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8 sep 2010


El Estado laico no necesita el perdón de Dios




Fernando del Paso /II y último


I. La Iglesia y la ignorancia

Dijo el obispo: el pueblo mexicano no es laico.

Tiene razón: los pueblos no son laicos. Los individuos no son laicos. Son los estados los que son laicos. Son las instituciones las que son laicas.

Pero el obispo, y con él la Iglesia, fingen ignorarlo, y le echan la culpa del laicismo a Satanás. De la misma manera que los antisemitas lo atribuyen a una conspiración judeomasónica o algunos “intelectuales” musulmanes lo acusan de ser un “producto puro del judaísmo talmúdico”, o como los anticomunistas lo endilgan a Carlos Marx.

La Iglesia finge ignorar que el propio Marx, y con él Engels, y con ello los promotores del laicismo en Francia: Condorcet, Aristides Briand y Jean Jaurés, advirtieron sobre el peligro de “una visión del mundo basada en el odio hacia la religión”.

La Iglesia prefiere no saber que en el siglo XVIII, el más jacobino de los jacobinos, Robespierre, condenó al anticristianismo feroz de la Revolución Francesa.

La Iglesia, al menos la Iglesia mexicana, prefiere pensar que el Estado laico fue la invención de un partido político mexicano.

La Iglesia olvida que la formulación del laicismo como una “doctrina que preconiza la independencia del hombre, la sociedad y el Estado frente a todo tipo de influencia religiosa o eclesiástica”, apareció en la Baja Edad Media. Esto lo afirma el Diccionario de ciencias jurídicas, políticas, sociales y de economía, dirigido por Víctor de Santo.

La Iglesia olvida que la inviolabilidad entre las dos jurisdicciones –que son la propia Iglesia y el Estado– fue configurada desde finales del siglo V, con la anuencia del papa Gelasio I, con la imagen de “las dos espadas” que no pueden empuñarse con una sola mano. Con una de ellas se defiende a la Iglesia. Con la otra, al Estado.

La Iglesia mexicana no sabe que el laicismo –o laicidad– fue enarbolado como defensa de la recién nacida Tercera República francesa, a la que se unieron protestantes y judíos, atemorizados por el dogma de la infalibilidad papal, promulgado por Pío IX, el Papa que en un documento, el Syllabus, anexo a su encíclica Quanta cura, condenó como un error la opinión en el sentido de que “el pontífice romano puede y debe reconciliarse, y estar de acuerdo, con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna”. Esto no era sino un eco de la declaración hecha varios siglos antes por Pío VI, quien no había vacilado en condenar como sacrilegio la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, así como la libertad de expresión. En su encíclica Quod aliquantum dijo que no podía “imaginarse tontería mayor que tener a todos los hombres por igual y libres”.

En Francia, una vez adoptado el laicismo por la República, no tardó en aplicarse a la enseñanza pública. Se hizo célebre una frase de Adophe Crémieux: “El cura a la iglesia y el profesor a la escuela”, y quien fuera ministro de Instrucción Pública de 1879 a 1885, Jules Ferry, puso en vigor la ley del 28 de marzo de 1882, que confirió a la enseñanza primaria las características de gratuidad y laicismo. Al mismo tiempo, se prohibió la enseñanza religiosa en las escuelas primarias del Estado.

Siete años más tarde, en México, y sin duda inspirado por la legislación francesa, el llamado Primer Congreso Pedagógico Nacional postuló también la instrucción primaria, laica, obligatoria y gratuita, cuya ley reglamentaria entró en vigor en 1892.

Francia presume de haber sido el país que inventó el Estado laico. Así fue, pero no todos los avances del laicismo en Occidente se han debido a los franceses.

Por ejemplo, fue sólo hasta 1905 que se estableció, en Francia, la separación definitiva de la Iglesia y el Estado. Esta separación había ya tenido lugar en México casi medo siglo antes.

Y esto es un orgullo para México.

Pero...

II. ¿Qué tan “laico” es el Estado mexicano?

En México, en el Estado laico mexicano, la Iglesia católica está exenta de pagar impuestos. No paga impuesto sobre la renta. No paga IETU. No tiene, siquiera, la obligación de hacer una declaración fiscal anual. Y este extraordinario privilegio, una de las tantas, quizás la peor de las varias aberraciones del sistema tributario mexicano, no fue concedido por un gobierno panista. Viene de lejos.

Esto quiere decir que la Iglesia mexicana, de todos esos inmensos ingresos destinados a engordar las arcas del Vaticano y las suyas propias, no dispone de un solo centavo destinado a enriquecer el erario nacional.

Quiere decir que la Iglesia no participa, ni con una décima de centavo, en la lucha contra la inseguridad y el crimen.

Que la Iglesia no contribuye, ni con una centésima de centavo, a la educación del pueblo mexicano.

Que la Iglesia, que con sus ingresos le alcanza y sobra para pagar los jugosos salarios de sus obispos, arzobispos y cardenales, sus palacetes, sus viajes a Roma, sus automóviles y sus choferes, sus inscripciones en los clubes de golf, no colabora, ni con la milésima de un centavo, a la salud del pueblo mexicano.

Y quiere decir que el Estado mexicano financia, cuando menos en una tercera parte, todos los gastos de la Iglesia mexicana. Quiere decir que el Estado que se llama “laico”, es sólo laico a medias.

Y esto es una desgracia para México. Esto es corrupción. Corrupción de la Iglesia y corrupción del Estado. Equivale a un soborno que el Estado le paga a Iglesia para tenerla tranquila y callada.

Es la Iglesia mexicana la que necesita el perdón de Dios, y el de sus fieles. Es el Estado quasi laico mexicano, el que necesita el perdón de los mexicanos.

