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5 dic 2009



Reflexiones sobre el Congreso del PRD




Martí Batres

Estamos a las puertas del Congreso Nacional del PRD. Éste se realizará en un contexto complicado y adverso, tanto en lo interno como en el escenario nacional.

En el país se ha consolidado un bloque de derecha, compacto y agresivo, que tiene copadas a las instituciones, a los medios de comunicación electrónicos y que toma decisiones sin considerar los gravísimos costos que esto le representa al país.

Ese bloque de derecha lo conforman, obviamente, PRI y PAN, junto con cadenas de radio y televisión, así como otras viejas instituciones y jerarquías conservadoras.


En ese contexto se han tomado decisiones tan terribles como la desaparición –mediante un golpe político– de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, y el despido (de golpe y porrazo) de 44 mil electricistas. De igual forma, 17 congresos locales han decidido que deben ir a la cárcel las mujeres que decidan interrumpir su embarazo, sea por la circunstancia que sea.

Al mismo tiempo ocurren numerosas violaciones a los derechos humanos y se hace evidente el regreso al control mediático que impide que a través de ellos suene, se haga visible o trasluzca cualquier opinión crítica que incomode al sistema.


Felipe Calderón, el espurio, está empeñado en terminar su administración con base en golpes de fuerza y exposición mediática, no obstante que ello lo aísla, lo debilita y disminuye cada vez más su aceptación entre la ciudadanía.

El PRI, por su parte, está empeñado en regresar al poder aliándose al sector más oscurantista de la derecha mexicana y completamente amarrado al grupo oligárquico que controla al país.

En esas condiciones, PRI y PAN se aliaron en el Congreso de la Unión.


Primero, para no tocar a los grupos privilegiados que no pagan o eluden impuestos; segundo, para aumentarle los impuestos a las clases medias y trabajadoras que son las que ya los pagan. Y tercero, para repartirse los recursos como un botín, acorde a sus necesidades políticas.

Cualquiera diría que el escenario está dado para el crecimiento de una alternativa distinta, opositora, de izquierda, con raigambre popular y un fuerte posicionamiento social. Sin embargo, el dramatismo de la situación se explica no sólo por lo que están haciendo los factores del grupo conservador, sino también por lo que ha dejado de hacer el bloque transformador o de izquierda.

En ese sentido, es notable la ausencia de un partido político que capitalice la ofensiva polarizadora del bloque de derecha. Aun y cuando cada decisión que tome la derecha sea concretada, las consecuencias que de ello derivan generan un descontento, un malestar, una inconformidad, cada vez mayor.


No obstante, el partido más fuerte de la izquierda mexicana, el PRD, no está encabezando ese descontento popular. Esa es la otra dramática verdad. Es la realidad que vivimos.

Afortunadamente, sí hay oposición y hay resistencia. No está expresada a través de un partido político en esta etapa histórica. Pero existe y se manifiesta principalmente, sustancialmente, a través del movimiento que encabeza Andrés Manuel López Obrador. Su existencia es lo que evitó la entrega de Pemex a las compañías extranjeras; es lo que posibilitó la salida de Luis Carlos Ugalde del IFE; es lo que revirtió la Ley Televisa y frenó los apetitos insaciables de los medios electrónicos en la competencia política partidista.

Eso significa que la oposición de izquierda se ha articulado y organizado por fuera de las estructuras partidistas formales. En el movimiento de Andrés Manuel López Obrador, naturalmente, hay muchos perredistas pero también militantes de otras fuerzas políticas y, sobre todo, ciudadanos sin partido.

No obstante, lo destacable del tema es que el PRD no está encabezando la protesta y el descontento social ante un gobierno que ha sido estrepitosamente reprobado por la ciudadanía.

Al acercarse el Congreso Nacional del PRD, no sólo es deseable, sino necesario que salga con bien. No sólo los perredistas lo requieren, sino el país mismo. A México le urge reconstruir sus equilibrios internos para evitar seguir a la deriva y empeorando, o de plano caer en el abismo. Es necesario que al interior del Sol Azteca haya acuerdos, conciliación y unidad.

Sin embargo, permean dos temas que amenazan la necesaria unidad y el buen resultado del congreso. Uno es el de la elección de dirigentes y candidatos. Si se elimina el voto universal, directo y secreto para elegirlos (como el método predominante de decisión), entonces se estará enviando un nuevo mensaje de cerrazón y alejamiento de la dirigencia en relación con las propias bases y la sociedad.

El otro tema es el de las alianzas. Se habla en ocasiones de establecer una línea de alianzas electorales con el PRI y el PAN. Si eso se llegara a acordar, el Congreso del partido enviará un mensaje negativo a la sociedad, muy difícil de descifrar. Si por un lado señalamos al PRIAN de ser los verdugos del pueblo, los que elevaron los impuestos, quienes castigaron a los estados que gobierna el PRD, que aprueban leyes retrógradas y oscurantistas, pero por el otro se establecen dichas alianzas, el mensaje desvirtuaría la acción partidista.

