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8 may 2011




Mi pancarta para la marcha








Marta Lamas


MÉXICO, D.F., 8 de mayo.- Supongo que hoy domingo encontraré a muchas caras amigas y conocidas en la marcha convocada por Javier Sicilia. También me toparé con desconocidos e, incluso, con adversarios políticos. ¿Por qué coincidimos? ¿Porque todos anhelamos la paz y a todos nos inquieta nuestra seguridad? ¿Porque nos duelen las muertes de inocentes? ¿Porque deseamos que la justicia sea una realidad en nuestro país?

Hace unos días Mauricio Merino reflexionaba atinadamente sobre el objetivo político de la marcha y señalaba que era imperativo construir una respuesta puntual “sin abandonar el proyecto democrático, sin vulnerar los derechos que hemos ganado paso a paso, y sin renunciar al imperativo de la igualdad y la cohesión social, para salir de la Plaza de la Constitución con más claridad y menos dolor del que hoy cargamos, solidarios, con el poeta Sicilia” (El Universal, 27 de abril). Merino proponía responder una serie de preguntas para definir qué queremos exigir con nuestra participación: ¿qué deben decir las pancartas que llevaremos?, ¿qué leyes queremos cambiar?, ¿qué reformas queremos conseguir?

Traté de seguir su sugerencia y me ha llevado un rato responderme qué es, más allá de manifestar mi dolor, mi repudio y mi indignación por lo que está ocurriendo, lo que quiero demandar. Como todos, anhelo la paz y la justicia, pero ¿cuál es la vía política para alcanzarlas? Como todos, deseo que termine la violencia, la corrupción y la impunidad, pero ¿por dónde empezar? ¡Qué difícil encontrar una demanda que se pudiera proponer colectivamente! Son tantos los terribles problemas que tenemos, y que además están vinculados entre sí: la desigualdad y la corrupción, los poderes fácticos y la impunidad, los ninis y la persistente carencia de oportunidades educativas y laborales de los jóvenes. El panorama es descorazonador.

Pero de cara a esta marcha, ¿cuáles serían algunas propuestas concretas que pudieran ofrecer un rayo de esperanza ante la pavorosa situación que estamos viviendo? Creo que algo que nos une a todos los que –pese a nuestras diferencias– marcharemos hoy es la urgencia de que el gobierno establezca un programa de acción distinto en la lucha contra el narco: que devuelva a los militares a las funciones que les corresponden, que depure los cuerpos policiacos (pero con programas de reinserción social) y que retome los señalamientos de expertos para poner la lupa, la energía y los recursos económicos en donde se deben poner: en la investigación sobre el enriquecimiento inexplicable y el negocio del lavado de dinero. La demanda podría ser sencilla –un cambio de estrategia–, pero implica aceptar algo que el gobierno de Calderón ha rechazado: tomar en cuenta a los especialistas que han estudiado la relación directa entre el crecimiento de la delincuencia organizada y la corrupción en el sector público.

Calderón ha manifestado una sordera impresionante ante voces autorizadas y con una sólida experiencia, como la de Edgardo Buscaglia. Este experto en temas de corrupción, delitos y droga lleva rato señalando que para conducir una guerra contra el narco son prioritarias las estrategias sociales y financieras, antes que las acciones militares. Buscaglia dice algo que todos sabemos: el mayor problema se encuentra en instituciones básicas como la policía y el sector judicial. ¿Cómo deshacer la intrincada red de complicidades, corrupción e impunidad? ¿Qué hacer para evitar que los policías que son despedidos por corruptos vayan a engrosar las filas de la delincuencia? Las cárceles ya no dan más de sí; ¿cómo establecer un programa de reinserción social que funcione? Además, Buscaglia insiste en que los altos índices delincuenciales y la corrupción están vinculados al círculo vicioso de la pobreza y que se requieren reformas legales e inversiones en seguridad social, servicios e infraestructura pública para detener el deterioro social. ¿Qué enfoque integrado de políticas públicas se ha diseñado para impulsar programas de política social que reduzcan las desigualdades? Sin una reestructuración de la seguridad social y fuertes inversiones en capital humano e infraestructura pública no se lograrán abatir el desempleo y la pobreza que impulsan a la delincuencia. Y sin un control hacendario riguroso no se pondrá freno a las especulaciones y negocios de los otros delincuentes, los de cuello blanco, que se aprovechan del desorden gubernamental para seguir engrosando sus bolsillos. ¡Son tantas las líneas de acción que habría que desarrollar para abordar integralmente las variadas dimensiones del nefasto problema!

