar costos en términos intergeneracionales.

El trabajo legislativo es insulso. Cómo se evalúa económica y financieramente un déficit fiscal esperado el año entrante de 2.5 por ciento del PIB, cuando en otras naciones este año ha llegado a proporciones varias veces superiores como medio de contener la recesión.

¿Dónde está el análisis de las distintas facetas de la crisis fiscal que padecemos? Estas no se reducen a una falta coyuntural de ingresos, es mucho más profunda. ¿Dónde quedaron las afirmaciones no muy lejanas de la salud fiscal de la economía mexicana? ¿Quién responde por eso?

Si alguien piensa que la incipiente recuperación en Estados Unidos nos va a jalar para librar la debacle de este gobierno, que lo considere otra vez. Basta ver con cuidado la evolución reciente de la actividad económica en ese país (informe del BEA del Departamento de Comercio de la semana pasada). Cualquier recuperación que haya en la economía mexicana va a ser débil, con mayor desempleo y subempleo, y de corta duración. (Véase el indicador adelantado de la actividad económica que produce el Inegi y que en agosto vuelve a ser negativo 6.9 por ciento). La irresponsabilidad política es enorme.

No podemos caer en este juego de modo miope. La ley de ingresos será onerosa y si el presupuesto de ingresos demuestra otra vez las pautas políticas que se han seguido los últimos 20 años el escenario será mucho más conflictivo. Gobierno y Congreso están alejados. La reforma política e institucional no funciona y el presupuesto federal de 2010 es una muestra del callejón sin salida en el que estamos metidos.

leon@jornada.com.mx