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17 may 2012

 
Los jóvenes de ahora


Octavio Rodríguez Araujo

 
En mi opinión, están equivocados los que piensan o dicen que los jóvenes de ahora viven en las nubes o que son apáticos o que no están informados. Tal vez sea el caso de algunos, pero no de los estudiantes de bachillerato y licenciatura del Distrito Federal y de otras entidades federativas como, por ejemplo, Querétaro y Nuevo León, estados que no se distinguen precisamente por ser de izquierda.

Lo ocurrido en el Tecnológico de Monterrey, en la Iberoamericana y en la Universidad Autónoma de Querétaro en relación con los candidatos y su apoyo directo o indirecto a Andrés Manuel López Obrador, además de una actitud de respeto hacia éste es, a mi juicio, muy significativo. Peña, Vázquez y Quadri no pegan su chicle entre los estudiantes universitarios, por más que se editen los videos de los actos en que se presentaron y donde fueron repudiados. La edición priísta de lo ocurrido en la Iberoamericana es, además de una estupidez, un gancho a su propia cara, valga la figura. Si así tratan de maquillar la realidad, como lo ha hecho Calderón por casi seis años, ¿qué podemos esperar de ellos si llegasen a ganar la elección presidencial? ¿El México de Pedro Aspe en el que la pobreza era un mito genial?

El lunes tuve oportunidad de dictar una conferencia a los estudiantes del bachillerato del Colegio Madrid, institución privada de educación con larga trayectoria en México y, a juzgar por los aplausos y las inteligentes preguntas, se trata de estudiantes muy enterados y que yo llamaría progresistas.

Ninguno de ellos se inmutó, chifló o abucheó a López Obrador cuando lo mencioné en mi ponencia sobre partidos, abstención y voto nulo. Un ejemplo más de lo que estoy diciendo: los jóvenes nos darán la sorpresa el primero de julio próximo, al menos los jóvenes estudiantes.

Nuestra querida Elena Poniatowska, sensible como es, dedicó su discurso a los jóvenes en el merecido homenaje por sus 80 años de vida en la UNAM. La respuesta del público fue la misma: entusiasmo y hasta un sonoro ¡goya! al final. ¿Por qué insistir, como hacen algunos, en que los jóvenes no tienen puestas las pilas?

Puro pensamiento ilusorio e inconfesables deseos de que los jóvenes, que todavía son la mayoría en el país, se abstengan o voten nulo. Pero se trata de un cálculo equivocado. Los jóvenes, más que los adultos y los viejos, saben que en los años recientes se les han cerrado oportunidades de realización personal, sean trabajadores o sean educandos que quieren seguir estudiando para luego trabajar de acuerdo con lo que estudiaron. El neoliberalismo en México, como también en Estados Unidos, en Chile o en la mayor parte de los países europeos, los ha afectado y tienen toda la razón para estar molestos, furiosos e indignados. Los jóvenes también saben que la abstención y el voto nulo favorecen a los partidos que tienen el poder o a los partidos competidores que defienden el sistema que ellos ya rechazan, por perjudicial y porque cierra expectativas de vida y desarrollo.

El PRI y el PAN son los partidos del sistema, de la continuidad del neoliberalismo, de los defensores de las oligarquías archienriquecidas y que, por más que prometan, seguirán con lo mismo respondiendo a los intereses que defienden y que los apoyan. Esto lo saben los jóvenes y por eso los rechazan. De Quadri y su partido, mejor no hablamos; no merecen más de un artículo y éste ya lo escribí.

Conforme avanzan las campañas electorales los candidatos del sistema se exhiben tanto en sus limitaciones, que dan pena ajena en un país como México, como en su autoritarismo y cara dura para disfrazar sus fracasos y sus errores tácticos y estratégicos, en lugar de enmendarlos y ofrecer las transformaciones que el país necesita. Parece mentira, pero no se han dado cuenta que nadando en favor de la corriente de lo políticamente correcto, es decir, del statu quo, lo están haciendo en contra de la historia y de los cambios que quiere la población mayoritaria. Es como el que fue enterrado vivo y boca abajo: entre más excava más se hunde y más tierra traga.

¿Estoy pecando de optimismo? Puede ser, pero todos los días me sorprendo con la actitud de los jóvenes que se defienden como pueden de quienes amenazan su existencia y su futuro, sobre todo éste. Pienso que ellos saben que si se dan por derrotados pasarán a formar la segunda edición de la generación X de los años 90, caracterizada por su desorientación y su pasividad. Como los jóvenes de ahora no habían nacido o eran muy pequeños cuando Jean Paul Dubois escribió su famoso artículo sobre la generación X (Le nouvel observateur, 14/04/93), conviene recordar algunas características de esa generación también llamada de los desorientados. Los jóvenes de aquellos años, que ahora rondan los 40 de edad, llegaron –decía el autor– en un mal momento y, ante el desorden ampliado en que crecieron, optaron por callarse, esperar y hacerse olvidar. Se formaron envueltos en las promesas del neoliberalismo, visto como la panacea, para descubrir más tarde que el mundo se amplió en proporción inversa a sus posibilidades de realización social e individual.
Los jóvenes de ahora no piden eso, no lo aceptan ni desean seguir en lo mismo. No quieren callarse ni ser conformistas. Aspiran a un mundo mejor, entre otras cosas porque cada vez es peor. Quieren un cambio y sólo un candidato presidencial lo propone, razón por la cual rechazan a los otros. Así de simple. Hay una cierta desorientación entre los jóvenes del presente, cierto, y ellos lo admiten, pero sí saben qué no quieren. Y éste es el punto que no entienden Peña, Vázquez ni el otro que no entiende nada.

A Carlos Fuentes, un autor cuyos primeros libros me marcaron cuando era joven.

15 mar 2012


Candidaturas diferentes


Octavio Rodríguez Araujo


Una de las diferencias, además de las obvias, entre Josefina Vázquez Mota y Andrés Manuel López Obrador, es que con la primera la gente no aguantó estar bajo el sol y se fue antes de que ella llegara a rendir protesta como candidata del PAN, en tanto que con López Obrador la gente aguanta sol, calor, frío, lluvia y hasta granizadas sin salir corriendo del sitio donde él va a hablar. Peña Nieto prefirió rendir protesta en una reunión incompleta del Consejo Político Nacional del PRI, a puerta cerrada y con cinco ciudadanos espontáneos” que le dijeron, como si se hubieran puesto de acuerdo: “Enrique, creo en ti” (no se arriesgó a un acto masivo como sus competidores: cinco seleccionados del pueblo y algunos dinosaurios fueron más que suficientes).

Lo de la señora Vázquez Mota no fue un asunto de logística, como ha querido presentarlo su coordinador de campaña, Roberto Gil Zuarth, sino de insuficiente simpatía de los acarreados por “su candidata” y de falta de templanza militante.

Los panistas, finalmente de derecha, no son tan aguantadores como los de izquierda ni como el pueblo en general. Éste ha aguantado décadas de injusticias y malos tratos, aunque ocasionalmente se rebela. La gente de izquierda es, a la vez que rebelde por naturaleza, aguantadora como pocos, estoica y sufridora, entre otras razones porque sabe que las luchas que tiene enfrente dependen mucho de su paciencia y de su capacidad para resistir todo tipo de adversidades. Si no fuera así, hace mucho que las izquierdas hubieran dejado de existir.

Como las derechas han sido favorecidas por los gobiernos tanto priístas como panistas (ambos de derecha), no están acostumbradas a las circunstancias desfavorables: se cansan, se sofocan, se sienten humilladas si pierden las comodidades a que están acostumbradas y a la prepotencia con que fueron criadas en la familia y en la escuela (privada, of course).

Cuando vi las fotos del estadio vacío en el que rindió protesta Vázquez Mota sentí, al mismo tiempo, gusto y pena ajena. Gusto porque su partido y sus supuestos seguidores no se esperaron a que ella hablara, pena ajena porque debe haber sentido el enorme desaire, ni más ni menos que de aquellos que supuestamente la apoyan (por algo los llevaron al estadio). Como no es ni puede ser mi candidata pienso que lo que le ocurrió demuestra que su partido ya tuvo su oportunidad en 2000 y que gracias a Calderón la perdió. Pienso, asimismo, que los cuatro puntos de las falsas encuestas del ocupante de Los Pinos se pusieron a prueba en ese acto; es decir, no existen y la candidata va a la baja, como también el candidato del PRI-PVEM.

He asistido a varios mítines de López Obrador, desde las famosas concentraciones en el Zócalo en 2006 hasta otras más recientes. Él llena por igual las plazas y los auditorios y la gente ahí ha estado, con ánimo y con esperanza (aunque esto suene cursilón). Vi algo muy similar, aunque con menos gente, en los tiempos de auge del zapatismo. La diferencia, creo, es que los panistas no tienen suficientes convicciones, mientras que las izquierdas y la gente que las siguen sí las tienen. Esta diferencia es la que nos va a llevar al triunfo una vez más. Y digo “una vez más” pues tanto en 1988 como en 2006 nos lo quitaron haciendo trampas.

Si por el momento las encuestas nos dicen que la coalición Movimiento Progresista no levanta, también nos señalan que el PRI ha disminuido y el PAN ha subido en preferencias electorales gracias a la precampaña de sus tres precandidatos que, por lo mismo, tuvieron más publicidad que los precandidatos únicos. Pero ahora que empiecen las campañas propiamente dichas es posible que las cosas cambien. No será fácil para Andrés Manuel pues su partido (el PRD) ha cometido errores muy graves, y éstos están en la memoria de millones de mexicanos. En lugar de haberse refundado, como ofrecieron sus dirigentes después del gran descalabro electoral de 2009, mantuvieron sus prácticas viciadas y, en el colmo del pragmatismo más ramplón, llegaron a proponer alianzas con el PAN en varios comicios locales, incluyendo el del estado de México. Sin embargo, queda la esperanza, como ocurrió con Cuauhtémoc Cárdenas en marzo de 1988, de que la candidatura del Movimiento Progresista se levante con fuerza. Así es la política, llena de sorpresas y de altibajos.

