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12 may 2012

 

Epitafio para una candidatura muerta

Autor:
13 mayo 2012

¡Qué pobre memoria es aquélla que sólo funciona hacia atrás!

Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas

El proceso electoral ha devenido en un degradado e insustancial espectáculo mercadotécnico, perturbado por el bloque dominante, el cual interviene descarada e ilegalmente para promover y tratar de asegurar el triunfo de los candidatos de la derecha que les garantizarán el control de la Presidencia (Enrique Peña Nieto) y el Congreso (partidos Revolucionario Institucional, PRI, y Acción Nacional, PAN) y, por añadidura, la continuidad transexenal de su proyecto neoliberal-autoritario que les ha redituado enormes beneficios, lícitos e ilícitos. Esto ante la indolencia, la complicidad y la impotencia de las autoridades del ramo, que nada relevante han hecho para aplicar la normatividad, comportamiento que manifiesta el avasallamiento de Leonardo Valdés y sus muchachos ante los grupos de poder, los límites de las leyes electorales y las regresiones que le han impuesto desde el Legislativo. El Ejecutivo es el primero que debe respetar dichas leyes, merced a su investidura. Pero Vicente Fox y Felipe Calderón, por ejemplo, han sido los primeros en violentarlas, sin que hayan sido sancionados debido a los vacíos y las ambigüedades de las reglas y la negligencia de los cancerberos, lo que les ha permitido actuar y pasearse impunemente aunque lleven sobre sus espaldas el estigma de delincuentes electorales.

Como en el pasado, gracias a esa intromisión que impone las verdaderas reglas del juego, las campañas evolucionan en una competencia desigual, tanto en el uso de recursos de dudosa procedencia como en el acceso a los medios de comunicación, sobre todo en los oligopolios televisivos regenteados por Ricardo Salinas Pliego y Emilio Azcárraga, miembros de la mafia oligárquica que busca convertir en presidente a Enrique Peña, en detrimento de los aspirantes progresistas, la propaganda negra, la manipulación de la información y otras anomalías que refrendan palmariamente la inexistencia de la democracia electoral, la permanencia de las prácticas autoritarias que privan en el conjunto del sistema político mexicano.

El desprecio que les merecen las leyes, la población y el remedo de “democracia” electoral a los hombres de presa –que han ampliado turbiamente sus negocios y abultado sus fortunas con la rapiña de los bienes nacionales, protegidos por los ejecutivos y los congresistas priístas-panistas– se evidencia con su decisión por anteponer sus intereses político pecuniarios a los electorales, la pluralidad social, la democratización y el libre acceso a los medios.

Como es natural, el PRI y el PAN se han postrado servilmente ante ellos, por el terror que les causa su marginación de las pantallas, y el oportunista deseo de que, a cambio de sus favores, protejan y beneficien a sus candidatos. Esa actitud es sobre todo “normal” para el Revolucionario Institucional, ya que le ayudaron a fabricar a su delfín, se lo arropan, proyectan su estatura como en el teatro de sombras chino y harán cualquier cosa con el objetivo de llevarlo a la Presidencia. El silencio guardado por Peña Nieto y Josefina Vázquez Mota ante las provocaciones de esos enemigos de la democracia, los efectos perniciosos de sus oligopolios o su enriquecimiento oscuro, es una manifestación de su temeroso agradecimiento.

Los intereses mafiosos se han impuesto sobre el estado de derecho y el bien común.

La higiénica protección creada alrededor del priísta Peña Nieto y la panista Vázquez Mota está justificada. Su rancio conservadurismo de escapulario, su ignorancia supina, sus inclinaciones autoritarias y neoliberales, brillarían en todo su esplendor, lo que provocaría su derrota electoral. Evidenciarían el peligro que representan para la nación por los intereses que defienden y su incapacidad para dirigir el destino de una nación urgida de cambios progresistas, de democracia, de libertades, de laicismo, de bienestar, de estado de derecho, de justicia, de dignidad, de soberanía, después de 30 años de pillaje y del oscurantismo de los gobiernos autoritario-neoliberales responsables de nuestras desgracias. Ambos patentizan que la derecha ultramontana carece de candidatos con la suficiente estatura para aspirar a la Presidencia de la República sin necesidad del delincuencial apoyo gubernamental y de los grupos de poder. Por esa razón se les lleva de la mano por escenarios artificiales a modo, con auditorios cómodos, distantes del grosero pópulo o de quienes dejarían en claro su mediocridad, con guiones preparados y apuntadores, circunstancias que, empero, no han impedido que se tropiecen a cada rato con sus propias lenguas, con su trivialidad clasista, sus escasas luces y su insignificancia política.