El 2010 sería una magnífica oportunidad para que en este 15 de septiembre, y en nombre de la libertad, el presidente incluyera, en el Grito de Independencia, la expresión “¡Viva el Estado Laico Mexicano!”

Lo invito, con todo respeto, señor presidente Felipe Calderón, a hacer así, y a restaurar la integridad de nuestro laicismo.





18 ago 2010


Plegaria de los huérfanos




Nosotros, Señor, los niños huérfanos y las niñas huérfanas de México te rogamos:

Déjanos gozar la plenitud de nuestra orfandad.

Nuestros padres murieron porque fue tu Voluntad. Nuestros padres nos abandonaron porque fue tu Voluntad. Porque Tú así lo quisiste, nuestras madres fueron violadas por desconocidos a los que nunca volvieron a ver, y ellas nos arrojaron a un basurero o nos dejaron a las puertas de un Templo.

Déjanos, Señor, honrar tu Divina Voluntad.

Es nuestro privilegio.

No nos entregues a la adopción de parejas del mismo sexo. Por mucho amor que piensen darnos.

Por mucho amor que, de verdad, nos den.

Preferimos el desamor del abandono.

Preferimos el desamor de la indiferencia.

Es nuestro privilegio.

Preferimos, a tener dos padres amorosos o dos madres amorosas, vivir como vinimos a este mundo: sin un solo padre, sin una sola madre. Preferimos, a tener el amor toda la vida de dos hombres o dos mujeres de buenas intenciones y buena alma, no tener el amor de nadie desde siempre y para siempre.

Preferimos el desamor de la orfandad.

Déjanos, Señor, la libertad de vivir como huérfanos en un orfanatorio. De vestir como huérfanos, el uniforme del orfanatorio. De comer, como huérfanos, la miserable comida del orfanatorio. De dormir, como huérfanos, en los multitudinarios dormitorios de los orfanatorios. Déjanos, Señor, que cuando lleguemos a los albores de nuestra adolescencia nos echen a la calle, como a todos los huérfanos, del orfanatorio.

Es nuestro privilegio.

Así honramos tu Divina Voluntad.

Déjanos, Señor, quedarnos sin estudios, crecer sin moral y sin religión, sin nadie a quien aprendamos a amar, sin nadie que nos enseñe a amarte.

Déjanos ser niños de la calle, hombres de la calle, mujeres de la calle.

Déjanos disfrazarnos de payasos y malabaristas para malganarnos la vida en las esquinas.

Déjanos ser franeleros toda la vida. Déjanos ser mendigos.

Es nuestro privilegio.

Déjanos dedicarnos a limpiar los parabrisas de los automóviles.

Déjanos ser presa fácil del crimen y de la droga, del alcohol.

Déjanos ser criminales. Déjanos ser ladrones y narcos.

Déjanos caer muertos a los veinte años de una sobredosis.

Déjanos morir de hambre en un callejón, déjanos ser asesinados en la flor de nuestra juventud.

Déjanos vivir parte de nuestra orfandad en las cárceles.

Es nuestro privilegio.

Danos la oportunidad, como se la diste a nuestros padres biológicos, de fundar hogares que podamos destruir para poder tener hijos que, con su orfandad, sean el espejo de la orfandad de sus padres y de sus madres, de su crueldad, de su irresponsabilidad, de su desapego.

Déjanos, Señor, prostituirnos a los doce, a los trece, a los catorce años.

Déjanos, Señor, ser las putitas y los putitos de los proxenetas.

Déjanos, Señor, ser pasto de los pederastas en las escuelas, en tus templos.

Pero no nos des por guía a dos mujeres, o a dos hombres, aunque todos sean, como nosotros, tus hijos, y todos, como nosotros, seres humanos. Por mucho amor que nos prometan. Por mucho amor que nos tengan. Y así nos colmen con alegrías y comprensión. Así nos dignifiquen como pobres criaturas de Dios y por mucho amor que tengan a ti mismo. No merecen nuestro amor recíproco porque no merecen, siquiera, el tuyo.

Preferimos el desamor de la ausencia. Preferimos el desamor del olvido.

Pero si es tu Divina Voluntad, Señor, darnos un hogar y arrancarnos así el privilegio de no haberlo tenido, Señor, haz que las buenas familias cristianas de México que ya tienen hijos, nos adopten; haz que todas las parejas sin hijos de México, nos adopten. A todos, Señor. Cualquiera sea el color de nuestra piel. Así seamos blancos o indios, negros. Así estemos ciegos, o cojos, o mudos. Tú, si te lo propones, Señor, puedes hacerlo.

Diles a esas buenas familias cristianas que así aliviarán sus conciencias: evitándonos ser adoptados por parejas del mismo sexo.

No nos des dos padres o dos madres, Señor. Tú nos diste el frío de la ciudad y el silencio de la noche: los preferimos al calor de sus hogares y a la dulzura de sus palabras.

Y si nada de esto puedes hacer porque no lo quieres hacer, porque tu Divina y misteriosa e inescrutable Divina Voluntad se impone a tu Divina Omnipotencia, Señor, déjanos tranquilos.

Déjanos, así como nacimos parias, ser parias toda la vida para salvaguardar tu Voluntad. Déjanos crecer desprotegidos en el desamor de la intemperie, en la periferia de la sociedad, en el vacío del rechazo y el desdén.

Déjanos Tú, tú, el Señor sin cuya voluntad no se mueve la hoja de un árbol, déjanos, Señor, que como hojas nos arrastre el viento de la soledad y la derelicción.

Es nuestro privilegio: somos los privilegiados de la Tierra porque sabemos que, gracias a tu infinita Misericordia, le has prometido, a aquellos que en esta vida habitan un infierno, que en la otra vida serán ciudadanos del Reino de los Cielos.

Gracias, Señor.



Fernando del Paso