Poco a poco, como que no quiere la cosa, el candidato de las izquierdas ha venido estableciendo consensos con empresarios, productores del campo, científicos, intelectuales, artistas, estudiantes y, lo más importante, con gente de a pie que se sabe mover sin necesidad de que la lleven a estadios, plazas o auditorios para escuchar a quienes ve como sus líderes y candidatos.

El lunes, por ejemplo, estuve en una reunión de científicos de varias disciplinas convocados por René Drucker. Ahí estuvo López Obrador. Todos fuimos por nuestros propios medios y aunque creo que no todos son lopezobradoristas el ambiente me pareció favorable tanto a las propuestas de Drucker como a la candidatura del Movimiento Progresista. Fue una reunión de propuestas relacionadas con la urgente necesidad de fortalecer el desarrollo científico del país y, por lo mismo, pareció apolítica. Pero no lo fue, pues los que ahí estábamos sabemos que el desarrollo de las ciencias tiene mucho que ver con la importancia que les dé un gobierno y que esto depende de los criterios con los que se establecen las políticas públicas y las prioridades de la nación. Un país en el que no se aliente el desarrollo de las ciencias, se dijo, es un país destinado a seguir siendo subdesarrollado y dependiente. Esto lo entendió López Obrador y lo hizo suyo como un tema prioritario del desarrollo que requiere México. Me imagino que algo muy similar ocurrirá en otros campos del conocimiento y de la creación artística que en el país, por cierto, es muy rica a pesar de los gobiernos incultos que hemos tenido. ¿Vázquez Mota y Peña Nieto tendrán la capacidad para convocar también a lo más relevante de los círculos intelectuales, científicos y artísticos del país? No lo creo. Una porque su mensaje y sus intereses son empresariales, el otro porque es casi analfabeto además de compartir los mismos intereses que la candidata panista.

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8 mar 2012


Ante la opción de muerte y miedo


Octavio Rodríguez Araujo


El PRI se voló la barda con las declaraciones de Pedro Joaquín. No queremos otro sexenio de muerte y miedo”, dijo, sin reconocer que, guardando las debidas proporciones, es lo que hizo su partido en 1994 para que ganara su impopular candidato: Ernesto Zedillo.

En aquel entonces su propaganda fue infundir miedo en la población presentándose como el partido de la estabilidad y la paz. Acababa de estallar el movimiento zapatista en Chiapas y habían asesinado a Luis Donaldo Colosio. Sus espots se referían a otros países donde había golpes de Estado y dictaduras, guerras y matanzas. En México, se sugería, había paz y estabilidad… “gracias al PRI”.

Al margen de la ingeniería electoral que se llevó a cabo en 1994, a tal grado que se registró la improbable abstención más baja de los anteriores 30 años (24.2 por ciento), la estrategia del tricolor fue para evitar que las izquierdas que habían ganado en 1988 (aunque no se les reconociera el triunfo) pudieran volver a hacerlo. Les dio resultado la política del miedo, y ahora pretenden usar la política del antimiedo: con nosotros, parecen decir, no habrá violencia ni dolor ni corrupción ni pobreza, que es lo que nos han dado los gobiernos panistas. Pero en ese momento el presidente del PRI no había escuchado a Enrique Peña Nieto en su conversación con Joe Biden.

Pedro Joaquín Coldwell tiene razón, en parte. Sí es cierto que los panistas no han sabido gobernar, que han aumentado la pobreza y la desigualdad social, que han sembrado el país de muertos y de inseguridad, que son corruptos y más. Pero que sea cierto no quiere decir que los priístas no hayan producido pobres y desigualdades, ni muertes injustificadas y no accidentales. Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo fueron los campeones de la producción de pobreza y desigualdades, además de las privatizaciones de empresas públicas, algunas estratégicas. Miguel de la Madrid no supo controlar la economía, ni siquiera la inflación. José López Portillo fue el creador de la Brigada Blanca, que persiguió sin cuartel a los disidentes políticos de México. Luis Echeverría Álvarez ejerció la represión dizque selectiva y bajo su gobierno nadie estaba seguro si pensaba distinto a él (fue el campeón de los desaparecidos por razones políticas). Ni qué decir de Gustavo Díaz Ordaz. ¿Para qué seguirle? Así es el PRI, y por más que ahora se quiera presentar como el salvador de la patria, no convence a los que sí recordamos la historia de México.

La versión de los encuentros del vicepresidente de Estados Unidos con los precandidatos presidenciales propiamente dichos es interesante en un punto. Tanto Enrique Peña Nieto como Josefina Vázquez Mota se comprometieron con Biden a continuar y mantener la lucha contra el crimen organizado (las cursivas son mías). Para ellos es un problema de mayor eficacia, pero no sabemos en qué consiste ésta. Si van a continuar lo que ha hecho Felipe Calderón, y si cualquiera de los dos triunfa este año (toco madera), tendremos, contra la opinión de Pedro Joaquín, otro sexenio de muerte y miedo, igual con su abanderado que con la panista (la diferencia entre ambos es sólo de sexo).

De esas entrevistas me queda claro, como seguramente a Biden también, que tanto el priísta como la panista continuarán, de triunfar, con la política de muerte y miedo, pero más eficaz, cualquier cosa que esto signifique en términos prácticos. Andrés Manuel López Obrador, en cambio, señaló en su carta entregada al estadunidense (publicada en La Jornada el 6/3/12), que enfrentará “el flagelo de la violencia con una estrategia y un enfoque distintos al actual, creando fuentes de trabajo, combatiendo la pobreza, la desintegración familiar, la pérdida de valores y atendiendo a los jóvenes que demandan empleo y estudio” (las cursivas son mías).

La vocación de gobierno que el priísta y la panista han demostrado es pragmática y poco imaginativa, razón por la cual se han comprometido con Washington a seguir la misma política del gobierno actual contra el crimen organizado, pero más eficaz. Eficaz tiene varios sinónimos, destaco algunos: enérgico, fuerte, vigoroso, firme, los cuales dan miedo y pronostican más muertes. Como Pedro Joaquín estuvo también en la reunión con Biden, quizá deberá rectificar y asumir que de ganar su candidato habrá más de lo mismo, “otro sexenio de muerte y miedo”.

La señora Vázquez Mota, por cierto, dice que le dijo a Biden que si ganaba las elecciones construiría en México el primer gobierno de coalición ciudadana. ¿Para qué se lo dijo? ¿Le interesará a Washington cómo y con quiénes forme alguien su gobierno? ¿No es en realidad un asunto interno, mexicano y de interés para los mexicanos? Ya había dicho en días pasados que su gobierno será incluyente. Pero debe ser de corta memoria, pues lo mismo dijo Felipe Calderón el primero de diciembre de 2006 en una comida con “empresarios, representantes de diversas iglesias, deportistas, intelectuales, familiares y amigos en el Museo de Antropología e Historia” (La Jornada, 2/12/06). Decir es una cosa y hacer es otra. Calderón no lo hizo, ¿por qué le creeríamos a la candidata de su partido? Pero esto es otro tema.

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9 feb 2012


Mayor optimismo


Octavio Rodríguez Araujo


Nunca es tarde para rectificar. Lo acaba de hacer Cuauhtémoc Cárdenas al decir Tenemos candidato presidencial en Andrés Manuel López Obrador”, y también al levantarle la mano. Un acto de unidad que, a decir verdad, lo estábamos esperando desde mediados del año pasado, por conveniente, por necesario y porque en realidad no son muchas las diferencias entre ambos líderes.

Según nota de Alma E. Muñoz en este diario (7/2/12), Cárdenas Solórzano manifestó en su discurso que la candidatura de López Obrador es una propuesta realizable para el ciudadano que aspira al cambio. Su trayectoria en la vida pública, su candidatura y su propuesta “son y deben ser elementos de cohesión y factores determinantes en la construcción de la mayoría política que se requiere para ganar las elecciones y sobre todo para respaldar una gestión de reivindicaciones nacionales, populares y llevar a cabo un buen gobierno”. Y más adelante añadió que están en juego el presente y futuro de México y el de los mexicanos; “apliquémonos a construir la mayoría política que es condición del triunfo electoral”.

Para las fuerzas progresistas, como está de moda decir, es un momento de júbilo pues nada bueno se puede obtener de la falta de unidad. La necesitamos para ganar, y debemos ganar para que sea posible la instauración de un nuevo régimen que deje de estar determinado por las políticas neoliberales y elitistas, además de improvisadas, que defienden los partidos de la derecha. Es la hora de los justos, diría el filósofo harto de ver cómo se desmorona un país junto con sus habitantes mayoritarios y empobrecidos.

Dentro de poco tiempo los precandidatos se convertirán en candidatos con plenos derechos para hacer proselitismo e iniciar sus campañas con todas las de la ley, sin restricciones ni obstáculos para acceder a los medios en la promoción de sus imágenes y propuestas. Despegarán las campañas propiamente dichas y ahí veremos de qué cuero están hechas las correas.

Una de las estrategias que más ha calado y que será todavía más efectiva en el futuro inmediato es la de unidad de las fuerzas progresistas y de quienes no ven en el PRI ni en el PAN la reconstrucción del México que requerimos los mexicanos en mayoría. A diferencia de los partidos de derecha, esta estrategia unitaria y renovadora ha sido impulsada con la gente de carne y hueso en las plazas, en las calles y de casa en casa, y no en acuerdos cupulares, corporativos y mediáticos. Pero, además, se trata de una estrategia que no sólo llama a la unidad sino a que ésta sirva para cambiar el modelo de país, de abajo hacia arriba y con un gobierno que ha planteado (el único) el derecho ciudadano a revocar su mandato si no cumple con lo ofrecido en precampaña y campaña. Esto no lo dirían Peña Nieto o Vázquez Mota, pues ninguno de los dos está dispuesto a perder el gobierno y quedarle mal a sus poderosos patrocinadores, tanto públicos como privados. Es evidente que quienes ven en el gobierno un botín para enriquecerse y favorecer a sus amigos y parientes no estarían dispuestos a perderlo por mandato ciudadano, si fuera el caso. Sólo un gobierno auténticamente democrático se la juega con iniciativas como la revocación del mandato.