Más bien el PRD debe fortalecer la política de las alianzas con las fuerzas progresistas, patrióticas y de izquierda en un frente lo más amplio posible. Requiere de un conjunto de líneas de acercamiento con todas aquellas fuerzas políticas que coincidan con la agenda social y la agenda de las libertades democráticas que dan cauce al partido.

Es necesario para el país el éxito del congreso perredista. Y es urgente reposicionar al partido mediante tres grandes iniciativas: uno, alcanzar la unidad; dos, retomar el trabajo de base, y tres, hacer del PRD el partido que encabece el descontento social. Si se logra estaremos en condiciones de disputar con éxito la lucha contra la mediocre derecha gobernante y dando un paso firme en contra del peligro de la restauración autoritaria.





23 jun 2009


¿Dónde quedó el PRD?

MARTí BATRES

La campaña que ha emprendido un grupo de personajes a favor del voto en blanco, el frustrado debate entre los presidentes del PRI y el PAN, y al que no se invitó al PRD, y la acción-político-electoral-mediática que llevó a cabo el gobierno federal arrollando al gobierno perredista de Michoacán conducen a la misma pregunta: ¿Dónde está el PRD?
La ausencia del PRD en el escenario nacional se corresponde con la lucha interna que libra el núcleo dominante en el aparato de este partido contra la vertiente del movimiento popular que le dio al mismo la mayor votación de su historia.

En lugar de recurrir al apoyo del más amplio movimiento social existente hoy en día, se veta la difusión de un spot de Andrés Manuel López Obrador llamando a votar por el PRD en el Distrito Federal, entidad en la que una encuesta del periódico Reforma ubica ya al Partido del Trabajo con más de 8% de la intención del voto debido a la asociación de AMLO con este partido en el imaginario popular.

En vez de proteger sus liderazgos más convocantes, se opta por una política de facción para defender los espacios de un grupo, aunque esto represente la pérdida de decenas de miles y tal vez cientos de miles de votos, como en Iztapalapa, al despojar de su candidatura a Clara Brugada, la personalidad de mayor arrastre popular que tiene el PRD en esa región, y con mayor posicionamiento personal, después de Ana Gabriela Guevara y Bernardo Bátiz, según la encuesta de Mitofsky.

En lugar de promover la continuidad del Frente Amplio Progresista y sumar un amplio abanico de expresiones, se promueve una reforma electoral para debilitar a las fuerzas políticas emergentes, como el PT y Convergencia; se desarticula la relación con estas dos fuerzas políticas y se queda sin política de alianzas al condicionarlas todas a la realización de un acuerdo con el insignificante Partido Social Demócrata.

En vez de utilizar sus espacios en televisión para promocionar a sus candidatos o asociar al partido con personajes o figuras convocantes, se utilizan dichos espacios para darle difusión a un dirigente desconocido.

En lugar de usar tiempo y energía para luchar contra el PRI y el PAN, se combate al excandidato presidencial que más votos le ha dado al PRD.

En lugar de diferenciarse del PRI y del PAN, se quiere que el PRD cada día se parezca más al PRI y al PAN.

En lugar de marcar tajantemente su independencia respecto a un gobierno usurpador, neoliberal y represivo, se construye una relación de subordinación al gobierno de Felipe Calderón.

Las consecuencias están a la vista. La campaña por el voto nulo o voto en blanco está montada sobre la idea de que todos los partidos son iguales. Es la primera vez, desde que surgió el PRD, que una protesta de naturaleza alternativa por la vía electoral no se canaliza a través del PRD. Antes era imposible que sucediera una protesta como la que representa el voto en blanco porque el PRD simbolizaba esa inconformidad antisistémica expresada electoralmente. La responsabilidad de que este fenómeno haya surgido se debe también a quienes se han empeñado en ir borrando la diferencia del PRD con el binomio PRI-PAN.

También era imposible que un gobierno federal se atreviera a pasar por encima de un gobierno perredista, como ocurrió recientemente en Michoacán, sin que ello implicara un alto costo político para la autoridad federal.

Y así mismo hubiera sido imposible que en 2006, 2003, 2000 o en 1997, se planteara un debate entre el PRI y el PAN sin el PRD. Esto sólo se explica por la actitud de un PRD callado y pasivo, incapaz de levantarle la voz al gobierno federal y de aparecer frente a la ciudadanía con la voluntad de combate y pelea de quien, se supone, busca transformar radicalmente a México.

En estos días, tres años después de haber estado en la antesala del Palacio Nacional, las encuestas que se publican le dan al PRD entre 12 y 17% de la votación. Sólo en el Distrito Federal y en otras regiones localizadas se mantiene como primera fuerza política.
¿Qué está pasando? ¿Dónde está el partido capaz de convocar y organizar la protesta social, de encauzarla electoralmente, de unificar a las izquierdas en su seno, de articular un arcoiris de alianzas, de retar al poder y al sistema?

Ojalá reaparezca pronto, porque una izquierda errática y sumisa con los poderosos no es muy atractiva para los votantes, que están hartos de la clase política tradicional.