Pero las elites no quieren hombres de Estado. Son peligrosos para ellos. Desean ejecutivos de utilería, siervos que cumplan sus mandatos como lo hicieron los inescrupulosos priístas, el zafio Vicente Fox y lo hace ahora Felipe Calderón. A veces el perro no muerde la mano de su amo. Peña y Vázquez son agradecidos. No los critican. Justifican sus pendencias.

La política, la confrontación de ideas sobre los problemas nacionales, la exposición y discusión de los proyectos y las alternativas, han sido sustituidas por la esperpéntica y saturada propaganda intrascendente, deliberadamente carente de contenidos, irritante hasta el hartazgo. Se agota entre los elogios de sí mismos y las más desaforadas y superficiales promesas que se les ocurren –Enrique Peña Nieto las refrenda por escrito, Josefina Vázquez Mota a la palabra, al cabo, son barridas por el tiempo o se traicionan inmediatamente, según las abyectas enseñanzas de los aspirantes predecesores de sus propios partidos, una vez encaramados en la silla presidencial–, las cuales son presentadas en el mercado de las ilusiones como si fueran las ofertas más novedosas para acceder al paraíso perdido, con el objeto de seducir a los votantes, reducidos a la calidad de lisiados mentales, patológicos consumidores dispuestos a adquirir cuanta bisutería se les ofrece. Que se disuelve lastimosamente sin dejar huella en la efímera hoguera de las vanidades de los candidatos de la derecha, cuyas soporíferas campañas discurren entre la frivolidad, el baño en las dudosas aguas de sus virtudes y la exaltación de gobiernos priístas y panistas quiméricos.

Enrique y Josefina son hermanos siameses. Pero aquél fue elegido por los señores de horca y cuchillo para encumbrarlo y ella fue condenada a despeñarse; tiene que morir para que otro se yerga sobre su cadáver. Pese a que ambos adolezcan del mismo defecto congénito: políticamente son anoréxicos; carecen de un proyecto original; sus supuestas de gobierno se desvanecen en el aire. Aquél me recuerda a Homero Simpson o a Carlos V, pero esto lo trataré después. Ella, con su sonrisa postiza, similar a la del gato Cheshire: “¡Vaya! –se dijo Alicia–. He visto muchísimas veces un gato sin sonrisa, ¡pero una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más rara que he visto en toda mi vida!”.

Más allá de su sonrisa, que a estas alturas es una mueca desesperada, impotente, se atisban sombras difusas y espectros. Los tonos grisáceos de su irrelevante formación como economista (no se le conoce algún trabajo publicado en la materia; sólo se sabe de sus obrillas Los pioneros de Comex; Dios mío, hazme viuda por favor; y La mariposa blanca y el pato, aunque se desconoce si alguna vez las leyó, como le sucedió a Peña Nieto con las suyas; supongo que ninguna de ellas le sirvieron para comprender a la economía y la política mexicana) y de su carrera política. Como diputada y secretaria de Estado no dejó huella. Los “éxitos” sociales que se endosa son engañabobos. ¿Un piso de cemento o una beca redujo la miseria y acabó con los microbios como dice? La baja en la pobreza sólo fue un truco estadístico.

Su único mérito fue su desafío a Felipe Calderón, su triunfo sobre el patiño Ernesto Cordero y obligarlo a que aceptara, contra su voluntad, su candidatura. Lo mismo que hizo Calderón Hinojosa con Vicente Fox. Pero mientras el guanajuatense, a regañadientes, aceptó el resultado y puso a la disposición del michoacano el aparato partidario y el gubernamental, Felipe Calderón se ha convertido en un obstáculo para Chepina. A partir de ese momento ha sido el derrumbe. Es víctima de su impericia, de un incompetente, desarticulado y dividido equipo, de una campaña errática, de la crisis y las divisiones del PAN, en víspera del desastre. Su nave naufraga y se hunde en la soledad, abandonada a su suerte.