La propuesta de cambio de un país donde reinan la injusticia y la concentración obscena de riquezas a costa del empobrecimiento creciente de la mayoría de la población, a un sistema más justo y equitativo, es la que favorece y favorecerá la unidad. Así interpreto lo dicho por López Obrador en el acto con Cárdenas: “Yo convoco a sumar esfuerzos para el cambio verdadero que va más allá de sacar al PAN de Los Pinos o evitar que el PRI regrese, lo importante es lograr salvar a la patria de la decadencia en la que vive”. En pocas palabras, cambiar el rumbo y construir, entre todos, otro país, al margen de modelos que ya hasta el FMI cuestiona, por improcedentes y porque han provocado crisis inimaginables hace 20 años. Lo que está pasando en Europa no es de broma, y todos los gobernantes de allá saben que lo que viven es producto de políticas neoliberales que adoptaron autoritariamente sin medir las consecuencias para sus pueblos ahora indignados (por justas razones).

El necesario cambio de régimen, que hemos planteado desde que los neoliberales y tecnócratas se adueñaron del poder, no puede posponerse más tiempo sin provocar una catástrofe nacional. Los panistas y los priístas no lo entienden, y no porque sean tontos (aunque los haya incluso entre sus candidatos), sino porque a ellos les ha beneficiado un régimen político que, con apariencia democrática, les ha dado más dividendos que en los tiempos en que se decía “es un ladrón, pero ayuda a la gente”, es decir, en los tiempos del viejo priísmo. Ahora ni eso, simplemente se trata de ladrones y todo se lo llevan a su casa o, mejor, a sus cuentas bancarias y a sus negocios mal habidos, normalmente en asociación con capitales extranjeros, igualmente ambiciosos.

Me renace el optimismo (ya de por sí grande), no tanto porque confíe en ciertas corrientes de las izquierdas que tenemos (y padecemos), sino porque, aun a regañadientes, éstas han entendido que sin unidad y mucho trabajo volverán a quitarnos el país las mismas fuerzas que lo han hundido. Faltaba Cárdenas, pero ya está.

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2 feb 2012


Voto nulo y abstencionismo
Octavio Rodríguez Araujo


Entre ciertos sectores de la llamada sociedad civil”, que etimológicamente es también política (cîvîlis, cîvîle = ciudadano, político, público, según mi diccionario latín-español), se reproduce la idea de anular el voto en las próximas elecciones federales. El argumento más generalizado es que tanto los partidos como los candidatos no son creíbles o, por lo menos, no son lo que algunos quisieran. Otra consideración semejante, pero distinta en su esencia, es que la mal llamada “clase política” ha expropiado a la sociedad sus derechos civiles (en el sentido de ciudadanos), para usarlos a su favor en la esfera del poder, de un poder con el que no cuentan los ciudadanos comunes. Otro razonamiento, que viene fundamentalmente del anarquismo, es que todo poder y toda jerarquía son, por definición, autoritarismo e imposición de unos sobre otros (dominación).

Daré por buenas, sin estar de acuerdo, las anteriores justificaciones para querer anular el voto el próximo primero de julio. Pero destacaré un problema que ahí está pero no quieren ver ni los “anulistas” ni los abstencionistas: que voten o no, alguien ganará la Presidencia, el Senado y la Cámara de Diputados, aunque sea por un voto sobre sus competidores. Y no sólo esto, sino que mientras no se cambien la Constitución y las leyes que determinan y sustentan nuestro sistema político, habrá un gobernante, además de legisladores. Y esto será así porque en nuestra democracia, tan imperfecta como se la quiera ver, con un voto se gana. Bien lo dijo López Portillo cuando era el único candidato presidencial: si voto por mí, gano. Y tenía razón, pues no había alternativa: ciertamente era el único registrado como tal.

Algunos de los defensores del voto nulo o de la abstención (que en el contexto son casi sinónimos) sostienen también que si todos echaran a perder sus votos o se quedaran en su casa el día de la elección, se demostraría que ni los partidos ni sus candidatos tienen legitimidad. Pero toca el caso que esto nunca ocurrirá, por alguna de las siguientes razones: no todo mundo está de acuerdo en abstenerse o en votar nulo, entre otras cosas porque son militantes de partidos, porque les gustan uno o varios candidatos, porque pese a no ser una obligación votar, como en otros países, lo consideran un deber cívico y porque no hay autoridad “moral” suficiente entre los “anulistas” y abstencionistas para convencer a todos los mexicanos mayores de edad. Metafóricamente se ha hablado del “partido de la abstención”, pero no existe como tal: no todos los que se abstienen lo hacen por rechazo; muchos lo hacen por apatía o porque el partido de futbol está muy interesante o porque ese día llovió y no quieren mojarse.

Estos defensores del voto nulo o de la abstención generalizados como supuesta lección para los políticos en realidad son víctimas del pensamiento ilusorio (en inglés wishful thinking), o de una suerte de voluntarismo, más que subjetivo, solipsista.

En la realidad concreta de cada país y de sus respectivas elecciones, los partidos existen porque no se ha encontrado mejor fórmula para proponer alternativas organizadas a lo existente (en el mejor de los casos), así como candidatos a gobernar y a representar (mal o bien) los deseos y necesidades de las sociedades complejas en que vivimos. Por lo mismo, los políticos y los gobernantes también existen; y tanto unos como otros son también ciudadanos, que hacen política como otros hacen comida, casas o música (aunque puede haber políticos que cocinen bien, o sean constructores o toquen el piano; no son actividades excluyentes).

Por lo tanto, les guste o no a muchos que ven feo a la política y a los políticos, éstos no dejarán de existir y la representación y el poder no serán eliminados por los buenos o malos deseos de sus detractores.

Lo mismo se puede decir de aquellos que se sienten tan puros en su ética y en su ideología que no encuentran, a la medida de su subjetividad, ningún partido ni candidato que les cuadre. “No me siento representado en ninguno de ellos”, suelen decir, para añadir de inmediato: “mejor no voto, o si voy a las urnas anulo mi boleta”. La gran paradoja de quienes así piensan es que con su voto nulo o su abstención le estarán tendiendo un puente de plata a quienes tienen la sartén por el mango o la fuerza suficiente para apoderarse de ella, es decir a quienes ya gobiernan o a quienes gozan de mayores apoyos de los poderes fácticos que controlan los medios de comunicación y concentran las mayores riquezas del país, de un país donde el voto se compra incluso con una despensa o con láminas de cartón enchapopotado. Estos “puros” e impolutos ciudadanos, henchidos de ética y a veces de “moralina”, no quieren aceptar que con su posición favorecen a quienes tienen ya el poder o la fuerza suficiente para disputarlo en una realidad donde con un voto se gana.

Asumen, asimismo, que votar por el que ellos consideran “menos malo” no es ético ni mucho menos revolucionario (en el caso de que dichos “puros” sean revolucionarios), pero no toman en cuenta que ese que llaman “menos malo” puede significar cambios que millones de personas, sobre todo los menos favorecidos de la sociedad, quieren aunque sea por el famoso “peor es nada”.

En mi lógica el a veces llamado “menos malo” es el bueno, incluso el mejor que podamos tener bajo ciertas circunstancias, reales y concretas. Que no es socialista, ¿importa? En el México de nuestros días muy poca gente aspira o lucha por el socialismo, y aun así no se ponen de acuerdo en su significado para un país como el nuestro. Es más lo que se sabe de lo que no se quiere que de lo que realmente se desea.

Una última reflexión: no les vaya a ocurrir a los “anulistas” y abstencionistas que por seguir sus sentimientos antipolíticos se desayunen con la novedad de que los gobierna quien, al final, resulte candidato del PRI o del PAN, es decir más de lo mismo, o peor.

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5 ene 2012


¿Elecciones en riesgo?


Octavio Rodríguez Araujo


Se ha extendido la idea de que el crimen organizado pone en riesgo las elecciones de este nuevo año. Lo han venido diciendo algunos panistas (incluido el señor de Los Pinos), uno o dos perredistas despistados y uno de los ideólogos del anarquismo católico que pronostica no sólo que serán las elecciones de la ignominia, sino que los mexicanos tendremos que elegir entre un cártel o uno de los poderes fácticos. Este discurso ha sido repetido también, en su esencia, por escribidores de desatendidas misivas a destinatarios inciertos.

Estas estupideces, a fuerza de ser repetidas y publicitadas en los medios, comienzan a calar entre los ciudadanos que, como Peña Nieto, no leen ni se informan. La intención es obvia: tratar de impedir que haya elecciones federales este año o que, de llevarse a cabo, éstas se vean, de antemano, empañadas por la sospecha de sus resultados. En otros términos, son los esfuerzos desesperados de los panistas que no quieren perder el poder y de quienes, desde una supuesta oposición ciudadana, les han estado haciendo el juego desde otras campañas y de algunas más actuales que no se asumen con este nombre.