Demandar un cambio de estrategia va de la mano de exigir que el gobierno federal se siente a una mesa de trabajo con especialistas en reformas anticorrupción (policiacas y judiciales) y en estrategias de investigación financiera y hacendaria. Pero además hay que exigir que se haga público el debate entre el gobierno y expertos como Buscaglia. ¿Qué es lo que ha llevado al gobierno a desestimar las críticas de Buscaglia, uno de los especialistas más sólidos en el tema? ¿Será que por cuestionar abiertamente la guerra emprendida por Calderón su expertise se vuelve descartable?

Por lo pronto, creo que ya sé lo que dirá mi pancarta: “Y además de todo, debate público con Buscaglia”.










2 jul 2010


Carlos, los animales y la izquierda




Marta Lamas

MÉXICO, D.F., 1 de julio.- Carlos Monsiváis pensó, escribió y actuó con una pasión ética a lo largo de toda su vida. Estos días hemos escuchado a diversas personas alabar su congruencia vital, hacerle justicia a su extraordinaria escritura, destacar su talento político, recordar su desbordante interés por cuanto le rodeaba, y reconocer su papel fundamental de aliado principalísimo y crítico de diversos movimientos sociales.

Uno de esos movimientos fue el feminista, al que acompañó desde su segunda ola a principios de los setenta. Carlos fue un aliado clave. No sólo escribió sobre él, también apoyó de forma eficaz las diversas luchas de las feministas. Pero hoy no voy a hablar de feminismo, sino de otra causa, tal vez la más perdida, de Monsiváis: su lucha en contra de la crueldad hacia los animales. Él no toleraba la injusticia de ningún tipo y consideraba que uno de los rostros más aberrantes de la violencia era el despiadado encarnizamiento contra los animales.

Lo obsesionaba una pregunta: ¿cuál debe ser una relación ética y justa con los animales? Me regaló incluso el libro Las vidas de los animales, de J.M. Coetzee, Premio Nobel de Literatura, donde este escritor sudafricano presenta en toda su complejidad un debate absolutamente conmovedor sobre el vegetarianismo ético. Esa era su postura: no se quedaba en un repudio intelectual a la crueldad, sino que la ponía en práctica hasta sus últimas consecuencias. Para él, el acto de mayor barbarie era criar animales para torturarlos públicamente, como en las corridas de toros y en los circos.

Adorador de los gatos, Carlos compadecía a todos los animales vejados, hambrientos o abandonados que encontraba en la calle. En alguna ocasión que fuimos a comer nos sorprendió al pedir un bistec para luego salir y ofrecérselo al perro que estaba en la entrada de la fonda.

Nuestra pasión compartida por los gatos (que se llama elurofilia) adquirió en Carlos dimensiones patológicas. Sus gatos eran sus amos, lo manipulaban, le destrozaban todo, le impedían dormir sin interrupciones, pero su goce elurofílico cancelaba cualquier racionalidad. Esa locura gatuna nos unía y teníamos largas charlas sobre nuestros felinos que, con frecuencia, derivaban al doloroso tema de las emociones de los animales. Él afirmaba: “Los animales tienen sentimientos y sienten dolor, alegría, amor y tristeza, como nosotros”. Y a continuación se preguntaba, y me preguntaba: “¿Qué vamos a hacer para que no los lastimen?”