Para crecer requería cortarse el cordón umbilical de Calderón, cometer el parricidio político como hacen los priístas, asumir su autonomía, criticar al menos parte de la herencia nefasta del calderonismo, consolidar alianzas y lealtades, afianzar su liderazgo.

Pero como dice Alicia: su “pobre memoria sólo funciona hacia atrás”. Decidió cargar con los aspectos. Ampararse a la sombra de Felipe Calderón. Sumisa, aceptó sus reglas, el uso de la publicidad sucia al estilo del falangista Antonio Solá, la interferencia en su equipo con la presencia de Gustavo Madero y Francisco Ramírez que ahondó la crisis y que, ante el barco que se hunde, lo abandonan como las ratas, de Juan Molinar y su criminal corresponsabilidad en la muerte de los infantes de la guardería ABC, lo que le ha obligado a renegar de él como lo hizo el apostol Pedro con Cristo. Calla ante el sucio reparto de las candidaturas de su partido y la herencia socioeconómica y autoritaria-militar de Calderón, con sus decenas de miles de muertos, a la que pretende profundizar, sin reparar que es causante del descrédito del calderonismo-panismo y de su propia candidatura.

Vázquez Mota ha querido aprovechar su condición de mujer, como si ella le otorgara una misteriosa superioridad frente a los hombres, para granjearse las simpatías. Pero la diferencia biológica sólo da un macho y una hembra. Una mujer y un hombre son una construcción social, al igual que la ideología, la política o las relaciones de poder, cambiantes en el tiempo, como las sociedades, con sus valores y sus formas temporales de interactuar, de explicarse y enfrentar la realidad. Y los valores, la ideología, la posición política y demás de Josefina son reaccionarios, conservadores-clericales. Su hembrismo (dice que le sobran faldas y pantalones en el armario) es grotesco. Su retrógrada postura de cristera ama de casa ante el aborto, la diversidad sexual o la laicidad, chocan con los sectores progresistas. La exaltación de su “valor” para enfrentar la delincuencia (pasa por alto el fracaso calderonista y los montones de cadáveres) arrolla la inteligencia. Con mayor visión, la argentina Cristina Fernández prepara una ley que despenalizará el consumo personal de drogas como una realidad inevitable. Lo tratará como un problema social, mientras perseguirá a los verdaderos mafiosos. Josefina Vázquez propone tratarlo penalmente endureciendo los castigos de aquéllos…

Es obvio que Cristina Fernández no es un ejemplo para Josefina, si se considera su pavloviana censura ante su decisión de retomar el control estatal de la industria petrolera argentina.


La panista prefiere “bursatilizar” Petróleos Mexicanos y profundizar la rapiña empresarial.

Su ideal es Margaret Thatcher. Ella sí es “una figura revolucionaria” –dice–, porque que impusó la “liberalización económica, la desregulación del mercado laboral y financiero, la privatización de empresas estatales de los sectores energético, aeronáutico y el ferroviario”; porque “limitó el poder gubernamental y sindical”, es decir que doblegó a los trabajadores a palos y que ahondó la pobreza. También admira al criminal dictador Augusto Pinochet, porque “no se adjudicó el poder de alterar las leyes de la oferta y la demanda” y dejó el manejo de la economía “en manos de expertos”: los Chicago Boys. Lo demás es irrelevante.

Como se sabe, Thatcher y Pinochet, junto con Ronald Reagan, son los arquitectos del neoliberalismo, construido sobre otros montones de cadáveres y la generalización de la pobreza y la miseria mundial. Ese modelo capitalista que quebró a escala mundial en 2008 sin que Josefina Vázquez Mota se enterara. Es una verdadera fundamentalista.

Detrás de su sonrisa ya no aparece el gato, sino una crispada faz retrógrada, clerical, despótica, neoliberal.

Para su desgracia, Felipe Calderón y los grupos de poder la abandonaron a la suerte ante su fracaso. Más astuto Calderón prepara la trama inversa de Ernesto Zedillo frente a Vicente Fox. Le quita el piso a Vázquez Mota, como Zedillo lo hizo con Francisco Labastida; negocia su cabeza con los priístas y los llamados poderes fácticos y prepara el retorno del PRI al gobierno, a cambio de su impunidad personal y familiar.