El ascenso en el número de muertos, cada año mayor que en el anterior, hace pensar que ciertas fuerzas políticas y quizá también militares consideren que la situación es de tal peligro para el país que lo mejor sería decretar un estado de excepción o su equivalente. Haciéndose eco de esta tentación, el irresponsable poeta anarco-católico ha calificado la situación como “emergencia nacional que vive México”, sabiendo que emergencia, en su acepción pertinente, quiere decir precisamente “situación de peligro o desastre que requiere una acción inmediata”, cual sería un decreto de esa naturaleza o la suspensión de las garantías constitucionales. La tentación ahí está y el terreno se está tratando de preparar, extendiendo la idea de que el poder del crimen organizado es tal que mejor sería no llevar a cabo elecciones. No han faltado “oportunos” fertilizantes del alarmismo, como el mapa delictivo presentado por el titular de la Siedo (Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada), en el que, a pesar de hablar sólo de presencia, su imagen visual es de control del territorio nacional por los siete principales grupos criminales, que no es el caso (véase nota de R. Mosso, en Milenio del pasado lunes). Presencia no es control.

La intención menos drástica del chisme del narcotráfico inmiscuyéndose en las elecciones, y eventualmente determinándolas, no es otra cosa que un deseo maquiavélico de desacreditar el proceso electoral en curso para que quienes tienen el poder se mantengan en él bajo las siglas del PAN o del PRI, pues son lo mismo. El voto del miedo ya les dio resultados positivos en 1994, y gracias a él ganó Zedillo. Todavía se recuerdan los espots de ese año: golpes de Estado en otros países, anarquía y caos, militares en las calles y la presunción del PRI de que gracias a sus gobiernos en México había estabilidad democrática. En el inconsciente estaban el levantamiento indígena en Chiapas y el asesinato de Colosio; el miedo en una palabra. Ahora también y, como saben los expertos, cuando el miedo circula entre un pueblo éste se hace conservador, conformista y prefiere lo conocido a lo que se le pueda ofrecer en términos de cambios. Si además del miedo se inocula la desconfianza y la desacreditación de los partidos, se auspician la abstención y los votos nulos de los indecisos, que no son pocos (quizá la tercera parte del electorado).

El mensaje del poder y de sus paleros disfrazados de opositores ciudadanos que nos hablan de un apocalipsis que sólo ellos imaginan es que la guerra iniciada por Calderón contra el crimen organizado debe continuar hasta que éste desaparezca, porque, como dijera en tono engolado uno de esos paleros, vivimos en “un Estado delincuencial” en el que nadie podrá gobernar, sea quien sea. Esto es, México está perdido, no tiene salvación y, de tenerla, no será mediante estas elecciones que, ya se dijo, serán ignominiosas y no un proceso legal y democrático para cambiar de personas y partidos en los poderes federales. Es decir, tirar el agua sucia de la bañera, con todo y niño, pues previsiblemente éste será peor que el bebé de Rosemary –sin Mia Farrow en el papel estelar.

Miedo, desencanto, escepticismo y el petate del muerto de la “mano negra” del crimen organizado metida en todos lados, incluidas las elecciones, forman parte de la estrategia para inhibir el voto y darle el triunfo a quienes cuentan con todos los medios para lograrlo si las izquierdas electorales no convencen a los indecisos. Promover entre éstos el voto nulo o la abstención es parte del plan B, y éste es el papel que juegan los supuestos opositores autodenominados ciudadanos (como si los demás fueran extraterrestres) para que los del poder sigan usufructuándolo. Su cálculo es que si ganan el PAN o el PRI las contradicciones sociales se agudizarán y México podría tener, como España y otros países, miles de indignados y ocupas. Si como consecuencia llega después un Rajoy en España o gana más influencia el Tea Party en Estados Unidos, no importa, las contradicciones sociales se agudizarán todavía más y así sucesivamente hasta que estalle la revolución mundial de los indignados y ocupas o de sus hijos o nietos. Es la fe en el movimientismo antisistémico y antiestatal que, curiosamente, también se da entre la extrema derecha de algunos países desarrollados.

Nuestra opción, además de desmontar el irresponsable y mal intencionado rumor de que la situación no está para elecciones, es trabajar para que éstas sean equitativas y transparentes, con la mayor participación ciudadana posible y en favor del único proyecto tanto opositor como alternativo que tenemos, aunque no sea anticapitalista.

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8 dic 2011


Peña y los malos políticos


Octavio Rodríguez Araujo


Juan Bosch, dominicano muy destacado en el mundo de las letras, un intelectual reconocido, hizo también política y alcanzó la presidencia de su país en 1963. Después de siete meses de gobierno, con enemigos muy poderosos de entre las fuerzas más retrógradas de República Dominicana (y de Estados Unidos), fue derrocado por un golpe de Estado. En una visita a México, ya como ex presidente, dijo en la UNAM que los intelectuales no deberían meterse en política como dirigentes, ni menos como gobernantes. Algo así como zapatero a tus zapatos”.

Me impactó mucho lo que dijo Bosch, y desde entonces he entendido que los políticos pueden ser cultos o más o menos cultos, pero buenos políticos, y que no debe uno pedirles que sean intelectuales. Los intelectuales no tenemos “el olfato” de los políticos, ni el estómago o el hígado de éstos. Mejor cada quien en su lugar.

Pero una cosa es que un político no sea intelectual y otra que carezca de cultura, por lo menos la de un estudiante promedio de licenciatura. Esto es grave, pero no tanto como ser un mal político. Un político debe ser hábil, saber “torear” una pregunta difícil o cuya respuesta no sepa. Si ni siquiera sabe hacer esto, está perdido.

Cuando a un político le hacen una pregunta y no sabe “torearla” o responderla, que se dedique a otra cosa. No todo el tiempo tendrá un guión de lo que debe decir, sea por tarjetita o teleprompter, ni un don Carlos que lo haga hablar como a Neto y Titino, sus muñecos. Que Ninel Conde, famosa por sus respuestas estúpidas, haga alarde y ahora hasta chistes de su incultura, se le perdona: ni es intelectual ni es política (tiene otros atributos). Pero que dos aspirantes a la Presidencia de México hagan lo mismo, es muy preocupante. Me refiero a Enrique Peña Nieto y a Ernesto Cordero. El caso de Cordero es sólo en apariencia más grave que el del priísta, pues criticó a éste por sus respuestas en la Feria del Libro de Guadalajara y él confundió un libro de Laura Restrepo con otra autora, Isabel Allende. El punto es que nadie piensa que Cordero pueda gobernar el país, en tanto que muchos están convencidos de que Peña Nieto sí lo hará, y sólo por esto es más delicado su tropezón que el de su adversario panista.

Hay un chiste que se le atribuye a Ninel Conde: ante la pregunta “¿Qué opina de La muerte de Artemio Cruz?”, se dice que ella contestó: “Ya le di el pésame a su familia… un gran mexicano”. Si bien Conde y Peña Nieto son del estado de México (ella fue Señorita Estado de México), el de Atlacomulco no es el Bombón asesino (Wikipedia), sino un ex gobernador que quiere ser presidente de México.

¿Qué hubiera contestado un político con tablas para improvisar ante la pregunta que le hizo Jacobo García en la feria de Guadalajara? Algo así como “ningún libro en particular me ha marcado la vida. Uno recibe muchas influencias a lo largo de la existencia, y dichas influencias no sólo están en los libros”, etcétera. O, “esa pregunta es tan improcedente como preguntarme qué libros me llevaría a una isla desierta”. Pero no, trató de contestar la tonta pregunta, cayó en la trampa y se enredó él solo, mezclando títulos con autores y otras muestras de inmadurez política, además de hacer evidente su incultura.

La torpeza, conjuntamente con su ignorancia sobre temas que se leen todos los días en los periódicos, es una de las características sobresalientes de Enrique Peña Nieto. Es más un invento de sus patrocinadores que un político con perspectiva nacional y que pueda llevar a buen puerto el muy deteriorado país. México necesita a alguien que promueva su reconstrucción, no a otro Fox o Calderón que termine de encallarlo entre las rocas de Escila o hundiéndolo en el remolino de Caribdis, valga la analogía. (Nota para Peña Nieto: sobre Escila y Caribdis, consultar la Wikipedia, con una explicación mucho más amplia que la de El Pequeño Larousse Ilustrado.)

Errores los cometemos todos y los olvidos son también frecuentes, sobre todo cuando nos volvemos viejos. Incluso la prestigiada Encyclopaedia Britannica tiene errores (en 2006 el equipo de la revista Nature le contabilizó 123 errores de hechos y omisiones). Sería natural que Peña Nieto también los tenga: “es de humanos cometer errores”, como dijera la secretaria del PRI para defender a su candidato. Pero que un político se meta en la cueva de los leones y se ponga de pechito para exhibir su ignorancia es preocupante, pues esto denota que es un mal político, incapaz de improvisar una respuesta inteligente a una pregunta tonta y mal planteada. ¿Creyó que en un medio intelectual podría vender su imagen sin riesgos y que Face mata Book? Error, son ligas diferentes.

No hay mala leche de mi parte ni intenciones de hacer leña del árbol caído. Pero Peña Nieto debería declinar antes de registrar su candidatura. En Guadalajara tuvo su primer gran tropiezo, pero de continuar como candidato tendrá muchos más, porque no está a la altura de sus aspiraciones. No se le reclama que no sea intelectual, sino que sea mal político y, además, ignorante.

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1 dic 2011


Amenazas y libertad de expresión



Octavio Rodríguez Araujo



Ahora que la suprema corte de justicia de la nación (así con minúsculas) ha dictaminado que la libertad de expresión está por encima de las afectaciones al honor y a la reputación de las personas y empresas periodísticas (La Jornada), haré uso de mi libertad de expresión para decir que Calderón me está amenazando en mi calidad de firmante de la denuncia presentada ante la Corte Penal Internacional (CPI) en su contra y de algunos de sus empleados (García Luna, Galván y Saynez) y El Chapo Guzmán, entre otros. La denuncia no es contra el gobierno de la República, pues en estos casos no tienen cabida en la CPI, sino contra personas con responsabilidad pública y atribuciones de mando sobre policías, soldados y marinos que han asesinado, desaparecido y atropellado a muchos mexicanos, violando sus derechos constitucionales y también sus derechos como seres humanos.