Me pasaba libros, y revisábamos los argumentos que lo convencían o que lo ponían a pensar. Discutimos mucho sobre Peter Singer. Le gustó que éste bioético cuestionara la premisa de que sólo los miembros de nuestra especie merecen mayor protección que cualquier otro animal. Criticaba, igual que Singer, el postulado judeocristiano que dice que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y le otorgó el dominio sobre todos los animales. Consideraba que tal supuesto religioso tenía poca validez ética y le atraía la propuesta de tratar de establecer los límites de la distinción entre mamíferos humanos y no humanos.

Quería involucrarse más en las asociaciones de lucha por los derechos de los animales, pero no coincidía con la actitud de algunos grupos que abogan sólo por el respeto humanitario hacia los animales, sin interesarse por la desigualdad entre los seres humanos. No aceptaba que la izquierda optara sólo por defender derechos humanos y olvidara los de los animales. No hacía concesiones: hay que comportarnos como seres humanos verdaderamente humanitarios y no violentos en todos los ámbitos de la vida, pues limitarnos sólo a uno favorece la permanencia de la violencia.

Ahora que México enfrenta retos inquietantes y que la partida de Carlos nos deja desoladas a muchísimas personas, me agarro de lo que propuso Elena Poniatowska cuando se preguntó, hablando por todos nosotros: “¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi?” Ella decía, palabras más palabras menos, que lo que debíamos hacer era retomar sus causas y seguir luchando.

En la conferencia que dio en la UACM por sus 70 años, Carlos retomó el poema “1936” de Luis Cernuda y concluyó: “Lo que explica las causas perdidas es la certeza del valor inmanente de las exigencias de justicia y de las batallas para alcanzarla”.

En este momento en que nuestro país necesita más que nunca la lucidez, la radicalidad y el compromiso social de Monsiváis, espero que esta causa suya sea continuada por Chaneca Maldonado y otras valientes defensoras que lo hacen desde hace años, y que son, como dijo Cernuda: “testigos irrefutables de toda la nobleza humana”. Y ojalá que quienes encuentran en Carlos Monsiváis una guía ético-política de cómo dar esas batallas, de cómo ser mejores seres humanos y así sanar a nuestro maltrecho México, sientan la responsabilidad de incorporar esta causa, tan querida por él y lamentablemente tan olvidada por la izquierda. l



Texto leído el lunes 21 de junio en el homenaje del Gobierno del DF a Monsiváis.