Si es que los votantes no deciden otra cosa y destruyen la trama.
*Economista




3 ago 2009


La miseria del sistema

Autor: Marcos Chávez



Todas las muertes son odiosas a los infelices mortales, pero ninguna es tan mísera como morir de hambre y cumplir de esta suerte el propio destino

Homero, La odisea



La Encuesta nacional de ingresos y gastos de los hogares de 2008 reafirma que la alternancia en el gobierno entre la derecha neoliberal priista y la ultra neoliberal foxista-calderonista sólo tuvo por objeto asegurar la continuidad de la revolución de los conservadores contra los pobres iniciada por Miguel de la Madrid. Que los trogloditas clericales azules sólo fueron los herederos de la peste neoliberal que, generosamente, ensancha cada vez más el número de náufragos y reduce el de los opulentos navegantes. De ese México donde la concentración de la riqueza en menos del 10 por ciento de las familias tiene como condición que otro 70 por ciento sobreviva en la miseria y la pobreza. Del modelo neoliberal socialmente excluyente y políticamente despótico que los priistas se preparan a retomar en 2012, con la bendición del bloque de poder, los reyes oligárquicos, la burguesía y los fachos pequeños burgueses y de la iglesia católica, toda vez que los panistas dejaron de ser sus fámulos confiables.

Los panistas se volvieron desechables. No porque Felipe Calderón haya traicionado a los grupos dominantes que lo encumbraron como lo hizo Manuel Zelaya, quien llegó al gobierno de la mano de la derecha bananera y, al final, mostró una mayor sensibilidad ante las necesidades del empobrecido pueblo hondureño y terminó aliándose al enemigo progresista latinoamericano, por lo que tuvieron que derrocarlo con el golpe de Estado, como la primera señal del nuevo ciclo de regímenes autoritarios que se atisba en el horizonte regional, patrocinado por Estados Unidos, que de esa manera, quiere poner un dique a los movimientos populares que buscan un cambio anticapitalista y recuperar el terreno perdido en sus antiguas colonias.

En ese sentido, el bananero Calderón, como Fox, es fiel a las elites que lo encumbraron. La encuesta citada lo respalda. Ha hecho lo necesario para mantener inalterada la inequidad del ingreso, la brutal concentración del ingreso, una de las peores del continente y uno de los fundamentos de la acumulación capitalista neoliberal. Con el estrepitoso derrumbe del modelo iniciado en 2008 prefirió que su mandato quedara sepultado entre los escombros, antes que conmoverse ante la tragedia de las mayorías, agobiadas por el desempleo, la pérdida del poder de compra de los salarios reales o la cuerda que los usureros de la banca aprietan impíamente sobre el cuello de los deudores. No se dejó seducir por los cantos de las sirenas keynesianas que pedían arrojara al basurero de la historia el catecismo monetarista y desempolvara el salvavidas anticíclico, promotor de la demanda, el empleo, los salarios y el gasto público. Al contrario, recortó los apoyos a los pobres y compensó las pérdidas o la reducción de las ganancias de la oligarquía. En la histórica lucha de clases por la distribución del ingreso nacional, agravada en épocas de crisis, cuando se destruye la riqueza y se reduce el excedente económico, Calderón no ha desertado de su puesto. Por ello, el 20 por ciento de las familias ubicadas en la cúspide social había mantenido su participación en el ingreso en 2006 y 2008, a costa de la pérdida del 80 por ciento restante, sobre todo del 20 por ciento hundido en las catacumbas de la pirámide, los pobres entre los pobres y los miserables.

Más aún, hizo suyas otras banderas del proyecto de nación de la derecha y sus fachos, que braman por el establecimiento del “orden” y la “seguridad” con la mano dura y la pena de muerte, al sacar a los militares a las calles para enfrentar a aquellos a los que el sistema no les ofrece nada, los excluye, los arroja a la delincuencia como única forma de supervivencia. En lugar de ofrecerles una mejor expectativa de vida, con empleos estables y dignos, mejores salarios y beneficios sociales, les brindan las opciones de la pasiva miseria, la inanición voluntaria, la cárcel, una dosis de plomo, la muerte. El oprobioso encarcelamiento de Jacinta, indígena otomí, simboliza la vileza del sistema en contra de 80 millones de mexicanos. También encabeza la profundización del desmantelamiento de las conquistas sociales, incluyendo entre ellas el derecho legítimo de la mujer para abortar, como exigen los jerarcas católicos, protectores de pederastas, pontificadores de golpistas, espléndida y anticonstitucionalmente lubricados con el presupuesto por los panistas. Todo con el apoyo de los priistas-beltronistas-paredistas y sus caciques, los mercaderes de los verdes y de la Gordillo, y perredistas chuchitas que como Jesús Ortega, se postraron ante los príncipes de la iglesia católica –su respaldo su campaña a favor de la muerte de las mujeres que abortan– y las elites.