Ningún presidente de la República, en 44 años de escribir en periódicos, me había amenazado por lo que firmo. No sé cómo Calderon cumplirá su amenaza, pues los delitos contra el honor fueron eliminados del Código Penal Federal. Ya no son delitos los golpes y otras violencias físicas simples, injurias, difamación y calumnias. Si el principal inquilino de Los Pinos recurre al Código Civil Federal (artículo 1916), en el mejor de los casos podría acusarme, junto a otras 23 mil personas (y las que se agreguen), por daño moral, ya que podría argumentar (con el apoyo de un sicólogo de reconocida solvencia) que con la denuncia mencionada hemos menoscabado su integridad síquica (la física no ha sido tocada). Sin embargo, deberá tomar en cuenta que el Código Civil dice que se trata de un ilícito si tal posible afectación es ilegítima, pero no es el caso pues hemos recurrido a una corte penal reconocida y avalada por el Estado mexicano. Que con dicha denuncia hayamos afectado la integridad síquica de Calderón, a juzgar por su reacción, no es nuestra culpa. Personalmente siempre he pensado que quien se arriesga a jugar el papel de presidente de un país tiene la piel dura y sabe que se expone a ser criticado.

¿En qué consiste la amenaza de Calderón? Las imputaciones en la denuncia son, para él, infundadas e improcedentes, verdaderas calumnias y acusaciones temerarias (es su opinión, y hasta podríamos decir que es respetable), pero luego viene la amenaza: “por lo cual, el gobierno de la República explora todas las alternativas para proceder legalmente en contra de quienes las realizan en distintos foros nacionales e internacionales”. Proceder legalmente contra los 23 mil firmantes. Esta es la amenaza.

Lo que hemos pedido es una investigación y todavía falta que la denuncia sea aceptada por la CPI. Personalmente espero que sí sea procedente y que se hagan las averiguaciones pertinentes. Alguien tiene que ser responsable por los crímenes que la “guerra” de Calderón ha provocado, por la tortura, por las violaciones al artículo 16 constitucional y otros relacionados con las garantías individuales. Muchos somos los que hemos opinado sobre estos temas, tanto en las páginas de este diario como en las de otros medios. El pueblo mexicano conoce mejor que nadie los excesos cometidos por las autoridades en contra de inocentes e incluso de presuntos culpables. Miles de inocentes han perdido la vida en operativos y acciones de policías, militares y marinos, y hay claros testimonios de ello, así como de violaciones a mujeres por parte de los mismos. Hemos visto también fotografías y videos de tratos inhumanos y de tortura a presuntos hampones, y hasta de asesinatos en lugar de los juicios legales que ordenan nuestras leyes. Una cosa es que sean delincuentes de la peor ralea y otra que se les trate como perros rabiosos acorralados. Todo mundo merece un juicio justo y, desde luego, la demostración de sus culpas.

La scjn (así con minúsculas) sentó precedente en el litigio de La Jornada contra Letras Libres que, como bien señala el editorial de este diario del martes pasado, abre la puerta para que cualquier actor social pueda formular, sin temor a consecuencias legales, toda suerte de calumnias contra terceros, así sean tan disparatadas e infundadas como el libelo publicado en la revista dirigida por el ultraderechista y mentiroso Enrique Krauze (sobre el calificativo “mentiroso”, me baso en el libro de Manuel López Gallo, Las grandes mentiras de Krauze, Ediciones El Caballito, 1997). Aun así, los abajofirmantes de la denuncia ante la CPI no estamos formulando calumnias ni mucho menos difamando a nadie. Los hechos y los datos asentados en el expediente respectivo han sido ampliamente documentados.

Es mi opinión, señor Calderón, que su reacción a nuestra denuncia, encabezada por el joven y brillante abogado Sandoval, ha sido desmedida y más propia de una personalidad autoritaria que de un demócrata apegado a derecho. Modestamente le sugiero que no lleve el asunto ante la scjn (así con minúsculas) porque ésta está obligada a contestarle que por encima de las que usted llama “imputaciones falsas y calumniosas” está la libertad de expresión. Esta es la paradoja del litigio entre nuestro diario y la revista Letras Libres: La Jornada ganó perdiendo y usted y sus empleados García Luna, Galván, Saynez, etcétera, quedaron desprotegidos jurídicamente para actuar en nuestra contra. Nadie sabe para quién trabaja.

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3 nov 2011


¿Quién es Peña Nieto?


Octavio Rodríguez Araujo



¿De dónde salió Enrique Peña Nieto? ¿Cómo logró la popularidad que le asocian diversas encuestas? Algunos dicen que su carrera política se inició porque es de Atlacomulco. Este pequeño y poco poblado municipio no sería significativo si en él no hubiera nacido Isidro Fabela, político y diplomático que tuvo gran influencia en su estado. El mérito político de Fabela fue institucionalizar a caciques y políticos de su estado. Pero no formó ningún grupo. Algunos atlacomulquenses se han encargado de darle fama a su municipio permitiendo que se hable del Grupo Atlacomulco al que pertenecen políticos originarios de otros municipios. No es un grupo, sino una red de parientes, amigos y cómplices a menudo enfrentados por decisiones de diversos presidentes de la República. Así, Miguel Alemán apoyó a Salvador Sánchez Colín contra la opinión de Fabela y de Alfredo del Mazo Vélez, padre de Alfredo del Mazo González. Ruiz Cortines hizo lo mismo: contra el candidato de Fabela, que era un atlacomulquense, designó a Gustavo Baz. Con Baz en el gobierno despegaron tanto Jiménez Cantú (también médico) y Carlos Hank González. Hay más ejemplos, pero largos de mención. Conviene decir que muchos de los que fueron adversarios en un momento dado fueron aliados en otras ocasiones. El interés tiene pies”, y en política los intereses son los que cuentan y así como unen separan.

Los Montiel, los Del Mazo, los Peña y los Nieto, en su mayoría de Atlacomulco, tienen nexos de parentesco, y Enrique es su delfín, destacadamente de Alfredo del Mazo González y de Arturo Montiel. Fue criado con esmero para ser gobernador y, de ser posible, Presidente. Arturo Montiel lo ungió para sucederlo en el gobierno del estado; la Universidad Panamericana, del Opus Dei, lo formó como abogado; y el PRI lo hizo miembro desde 1984, cuando tenía 18 años de edad. Por el distrito con cabecera en Atlacomulco fue diputado local y de ahí pasó a candidato para gobernar su estado. Una carrera política, como se ve, de segunda clase, opaca y poco prometedora, pero con parientes muy poderosos en la entidad.

Se dirá que Alfredo del Mazo ya se había retirado de la política desde 1997 cuando perdió sus posibilidades de ser jefe de Gobierno del Dsitrito Federal, pero su red de relaciones en el interior de su estado las ha mantenido. El caso de Arturo Montiel fue diferente: tuvo rivalidad con Roberto Madrazo antes de terminar su periodo de gobierno, pero fue apoyado por políticos relevantes (varios ex gobernadores) para competir en el PRI por la candidatura a la Presidencia. Al grupo en apoyo de Montiel se le llamó Tucom (todos unidos contra Madrazo), pero el presidente del partido y aspirante a candidato presidencial sacó al mexiquense sus trapitos sucios al sol y lo quemó. Peña Nieto, ya como gobernador, le cubrió las espaldas a su pariente y, como ocurre en México, el político quedó libre de cargos de corrupción y de enriquecimiento ilícito.

Como gobernador, ganó fama y reconocimiento, aunque tuvo tropiezos que le restaron popularidad, como el caso Atenco (el de los floristas, no el del aeropuerto) y el de la niña Paulette. Sin embargo, ganó prestigio entre las elites empresariales por “demostrar firmeza” ante los movimientos sociales al margen de las instituciones y por defender a los amigos de su primo, alcalde de Huixquilucan (los padres de Paulette). Se afirma que tiene buena relación con la Iglesia católica del estado, especialmente con Onésimo Cepeda, cuya diócesis (según Wikipedia) es la más poblada del mundo. Quizá la influencia que debe tener este obispo en el Vaticano sirvió para que la Iglesia declarara inexistente el matrimonio de Angélica Rivera con José Alberto Castro y así casarse con Peña Nieto (no lo sé).

Por Angélica Rivera o razones semejantes, Televisa es uno de los medios de difusión de la imagen de Peña Nieto y su matrimonio con La Gaviota le ha dado más popularidad. En un país donde millones de mexicanos viven las fantasías de las telenovelas no es difícil ver a la pareja como un cuento de hadas hecho realidad. La percepción mata a la realidad, y más ahora que ésta no ofrece nada o casi nada positivo a la mayoría de la población.

No pocos grandes empresarios, señaladamente los del estado de México (que son de los más importantes del país), apoyan a su ex gobernador. Y como las encuestas lo revelan como el mejor posicionado, la mayoría de los gobernadores priístas también lo apoyan. En la reciente ceremonia de los dos gobernadores, Peña Nieto y Eruviel Ávila, se vio el poder económico y político de los asistentes. Los toluqueños nunca habían visto tantos helicópteros llevando a invitados. Ahí estaba el dinero y el poder de empresarios y del priísmo renacido gracias al desprestigio que se han ganado el PAN y Calderón, y también al desprestigio que los perredistas han mostrado en sus marrullerías internas y como gobernantes.

Peña Nieto es un joven que aprendió a ser político como gobernador. No es bueno en los discursos, sin un guión sus disertaciones se caen, y tiene ademanes muy estudiados, seguramente ideados por un buen fabricante de imagen. Ideológicamente, tiene muy poco que ver con el partido de sus abuelos. En lo único que se parece a los viejos priístas es en la prepotencia y la vanidad de creer que las pueden de todas todas sin hacer concesiones a los demás, salvo a los más poderosos. Está por un menor intervencionismo del Estado en la economía y las privatizaciones, incluida Pemex. Es un tecnócrata neoliberal, muy del tipo de Salinas de Gortari (quien sin duda lo asesora).