11 sep 2009


La santa indignación




MARTA LAMAS

A México le urge tener una ciudadanía protestadora. Frente a los manejos sucios de muchas figuras políticas, y cuando los partidos muestran una patética y denigrante reiteración de corrupciones con tal de ganar las elecciones, los ciudadanos manifiestan su decepción o indiferencia.
Pero la ciudadanía, frustrada por la falta de expectativas políticas, pocas veces elige la incómoda vía de protestar públicamente. Por eso los ciudadanos resultamos más que los destinatarios del desastre político: también somos sus principales sostenedores.
Es cierto que faltan espacios para la reflexión colectiva y para un debate público que recoja las inquietudes y propuestas de la ciudadanía. Pero también hay otra cosa, algo así como una dificultad cultural para expresar públicamente la indignación que se siente.
En mi familia extranjera se habla de “la santa indignación” para referirse a un enojo legítimo que impulsa a una acción. ¿Por qué los mexicanos, en lugar de expresar la “santa indignación”, nos callamos y tragamos el coraje?
La semana pasada, en estas páginas, Denise Dresser, en su Llamado a hablar mal de México, citó “el apabullante silencio de la gente buena”.
Dresser criticó la resignación nacional y armó un alegato sobre “vivir generando incomodidad” y “diciéndoles a los demás lo que no quieren oír”. Según ella, “el ciudadano crítico debe poseer una gran capacidad para resistir las imágenes convencionales, las narrativas oficiales, las justificaciones circuladas por televisoras poderosas o presidentes porristas”.
Es evidente que existen grandes obstáculos para la manifestación de la crítica ciudadana. Entre ellos encuentro una especie de mordaza cultural ante la protesta.
Sin duda, el pensamiento crítico es la actitud más avanzada en el orden del pensar: es lo que puede permitir a cada persona entender y, por ende, decidir la forma más adecuada de accionar, o de abstenerse de accionar, en cada momento y en todos los aspectos de su vida. Pero hoy, en nuestro país y especialmente en las circunstancias que estamos viviendo, el motor que alienta la crítica pública –la “santa indignación”– parece ausente.
Durante siglos, la cultura mexicana ha transmitido el mensaje de que “el que se pelea pierde”. Estamos rodeados de recomendaciones sobre “fingir demencia”, “hacernos guajes”, “darle la vuelta a las cosas”. El “no te metas”, como mandato implícito o explícito, es un fuerte formador cultural, y como los mandatos culturales se transmiten con una carga afectiva, pocos ciudadanos pueden eludirlos. Por si fuera poco, ¿quién educa valorando la rebeldía crítica?
Es ingenuo suponer que tanto los políticos como los ciudadanos podrán defender las ventajas de la democracia y el respeto a la pluralidad mientras la vida cotidiana se desarrolle en un contexto en el cual “el que se pelea pierde”. Hay que aprender a pelearnos bien, a debatir y a dirimir diferencias. Eso implica transformar nuestra lógica cultural.
Para desarrollar el pensamiento crítico de las nuevas generaciones no basta con enseñarles a contrastar los intereses y necesidades concretas y actuales de los ciudadanos con las propuestas políticas; es indispensable estimularles la crítica a la autoridad y a lo establecido. Y también hay que ver a la indignación y al “hablar mal de México” como bases de una ética de la responsabilidad ciudadana.
Todo mundo sabe que para enfrentar la indiferencia o el malestar ante la política se necesita una participación ciudadana plural, informada y con un componente deliberativo y crítico. Pero a veces se olvida que, sobre todo, se requiere reconocer que la política tiene dos lados: nosotros y ellos. Y sólo hablar de “ellos”, los políticos, versus “nosotros”, los ciudadanos, oscurece nuestra responsabilidad.
Nosotros, los ciudadanos, también tenemos que ver con este deterioro de la política. La ausencia de una protesta ciudadana sólida y constante, que dé seguimiento y critique a nuestros representantes y servidores públicos, también provoca el asco político que estamos viviendo.
La inexistencia de una verdadera contraloría social (y no estoy proponiendo una nueva instancia burocrática, sino una actitud) limita la posibilidad de que nuestros gobernantes y legisladores rectifiquen línea y acciones políticas. Los ciudadanos estamos reducidos a hacer valer nuestro “poder” cada tres y cada seis años. Y aún así, en esas fechas emblemáticas hemos sido poco consistentes a la hora de ejercer ese poder, dejándonos llevar por la seducción mediática o las lealtades afectivas en vez de realizar una revisión crítica de la trayectoria política de los candidatos. Por eso sólo en contadas ocasiones surge un ¡Basta ya! que logra dar un vuelco a los pronósticos electorales.
La relación entre indignación y actitud crítica no se da automáticamente; hay que construirla. Para lograr que el pensamiento crítico se vaya convirtiendo en una herramienta común, vigente en cada instancia social, hay que empezar a ejercitarlo con uno mismo.
Hay que poner en duda los propios puntos de vista, valores, ideas y prejuicios. La autocrítica es personal y también nacional: la de nuestra sociedad, nuestro sistema político y nuestra cultura. Hay que decir lo que está mal, lo que falta, lo que no nos gusta. Por eso una de las consecuencias más positivas del pensamiento crítico es que alienta el cambio. Y eso queremos, ¿o no?