El problema de Calderón es que se volvió socialmente impresentable. Los panistas quisieron legitimar en las elecciones de 2009 su ilegitimidad de 2006. Y los votantes le pusieron por segunda vez los clavos a su ataúd político. Apestan. Como los priistas en 2000. Incluso ahora enfrenta la rebelión en la granja por su absolutista anhelo de imponer al famélico César Nava como líder panista. No es que los priistas hayan purificado su nauseabunda imagen, simplemente que las elites no tienen otra opción para tratar de domeñar el cataclismo del descontento social, de evitar el triunfo presidencial de alguien que, eventualmente, pueda afectar su proyecto de nación, sus intereses, el presidencialismo bicéfalo que pretenden consolidar. Y la hedionda grey priista, liberada del fardo ideológico del nacionalismo y la “Revolución Mexicana”, abrazada a los caros ideales de la derecha, ejerce su oficio político como generosa hetaira, dispuesta a complacerlos en todo. El inescrupuloso cogobernante Manlio Fabio ayuda a clavar sádicamente una y otra vez la daga antisocial y neoliberal a los mexicanos. El encopetado mexiquense Enrique Peña suspira en convertirse en el histrión trágico, el presidente de utilería de los Salinas (de Gortari y Pliego), los Azcárraga y demás déspotas orientales. Sin embargo, tendrán que sortear los perros que les soltará Calderón, en su agónico intento porque la ultra retenga la Presidencia en 2012. La lucha será cruenta entre esos partidos de pírrica legitimidad –su votación apenas fue de 16 por ciento y 12 por ciento del total del electorado–, tan acreditados como el desacreditado sistema.

Pero que Fox y Calderón fueron cumplidores, lo fueron. Imposible regatearle méritos a los machos de la clerical política arrabalera. La derecha neoliberal priista, De la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, destruyó la mejoría en la distribución del ingreso de los priistas “populistas”. Entre 1977 y 1984 había mejorado la participación del ingreso nacional del 60 por ciento de la población ubicada en la parte baja de la pirámide social, a costa de una parte de los sectores medios y la burguesía y la oligarquía, el 40 por ciento restante. Ello les motivó a conspirar, con los yunquistas de ese tiempo en la línea de fuego, como hicieron sus homólogos genocidas golpistas de Chile, Argentina, Uruguay y otros países latinoamericanos en las décadas de 1970 y 1980, y ahora en Honduras o Argentina. Los panistas mantuvieron la inequitativa distribución del ingreso.

Del total de los hogares, 26.7 millones, que involucran 106.7 millones de mexicanos contabilizados en 2008, el 10 por ciento (2.7 millones y 10.7 millones en cada caso) concentra el 36.7 por ciento del ingreso total nacional o el 37.1 por ciento del monetario, equivalente al percibido por el 70 por ciento de los ubicados en la parte baja de la pirámide social, es decir, de 18.7 millones de familias o 74.5 millones de personas. Pero los últimos datos son engañosos, porque incluyen a personas que perciben más de ocho veces el salario mínimo (SM), por encima de 13 mil pesos mensuales, monto que, por ejemplo, supera en al menos seis veces una minoría parasitaria de la sociedad, digamos un congresista, sólo en su ingreso directo o al menos 10 veces un alto burócrata. Un profesor universitario, un médico o muchos profesionistas obtienen esas percepciones.