Peña Nieto es más bien un hombre de derecha, por añadidura, autoritario y muy ambicioso. Pertenece a la nueva camada de priístas menores de 50 años, medio juniores y medio yuppies, pragmáticos y buenos negociadores en corto con quien les convenga independientemente de ideologías, siempre que les sirvan para escalar posiciones en sus metas de poder.

Por más que analizo su carrera no encuentro elementos relevantes para explicarme la popularidad que le atribuyen casas encuestadoras. Se dice que su notoriedad se debe a los apoyos que recibe de los medios, principalmente electrónicos, y estoy por aceptarlo como hipótesis… pues no veo otra.


27 oct 2011


¿Continuidad o cambio?
Octavio Rodríguez Araujo
Carlos Fernández-Vega, como siempre, nos recuerda diariamente cómo está la economía de México, en este caso a partir de los gobiernos neoliberales (véase su columna del 25/10/11 en La Jornada). Establece, con acierto, una línea de continuidad entre Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto en relación con las privatizaciones. Esta línea, la misma y sin desviaciones de fondo, se dio con Salinas, Zedillo y Fox. Es nuestra obligación, como mexicanos, no perderla de vista, pues en esto consiste la pugna por la Presidencia de la República hacia 2012. Lo que está en juego es el manejo de la economía del país: en manos privadas para las cuales el Estado sólo está de adorno y para proteger sus intereses; o en manos de la nación y de su pueblo, para las cuales el Estado debe recuperar su papel regulador, distribuir la riqueza y garantizar nuestra soberanía.

Fernández-Vega nos ha recordado, en apretada síntesis, la transferencia de la infraestructura industrial del Estado a la iniciativa privada: “siderúrgicas, cementeras, químicas, petroquímicas, aerolíneas, mineras, aeropuertos, puertos, fertilizantes, textiles, comercializadoras, bancos, aseguradoras, afianzadoras, hoteles, ingenios azucareros, carreteras, inmobiliarias, una gruesa rebanada de la generación eléctrica, gas, constructoras, fábricas de bicicletas y de ropa popular, empresas de alimentos, armadoras automotrices, embotelladoras, astilleros, telefónicas, televisoras, almacenes, instalaciones pesqueras, satélites, ferrocarriles, transbordadores, imprentas, red nacional de fibra óptica, varias áreas del sector petrolero y lo que se quede en el tintero, que no es poco.” Falta Petróleos Mexicanos, la empresa pública más codiciada por empresarios nacionales y extranjeros.

Todos los gobiernos neoliberales la han ofrecido al capital, y Peña Nieto, quien hasta ahora cree que ganará, ya lo dijo: abrir la explotación y refinación a la iniciativa privada, aunque no supo exponer los “cómos”. Éstos, por cierto, no importan, ya se le ocurrirán si lo dejamos gobernar el país.

Si somos rigurosos el servicio de Pemex a la iniciativa privada, incluso trasnacional, ya se ha hecho desde los tiempos de Echeverría si no es que desde antes. Han pasado más de 40 años de subsidios petroleros al capital, en principio por la vía de precios: el control de Pemex se ha dado, por ejemplo, en la petroquímica básica, la que tiene menor valor agregado en el rubro, pero no a la secundaria, la de mayor valor agregado (y más ganancias) y que ha estado en manos de empresas privadas, nacionales y extranjeras.

Lo ha dicho muy bien Guillermo Ortiz Martínez: “el valor agregado del petróleo es menor a 10 por ciento de la economía” (La Jornada, ídem), y esto es así porque desde hace unos 40 años la petroquímica secundaria ha sido dejada a la industria privada y, además, subsidiada por la vía de los precios de los insumos producidos por Pemex en lo que se conoce como petroquímica primaria. (Sólo como recordatorio: la petroquímica primaria procesa los derivados del petróleo y del gas natural, y la petroquímica secundaria es la que transforma productos básicos e intermedios en productos elaborados tales como fibras sintéticas, materias plásticas y elastómeros, fertilizantes, pinturas, solventes, polímeros, como el PVC, detergentes, y muchos productos más conocidos como derivados del petróleo.)

Pero una cosa es el subsidio, que se puede suspender si así lo desea el gobierno, y otra dejar al capital que controle la empresa. Al “pastel” Pemex se le han quitado ya varias rebanadas, unas delgadas y otras gruesas, pero los empresarios lo quieren completo.

Calderón, aunque lo ofreció, como también sus antecesores cercanos, no lo ha logrado; Peña Nieto lo ha vuelto a ofrecer con desplantes, dijo, de audacia. No es audacia, señor Peña, es entrega; la entrega de un bien de la nación considerado estratégico y que genera, según el mismo Ortiz Martínez, 35 por ciento de los ingresos fiscales.

Si estos ingresos dejan de percibirse habrá que obtenerlos de otro lado y no veo a un gobierno de corte neoliberal, sea del PRI, del PAN o del chuchismo del PRD, subiendo progresivamente los impuestos al capital. Hablan de acrecentar la productividad, de generar empleo, de aumentar el consumo interno, etcétera, y todo esto con base en la activación de las inversiones privadas.

Justamente esto es lo que se ha hecho y el resultado ya lo conocemos: mayor desempleo, pérdida del valor adquisitivo del salario, crecimiento económico casi nulo y, ¡sólo faltaba!, mayor enriquecimiento de unos cuantos, cada vez menos, pero cada vez más ricos, tanto que pueden perder miles de millones de dólares y siguen tan campantes.

Que quede claro que no estoy diciendo que las empresas en manos del Estado son mejores, necesariamente, que si estuvieran en manos privadas. Si una empresa estatal se administra como si fuera privada y no al servicio de la población más necesitada, el resultado no cambia. Ahí está la Comisión Federal de Electricidad como un ejemplo. El mismo Ortiz multicitado ya lo dijo: “el precio del servicio es mucho más alto del que se paga en Estados Unidos”. Y así es, porque el gobierno, expresión concreta del Estado, es el que orienta a las empresas estatales: éstas no se mandan solas. Y el gobierno ha resuelto que los costos del servicio lo paguen los consumidores por igual, sean ricos o sean pobres, en lugar de establecer sus precios verdaderamente diferenciados en favor de los más.

Lo que se requiere es un gobierno con sensibilidad popular que regule al capital y los mercados para beneficio de la nación (de sus riquezas y de su población) y no para quienes ya son privilegiados o lo serán por su cercanía al gobernante.

Generar riqueza, sí, pero también distribuirla, incluso por razones prácticas: entre más capacidad de consumo tengan los mexicanos menos dependerá el país del extranjero. No se necesita ser especialista para saber que la producción sin consumo no reactiva la economía. Hasta los narcotraficantes lo saben.

13 oct 2011


¿Casualidades?
Octavio Rodríguez Araujo
En política no hay casualidades. En el documento titulado Por una democracia constitucional” publicado el lunes pasado en La Jornada, firmaron, entre otros, tres precandidatos presidenciales, los más débiles frente a sus adversarios de partido: Santiago Creel (PAN) frente a Josefina Vázquez Mota, Marcelo Ebrard (PRD) frente a López Obrador y Manlio Fabio Beltrones (PRI) frente a Peña Nieto, es decir, los perdedores potenciales en sus respectivos partidos. ¿Casualidad?

La propuesta de un gobierno de coalición la hizo Beltrones el 17 de septiembre pasado, y dijo que era para facilitar la aprobación de reformas propuestas por el Ejecutivo ante el Congreso, es decir, como era antes de 1997, cuando el priísmo dominaba tanto el Ejecutivo como el Legislativo (antes le llamaban “cláusula de gobernabilidad”, pero sin coaliciones). Curiosamente Ebrard coincidió con él en el coloquio Semipresidencialismo en México (26/09/11) y, aunque casi olvidado, fue lo mismo que planteó Felipe Calderón en el primer debate durante la campaña para los comicios de 2006, con la oposición del PRI y la indiferencia del PRD.

Para los firmantes del documento, muchos de ellos amigos que aprecio y respeto a pesar de nuestras diferencias, la armonía entre el Congreso y el Ejecutivo sería, y así lo dicen, una democracia constitucional consolidada.

Nuestra democracia es constitucional, pese a las imperfecciones que pueda tener. No entiendo entonces el énfasis al decir “consolidar la democracia constitucional” con base en la armonía del gobierno y el Congreso. Los teóricos de la democracia representativa de raigambre liberal propusieron tres poderes precisamente para tener pesos y contrapesos y evitar, sobre todo con el parlamento, que el poder unipersonal del jefe de gobierno pudiera dominar sobre los otros. Así se entendía la democracia, misma que recoge nuestra Constitución en el artículo 49, que habla de la división de poderes y señala que no podrán reunirse dos o más de estos poderes en una sola persona o corporación, con lo que se está implicando que, con armonía o sin ella, el presidente es el jefe del poder Ejecutivo y el Congreso (diputados y senadores) el Poder Legislativo; esto es, diferentes y, llegado el caso, encontrados: el Congreso como contrapeso del Ejecutivo. Lo que había antes de la primera Cámara de Diputados no dominada por un partido (1997) era, más que armonía entre Ejecutivo y Legislativo, el dominio del primero sobre el segundo.