27 may 2009


Las razones de López Obrador


MARTí BATRES

Andrés Manuel López Obrador está llamando a votar por candidatos del Partido de la Revolución Democrática, del Partido del Trabajo y de Convergencia. ¿Por qué? Las razones se encuentran, principalmente, en su papel al frente del movimiento que se ha convertido en la verdadera oposición al gobierno federal y a sus políticas, así como en las batallas que se librarán en la segunda mitad de este sexenio.

Existen dos polos en la disputa nacional real. Por un lado están los que persisten en continuar las transformaciones neoliberales iniciadas con Miguel de la Madrid y continuadas por Salinas, Zedillo, Fox y Calderón. Por otro, los vigorosos movimientos populares que se han opuesto desde entonces y hasta ahora a esa ruta y que reclaman una reorientación popular y nacional del rumbo del país. Ambos bloques se expresan a través de diferentes fuerzas políticas, y a veces las atraviesan y las someten a fuertes tensiones o contradicciones.

Así, la oligarquía que gobierna México ha tratado de colocar a sus voceros en las listas de todos los partidos políticos, especialmente en el PRI y el PAN. Lo que necesitan es que, con la camiseta de cualquier partido, sus legisladores defiendan y aprueben las llamadas reformas estructurales: la reforma constitucional para privatizar los energéticos; la reforma laboral para eliminar la estabilidad en el empleo, y la reforma fiscal, pero con el sesgo de cobrarle más impuestos a los contribuyentes cautivos y no a los actuales empresarios evasores. Se avizora, sobre todo, una nueva embestida para buscar la aprobación del IVA en medicinas y alimentos.

Sin embargo, esa batalla no se ha hecho suficientemente visible en la competencia electoral de nuestros días. Lo que hoy priva es una gran confusión porque al ciudadano común no le queda clara la diferencia entre un partido político y otro. El PRI y el PAN protagonizan el pleito más ruidoso de la coyuntura, pero al final de cuentas no hay una contradicción programática entre ellos. Irán a la Cámara de Diputados a votar en el mismo sentido, como lo han hecho desde 1991. Sólo es una pelea de espacios de poder.

El PRD, por su parte, no se ve en la contienda salvo en algunas regiones. No ha logrado establecer la diferencia tajante con el proyecto dominante para colocarse como el polo electoral opuesto al PRI-PAN. Esto tiene mucho que ver con la noción que tienen dirigentes y candidatos respecto del papel que debe desempeñarse en las Cámaras, y la relación a establecer con la fuerza dominante. No se termina por entender que la oposición se opone o acaba por ser un actor más entre muchos otros.

En la legislatura saliente, el PAN, el PRI y legisladores de otras fuerzas políticas hicieron todo lo posible por modificar la Constitución y entregar Petróleos Mexicanos a las grandes compañías extranjeras. No lo lograron por la doble acción que realizaron el movimiento popular –desde fuera del Poder Legislativo– y una parte de los diputados del PRD, PT y Convergencia. La batalla se ganó afuera por la inconformidad social y por el respaldo firme de un conjunto de legisladores, no tan numeroso, pero sí muy consistente, que obligó a la discusión pública del tema.

Un caso similar ocurrió hace dos legislaturas, en el año 2001, cuando el movimiento popular paró en seco el intento de imponer el IVA en medicinas y alimentos con el apoyo de no más de cincuenta legisladores del PRD, seis del PT, uno de Convergencia, e incluso una docena de priistas.

En la legislatura que está por terminar, las fuerzas progresistas y de izquierda tuvieron la más grande bancada de la historia contemporánea. Sin embargo no todos participaron con la misma postura y determinación en la lucha principal: la batalla por el petróleo. Para frenar el proyecto privatizador, en esta ocasión como en otras, lo más importante no fue el número de legisladores, sino la determinación de algunos y su relación con el movimiento popular.

Tomando en cuenta lo anterior, se entiende que la oligarquía busque tener diputados que voten a favor de las llamadas reformas estructurales. Pero también se infiere que lo más importante para el movimiento popular, opuesto a tales reformas, es contar con legisladores con la suficiente claridad y firmeza para representar ese movimiento en el Congreso de la Unión.

De la misma forma que a los adversarios de AMLO, a la oligarquía le interesa contar con legisladores que aprueben las mal llamadas reformas estructurales, así sean del PRI, del PAN o de otros partidos políticos. Para el movimiento que encabeza Andrés Manuel López Obrador lo más importante es contar con legisladores que se opongan a la imposición del IVA en medicinas y alimentos y al resto de las contrarreformas, independientemente del partido que sean, pues la cohesión de cada bloque estará dada por la coincidencia en el mismo programa económico social.

La lucha real de nuestros días, la que está definiendo si México continúa o no por la ruta neoliberal –la que exacerba la desigualdad social y los riesgos que ello conlleva– no se da entre un partido político y otro. Pasa por la confrontación de proyectos económicos sociales totalmente diferentes, donde unos pugnan por mantener ganancias y privilegios frente a otros que luchan por una mayor equidad y justicia social en el país. Y hoy por hoy, nos guste o no, quien encabeza esa lucha con su movimiento es Andrés Manuel López Obrador.