Sin embargo, no pueden considerarse como parte de aquellos que realmente concentran la riqueza y se sienten dueños del país. Sin duda que les gustaría. Pero aún existen las clases sociales. No son iguales a Slim, Salinas Pliego, Azcárraga o Servitje, la verdadera oligarquía que debe estar conformada por menos de 1 mil familias, ni la mitad del 1 por ciento del total de los hogares. Ésos que han acrecentado sus fortunas con la especulación de precios y financiera, los subsidios fiscales, la reducción de impuestos, la ingeniería tributaria (evasión y elusión de impuestos) y otros mecanismos legales e ilegales. Pero sobre todo, la acumulación de su capital, en México y en el mundo, se fundamenta en la pobreza y la miseria del resto de los mexicanos. Ése es el motor del capitalismo. Sus ganancias se basan en los salarios de hambre que les pagan a los trabajadores, en el recorte de las prestaciones sociales, en la inestabilidad laboral. Por ello les pone furioso y promueven golpes de Estado ante cualquier pretensión de redistribuir el ingreso más equitativamente o, peor aún, de acabar con la propiedad privada de los medios de producción.

Según el Instituto Nacional de Geografía y Estadística, entre 2006 y 2008 el ingreso medio nacional se redujo 1.2 por ciento. Hasta ese momento, ese 10 por ciento de las familias no había sido afectado, porque su participación en el total aumentó de 35.68 por ciento a 36.26 por ciento. Otro 20 por ciento de los hogares, parte de los sectores medios, tampoco mostraba problemas. El segundo decil (que gana 7-8 veces el SM) mejoró su participación de 15.84 por ciento a 16.13 por ciento, y el tercero (que percibe 6-7 veces el SM) de 11.61 por ciento y 11.68 por ciento. Los datos citados confirman lo dicho hasta la saciedad: el neoliberalismo sólo es ideal para 2.7 millones de hogares, 10.7 millones de personas, y en menor medida para otro 10 por ciento. En total para 5.4 millones y 21.4 millones, respectivamente.

El bienestar de aquellos depende de la miseria y la pobreza de las 21.4 millones de familias restantes, 85.3 millones de personas; el 80 por ciento de la población total. El 70 por ciento registró un deterioro en su participación del ingreso nacional (ver cuadros anexos).

La única industria boyante del neoliberalismo es la fabricación de indigentes, pobres y delincuentes. Se ha señalado que con el colapso se sumaron al menos otros 6 millones de personas más al infierno de los pobres, debido entre otras razones a la disminución de las remesas y el menor gasto público social. Esto es cierto. Al menos el 30 por ciento de las familias, alrededor de 32 millones de personas, complementan sus ingresos con las remesas enviadas por los trabajadores expulsados del país por el modelo económico neoliberal y que ahora resienten la recesión estadunidense. También de las dádivas asistencialistas oficiales que ha generado que varios millones de mexicanos dependan del presupuesto, que sean manipulados políticamente y que su depauperado nivel de vida esté atado a las precarias finanzas públicas. La crisis de la influenza desnudó las miserias calderonistas: el colapso del sistema de salud y el desastre de la infraestructura educativa. Los infantes calcinados en Sonora descubrieron el desastre de las prestaciones sociales.

Pero las remesas y el asistencialismo sólo son sucedáneos. Las causas de la miseria y la pobreza están directamente asociadas a la principal fuente de ingresos de las mayorías: el salario real y las prestaciones sociales, determinadas por la estabilidad laboral y el gasto social para compensar la insuficiencia de ingresos. Y esos factores han sido sacrificados por los empresarios y el gobierno. Los primeros para mejorar su “productividad”, “competitividad” y rentabilidad; el gobierno, para asegurar esos beneficios empresariales, para reducir la inflación y atraer la inversión extranjera. Todo forma parte del mismo esquema: la concentración del ingreso y la riqueza sólo es posible con la pobreza y la miseria.

Modificar ese esquema implica cambiar de modelo. Pero no es suficiente. Aunque se instrumente un capitalismo que, a diferencia del salvaje neoliberalismo, se preocupe por el bienestar, no elimina las raíces del problema: la explotación del trabajo asalariado por el capital. Erradicarla implica enterrar el capitalismo. Los movimientos sociales tienen como ejemplo las experiencias de los gobiernos progresistas de América Latina. Ellos se han preocupado por atender las necesidades sociales de las mayorías. Pero la polarización social subsiste. Los procesos electorales no ofrecen esa salida. Tendrá que ser por otras vías antisistémicas
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