En este tipo de regímenes presidencialistas pueden presentarse varias combinaciones en relación con el Congreso: a) con mayoría calificada del mismo partido del presidente, b) con mayoría calificada de un partido contrario, c) con una coalición de facciones parlamentarias a favor o en contra del presidente. Si teóricamente el Congreso es un poder del Estado para servir de contrapeso al poder unipersonal del Ejecutivo, lo deseable en una democracia es que la mayoría calificada en las cámaras legislativas sea de partido diferente al del presidente. Esto es lo más democrático y en México ya se logró después de décadas de dominio presidencial. Para algunos autores una situación de contrapesos resta poder al presidente y pone en riesgo lo que ellos llaman gobernabilidad. Es muy discutible. En lo que va del calderonato los mexicanos hubiéramos querido un Congreso que le pusiera límites a su absurda guerra contra el narco, pero no ha ocurrido así porque la única oposición verdadera en el órgano legislativo es minoritaria.

Pero restarle poder al presidente no es malo, al contrario. ¿Un gabinete plural le restará poder o hará más democráticas las decisiones del gobierno? No necesariamente, ya que él tiene la atribución de nombrar o quitar a sus secretarios sin dar explicaciones a nadie (artículo 89, II), haya o no acuerdo con otros partidos.

De unos años para acá la Presidencia ha sido disputada por coaliciones de partidos que no necesariamente se han traducido en gabinetes plurales, aunque sí se han dado huesos a los partidos que apoyaron (como la gente de Elba Esther Gordillo con Calderón). Esto, que en rigor sería un gabinete plural, no ha cambiado nada: el presidente es el jefe y los demás sus empleados. Las presiones no vienen de éstos como secretarios, sino de sus jefes políticos tras bambalinas, que siempre amenazan con su fuerza si les quitan a su gente. La Constitución, por cierto, no prohíbe ni obstaculiza que el Ejecutivo y el Legislativo se pongan de acuerdo en programas específicos, ni tampoco señala o rechaza que el gabinete presidencial se conforme, si así lo quiere el presidente, con personas de otros partidos. Es un problema de voluntades políticas.

Para los firmantes del documento no basta que se haya logrado que el Congreso sea plural, sino que proponen un gobierno también plural. Para ellos el que no exista pluralidad en ambos poderes (dejan de lado el Judicial) es una contradicción, expresión que no explican. Tampoco explican por qué partidos no afines deberían cooperar con el presidente en el gobierno, sea quien sea. Si esto es lo que proponen, entonces para qué hablar de oposición y para qué gastar tanto dinero en mantener partidos que siendo tan afines deberían formar uno solo. Tal vez el realismo de los abajofirmantes haga ver a los partidos como semejantes, y no estarían muy lejos de la verdad, pero no me imagino a las corrientes lopezobradoristas y al mismo AMLO pactando con el PRI y el PAN un gobierno de coalición, ni a estos partidos concertando una alianza con López Obrador y los grupos y partidos que lo apoyan para formar gobierno.

Dicen que “el programa de gobierno debe contar con apoyo mayoritario de los representantes de la nación”. ¿Por qué? ¿Esto haría más democrático nuestro sistema político? ¿O estamos entendiendo por pluralidad la existencia de membretes partidarios afines y no diferenciados? Si es esto, ¿entonces para qué los partidos y para qué las elecciones o la competencia para ganar el gobierno y la mayoría del Congreso? Ahorrémonos miles de millones de pesos que se dan a los partidos y mejor que sus dirigentes afines se pongan de acuerdo, que escojan al presidente (puede ser por sorteo) y su programa (si es que existe), que se conforme un gabinete por cuotas grupales y que el Congreso sirva para armonizar las iniciativas de ley del Ejecutivo, y para aprobarlas. Si esto se parece a los gobiernos del PRI cuando la oposición era muy pequeña o cooptada por el poder, es otra casualidad.

Si yo fuera mal pensado diría que ya hay un pacto: contra López Obrador y Peña Nieto, muy diferentes entre sí pero que serán los punteros según las tendencias actuales.

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6 oct 2011

¿Por qué Morena?

Octavio Rodríguez Araujo


El Movimiento Regeneración Nacional AC (Morena) es para mí un soplo fresco de esperanza. Me voy a olvidar por hoy de las elecciones federales próximas e incluso de los partidos políticos. Hay mucho tiempo por delante para escribir sobre ellos.

Esta vez quiero referirme a la importancia que veo en un movimiento social, que tiene mucho de político sin serlo (todavía), para el futuro del país. Debe quedar claro que no soy contrario a los partidos, que no defiendo las mal llamadas candidaturas independientes ni mucho menos la imposible democracia directa (véase mi artículo en Este País, 246, octubre de 2011), pero el esfuerzo de organizar a la sociedad con y sin partido y hasta de varios partidos es algo que no había ocurrido en México desde hace muchos años. Intentos los ha habido, desde luego, pero no funcionaron bien o se fueron desdibujando con el tiempo hasta desaparecer.

Movimientos sociales hay muchos, hasta podría decirse que cada día surgen nuevos. Pero lo que este fenómeno demuestra es que la sociedad que quisiera organizarse carece de líderes que la aglutinen y el resultado es la dispersión que todos conocemos. El hecho mismo de que existan muchos movimientos y agrupaciones sociales demuestra, sin proponérselo, su debilidad. La atomización es signo de raquitismo, pues no es lo mismo muchos en uno que muchos unos sin identificación ni coordinación con otros. Morena es un movimiento con líder y compuesto por muchos que se identifican con este líder y con un proyecto de nación ampliamente difundido y alternativo en muchos sentidos al existente. Por si fuera poco, es un movimiento plural, tanto que ha convocado a algunas personas que incluso me caen mal. Pero ni modo, ahí están, ahí estamos, y por ahora pospongo mis diferencias con quien las tenga. Es mi convicción que sólo unidos podremos hacer algo positivo, si son más las coincidencias que las diferencias.

No es la primera vez que tengo esta sensación de unirme y participar a pesar de pequeños desacuerdos y antipatías personales. Cuando me sumé al zapatismo chiapaneco, en 1994, hubo muchos aspectos con los que no estuve de acuerdo, pero ahí había un mensaje de cambio, de lucha, de esperanza, y los mexicanos (y no pocos extranjeros) quedamos emplazados: o estábamos con el EZLN o no. No haber estado con los zapatistas era equivalente a darle la espalda a los más pobres de los pobres de México y otras latitudes. Era equivalente a traicionar todo aquello por lo que los izquierdistas de años habíamos luchado. El punto clave en los primeros años del movimiento zapatista, cuando era incluyente más que lo contrario, era posponer las diferencias, que obviamente las había, y sumarnos con ellas y nuestras coincidencias para lograr lo que muchos deseábamos y todavía queremos: un país con justicia social, distribución de la riqueza, menores desigualdades, gente menos jodida. Las cosas no salieron bien y ni modo, pero hicimos lo que nos tocaba hacer. La historia, como bien lo sabemos los viejos, no se construye de un día para otro ni al primer intento.

Morena es otro esfuerzo de sumar y, nuevamente, una vez más, estamos convocados a estar con el grueso de quienes lo componen y su líder o darles la espalda, lo que equivale a apoyar al poder en sus mil disfraces y alianzas públicas o soterradas, pero poder al fin. Para mí es la hora de las definiciones, el momento de colgar del perchero nuestras diferencias y viejas discusiones, sumar y entre todos enriquecernos para las próximas elecciones y para más allá de éstas. Una frase que me gusta de López Obrador es que sólo el pueblo puede salvar al pueblo. Una excelente síntesis. No puede ser de otra manera, y para que el pueblo pueda salvarse tiene que dar una batalla descomunal, y ésta no se puede llevar a cabo con dispersión, sino sólo unidos en organización y propósitos. Esta es la clave.

Morena, así como asociación civil, se enlaza con las elecciones más que con los partidos en general porque, con su organización en todo el país, está en condiciones de participar en las casillas electorales y cerca de éstas para evitar otro fraude como los habidos en 1988 y 2006. Igual importarán los votos de quienes pertenecen o se identifican con Morena. Votar por los candidatos de los partidos de la no muy conspicua izquierda, aunque tengamos diferencias con algunos, será también muy importante, pues de no hacerlo, de abstenernos o anular nuestro voto, será equivalente a dejar que priístas, panistas y hasta verdes y gordillistas terminen por representarnos en el Ejecutivo y en el Congreso de la Unión.

Que quede claro que si las encuestas favorecen a Marcelo Ebrard y sus aliados panistas y perredistas (los chuchos), que espero no ocurra, me temblará tanto la mano a la hora de la votación que quizá se me pase el marcador y sin querer anule mi voto al cruzar más de un cuadrito. Ni modo, pero que conste que aun así trataré de votar por él pese a que tal vez no lo logre. Prefiero a López Obrador y espero, aquí sí, que las encuestas lo favorezcan. Es tan buen precandidato que todos los del poder o cercanos a éste están en su contra. Ningún otro precandidato podría decir –con orgullo y sinceridad– lo mismo en estos momentos, y la situación nacional, agravada por más de 25 años de priísmo y panismo neoliberales, ineficaces y sumisos a Washington, obliga a luchar por un cambio auténtico, aunque no sea ni pueda ser radical. Otra vez la historia: poco a poco.

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1 sep 2011



No se vale





Octavio Rodríguez Araujo




Si Calderón pensó que su guerra contra el crimen organizado le daría legitimidad a su gobierno se equivocó. Cuando las instituciones no pueden responder a las demandas de la sociedad –diría Bobbio– se habla de ingobernabilidad, y cuando ésta aparece, como es evidente hoy en día en México, estamos hablando de una crisis de legitimidad. Es decir, lejos de lograr la legitimidad buscada, una de las consecuencias de la guerra de Calderón ha sido su alejamiento de ese propósito.

Por más que se haya montado en la tragedia del casino Royale, incluso para presionar por la aprobación de su ley de seguridad nacional, no logrará convencer más allá de quienes por temor han llegado a creer que el llamado presidencial es lógico, plausible y legítimo.

Entre las demandas sociales no atendidas por las instituciones del Estado destaca la seguridad. Sin ser la única es, en estos momentos, la más sentida por la población. Y de nada sirve que se destaquen policías y soldados a los casinos del país, pues hoy fueron esos negocios (centros de esparcimiento), como antes un estadio de futbol, y mañana podrán ser otros: escuelas, hospitales, días de campo como el de Utoya en Noruega, o lo que se nos ocurra. El hecho real y concreto es que nadie está seguro en ningún lado, ni en el cine o una cafetería, ni en su casa (que puede ser invadida sin orden judicial a media noche, como ya ha ocurrido tanto con políticos-empresarios como con maestros-poetas).

Lo del casino le ha quedado como anillo al dedo al ocupante de Los Pinos. Ahora habla de terrorismo ya que todo acto violento para provocar terror en la población merece ese calificativo. ¿Y qué hacer ante actos de terrorismo? Endurecer las leyes y, como Bush, decretar su propia Ley Patriótica, escondida en su propuesta de ley de seguridad nacional. Con esta ley y otras medidas de tipo coactivo que vemos escalar nuestra realidad nacional, lo que se demuestra es que se trata de subsanar la falta de gobernabilidad mediante la militarización del país, que ha sido la señal que Calderón transmitió desde sus primeros días como gobernante.

La ingobernabilidad no surgió por generación espontánea. Fue provocada por la política errada de quien formalmente está encargado de garantizar gobierno e instituciones al servicio de la población. Todo tipo de expertos en el tema le han dicho a Calderón que lo que ha estado haciendo no llevará a la derrota del crimen organizado ni a garantizar la seguridad de la población de a pie en el país. La prueba más evidente, hasta ahora y no única, es el caso del casino Royale. Tapar el pozo después de ahogado el niño no es una demostración de eficiencia institucional, así llevaran a Monterrey a 100 mil policías y militares, sino precisamente de lo contrario. No es un asunto de bomberos tercermundistas, valga el ejemplo: apagar fuegos donde son detectados. Un verdadero cuerpo de bomberos es el que supervisa la seguridad de los lugares públicos ante la eventualidad de un posible incendio. Su labor es también preventiva, y el hecho de que la gente no pudiera salir en su totalidad del casino incendiado demuestra que la previsión institucional deja mucho que desear. Si ese y otros casinos no funcionaban ni funcionan de acuerdo con la legislación y los ordenamientos respectivos, la falla es de las instituciones. Imagínese el lector un cine o un centro de espectáculos o una escuela sin salidas de emergencia y sin las instalaciones adecuadas (como la guardería de Hermosillo) para garantizar la seguridad. Es el viejo tema del que mata la vaca y del que le amarra la pata. Tan responsable es el que dio la licencia de operación como el que incumple o burla los ordenamientos de seguridad.

¿Cuántos soldados y policías se necesitan para vigilar lugares públicos y prevenir actos de barbarie, sean o no terroristas? Imposible pensar en un número lógico. ¿Y quién podrá supervisar a los soldados y los policías prepotentes y arbitrarios que, cuando intervienen, también cometen actos ilegales? No hay modo. Hemos caído en el absurdo y no sólo en la ingobernabilidad. El único saldo positivo, para Calderón, es que ahora sí la mayoría de la población no sólo tiene miedo sino que se siente impotente ante el gobierno y ante los criminales (si acaso no están coludidos, según se puede interpretar por las muchas denuncias de corrupción en los diversos niveles de gobierno). Y el miedo es el mejor aliado que tiene Calderón o cualquier gobernante que carezca de legitimidad. La población atemorizada pedirá más policías, aplaudirá la presencia de militares en su localidad, aceptará, en suma, perder sus derechos y sus libertades si a cambio puede salir a la calle o ir a apostar a un casino. Así funciona la mayoría de la gente.

El problema es que Calderón no ganará, y cuando termine su desgobierno habrá dejado a las avispas enfurecidas, sin orden ni concierto, sin códigos de respeto, sin control, pues. Veremos más muertos o seremos parte de esta macabra estadística (toco madera) y el inquilino de Los Pinos, subido en su mula, gozará de la protección de los guardias presidenciales como todo ex presidente, o se irá, como Zedillo, a formar parte del consejo de administración de alguna empresa trasnacional que le deba favores (que no son pocas).

No se vale. Los mexicanos merecemos gobierno, gobernabilidad, instituciones útiles y respetables, seguridad y paz.

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25 ago 2011



Calderón en la teoría de juegos





Octavio Rodríguez Araujo





Albert W. Tucker fue un notable matemático de la Universidad de Princeton. Millones de personas lo vieron (con otro nombre), como jefe del departamento de matemáticas en la película Una mente brillante, protagonizada por Russell Crowe en el papel de John Nash (premio Nobel de Economía en 1994).

Tucker fue uno de los profesores de Nash e influyó en él en el desarrollo de la teoría de juegos. Fue el creador del “dilema del prisionero” que, llevado a la ciencia política, nos ilustra sobre dos entidades en guerra en relación con el armamentismo. Estas dos entidades, que pueden ser dos gobiernos o un gobierno y el narcotráfico, tienen dos opciones: incrementar el gasto en armas o llegar a un acuerdo para reducir su armamento. Como ninguna de las dos entidades puede estar segura de que la otra llevará a cabo el acuerdo, ambas se armarán más y la guerra, si estalla, será más sanguinaria y más costosa. La paradoja es que creyendo sus mandos que están actuando racionalmente, el resultado que obtendrán será completamente irracional y su guerra los llevará a situaciones no previstas en las que, al final, ninguno ganará. En este caso las dos entidades mienten y, como todo mundo sabe, confiarse de un mentiroso no es ingenuidad, sino estupidez. El desenlace no puede ser otro que más armamento, más muertes y ninguna ventaja especial para ninguno de los contendientes.

El problema que tiene Calderón es que, aunque no gane (y no ganará), saldrá del juego el 30 de noviembre de 2012 en la noche. Terminará su mandato como un perdedor y, peor aún, como el causante de decenas de miles de muertes sin haber logrado su propósito de acabar con el crimen organizado. En tanto que el narcotráfico, aunque no gane tampoco, seguirá en el juego con quien gobierne el próximo sexenio y así hasta que la producción y el tráfico de drogas por ahora ilegales deje de ser negocio. Será entonces cuando los narcotraficantes perderán, y se dedicarán a otra cosa, probablemente también ilegal, pero será otra cosa.

La producción y el comercio de drogas (por ahora ilícitos) serán negocio mientras exista la demanda. Así como las carretas jaladas por animales fueron negocio por muchísimos años, comenzaron a declinar como tal a medida que el automóvil fue invadiendo el mercado. Hoy en día es negocio producir y comercializar automóviles, pero no carretas.

Cuando el producto a comercializar es ilegal, lo emprenderán grupos de delincuentes que, en el mercado negro, ven perspectivas de hacer dinero aunque en ello les vaya la vida. En el momento en que ese producto deja de ser ilegal, sus productores y comerciantes ilegales cambiarán de giro o entrarán en la legalidad aprovechando el mercado que bien conocen. En el caso de las bebidas alcohólicas, sobre todo en Estados Unidos, los que salieron del juego fueron los gobernantes al legalizarlo de nuevo en 1933, obligando a sus contrarios (las mafias que crecieron con la prohibición) a cambiar de giro o a volverse legales. El resultado del cambio de política gubernamental sobre el alcohol no fue acabar con la demanda sino con el crimen que usó la prohibición como negocio. La demanda existe y existirá, pese a sus graves consecuencias en la salud de quienes abusan de su consumo, pero el alcohol ya no está asociado con el crimen organizado.

El crimen, por otro lado, existe y existirá mientras sea negocio, igual se refiera a trata de personas, a drogas, a contrabando de tabaco (por alzas de impuestos), o por ejemplo en México, de televisores, antes de que se firmara el GATT (por sus siglas en inglés) y se abrieran las fronteras para su importación.

En relación con el crimen siempre habrá por lo menos dos jugadores: las autoridades que tratan de combatirlo y los criminales que tratan de ganar dinero mediante su actividad principal, sea cual sea. Si una de las partes, para el caso el gobierno, declara la guerra al crimen, éste se defenderá mediante el mismo mecanismo que se use en su contra. Si son armas, éstas se multiplicarán entre ambos jugadores y los que más ganarán serán los que las venden, pues el negocio de las armas es superior al del narcotráfico. El negocio de las armas, dicho sea de paso, tampoco se extinguirá mientras exista demanda, y lo grave en este tema es que no hay poder sobre la Tierra que quiera terminar con él, sea legal o ilegal, pues no hay gobierno que no quiera armas, incluyendo a los que se dicen neutrales. Tampoco los criminales querrán prescindir de ellas.

Ante esta situación los matemáticos han establecido un corolario, y éste consiste en que la única forma de ganar es cambiando los valores de quienes toman las decisiones en el juego. Si se piensa en términos egoístas (derrotar al otro) uno de los dos jugadores pierde o pierden los dos; si se piensa en términos del bien común, puede ser que ninguno de los dos gane, pero no se destruyen. Esto ocurrió en la guerra fría: tanto Estados Unidos como la Unión Soviética tenían armas para destruir al otro, pero ambos gobiernos sabían que la destrucción de uno llevaría a la destrucción del otro y de muchos más. El corolario fue que ninguno debía oprimir el botón rojo de una guerra nuclear. Ahí, aunque a posteriori se vea como algo sencillo, hubo un cambio de valores: el bien común por encima del egoísmo de cada una de las dos potencias. El juego de supervivencia, no de ganar o perder, fue el que prevaleció, y gracias a ese cambio de valores aquí estamos, todavía vivos. La opción era la extinción de la humanidad o la fórmula del respeto al otro para sobrevivir.

Así conviven gobierno y crimen en Estados Unidos. Pero Calderón no lo ha entendido, tal vez porque ni él ni sus asesores saben de teoría de juegos ni del dilema del prisionero.

http://rodriguezaraujo.unam.mx